El SeÑor Oscuro 2: La Guerra De Las Sombras

CAPÍTULO 1: ORO BRUÑIDO

La lluvia de la madrugada no caía limpia sobre La Lengua del Abismo. Olía a azufre, a metal quemado y a esa humedad rancia que emana del centro de la Tierra cuando las fallas tectónicas crujen.

Cincuenta metros bajo el filo del abismo, en una saliente de piedra negra batida por el viento, Nico intentaba respirar de forma acompasada. Sentía las rodillas débiles, castigadas por el frío. Ya no existía el halo cobalto que solía entorpecer la gravedad alrededor de sus pies; ya no existía la velocidad sónica ni la invulnerabilidad telequinética. Era, a todos los efectos prácticos, un cuerpo de carne de veintiún años, expuesto a una caída libre que lo reduciría a fango si daba un paso en falso.

—La piedra volvió a moverse —dijo Selene, ajustando la correa de su linterna de cabeza.

Su voz sonaba ahogada por el estruendo del torrente de agua que caía al fondo de la grieta. A su lado, la linterna iluminaba una superficie de roca basáltica donde la lluvia no se acumulaba: al tocar el mineral, las gotas se evaporaban con un siseo agudo, convertidas en finos hilos de vapor violáceo.

—El suelo no debería tener temperatura —murmuró Nico, arrodillándose con cautela. Extendió la mano derecha, protegida por un guante de cuero grueso, y rozó la grieta.

Un chispazo de luz dorada, tan fino como la picadura de un insecto, atravesó el cuero y le quemó la yema del dedo índice. Nico ahogó un maldito y retiró la mano de golpe. Un hilo de humo negro brotó de la piel chamuscada.

—No es calor térmico —dijo Selene, arrodillándose a su lado. Sus ojos castaños brillaban con la luz de la linterna—. Es carga de fase. Es la misma frecuencia que usaba la Secta de la Ceniza, pero no está diluida. Es pura.

Antes de que Nico pudiera responder, un silbido ultrasónico rasgó la penumbra de la cueva superior.

No venía del fondo del abismo, sino desde el pasadizo que conectaba con la superficie. Un sonido metálico, seco y ritmado: clac-clac-clac. El eco de garras de titanio avanzando sobre el suelo de hormigón del antiguo puesto de observación.

Nico y Selene se pegaron a la pared de roca, conteniendo la respiración.

Desde las sombras del túnel descendió una figura que no se parecía a los antiguos Cosechadores de los Dark Sites. No medía tres metros ni portaba placas de blindaje de vacío gris. Medía poco más de un metro ochenta, pero su cuerpo era una amalgama espeluznante: tejido muscular humano parcialmente cristalizado en filamentos de color oro viejo, combinado con placas de acero oxidado del antiguo Domo 4.

En el centro de su rostro no había ojos ni boca; solo una grieta vertical por la que manaba una luz carmesí pulsante.

—Un Sembrador... —susurró Selene. El terror en su voz no era por el tamaño de la criatura, sino por su composición. La piel del brazo izquierdo del monstruo llevaba el tatuaje borroso de la guardia del Domo 4—. Es... era un soldado de la resistencia.

La criatura se detuvo en el filo de la saliente. No usaba radares ni sensores ópticos; giró la grieta incandescente de su rostro directamente hacia el punto donde Nico y Selene se ocultaban.

—Sujeto humano residual... —dijo la entidad. La voz no provenía de un altavoz ni de un canal psíquico: salía de las placas de metal de su pecho, que vibraban como una sierra circular sobre piedra—. Fuente biológica purgada. Inútil para la cosecha. Apto para el reciclaje de materia de chasis.

El Sembrador no dio un salto: se desplazó en una fracción de segundo, rebasando la física común. La garra de su mano derecha, transformada en tres púas de titanio pulido, se incrustó en la pared de piedra a milímetros de la cabeza de Nico, desprendiendo una lluvia de esquirlas que le cortaron la mejilla.

—¡Muévete! —gritó Nico.

Sin la aceleración del Aura Azul, Nico tuvo que confiar en sus puros reflejos humanos. Rodó por el suelo helado, esquivando un segundo golpe de la garra que pulverizó la roca donde apoyaba la espalda.

Selene no vaciló. Sacó la pistola de bengalas que llevaba en el cinturón y disparó a quemarropa contra la grieta carmesí del rostro de la criatura.

El proyectil químico impactó con un estruendo ensordecedor. El fuego de magnesio ardió a más de mil grados sobre el rostro del Sembrador, obligándolo a retroceder dos pasos mientras emitía un chillido agudo de interferencia electromagnética.

—¡Hacia la salida del túnel! —chilló Selene, tomándolo del brazo—. ¡No podemos enfrentarlo en la cornisa!

Nico no necesitó una segunda advertencia. Ambos corrieron hacia la boca del pasadizo subterráneo, escalando los peldaños de acero oxidado de la antigua escalera de servicio. Detrás de ellos, la criatura se arrancó el proyectil incandescente del rostro con la mano desnuda, derramando un líquido viscoso y dorado que derretía la piedra al caer.

La persecución en la penumbra del túnel fue una pesadilla de suspenso y esfuerzo físico. Sin la energía psíquica para impulsarse, los pulmones de Nico quemaban por la falta de oxígeno, y sus piernas pesaban como plomo. Cada clac-clac-clac de las garras del Sembrador resonaba más cerca, rebotando en las paredes de hormigón.

Al llegar al nivel superior, donde el túnel desembocaba en el páramo abierto, la luz de la lluvia los cegó momentáneamente.

Pero el peligro no había terminado.

Desde la bruma de la superficie, dos figuras más emergieron de la hierba húmeda. Vestían capas de cuero negro reforzado y portaban machetes de aleación pesada. Sus rostros estaban cubiertos por máscaras respiratorias, pero las empuñaduras de sus armas despedían pequeños arcos de electricidad violácea.

—¡Alto ahí! —ordenó una voz grave a través del altavoz de una de las máscaras.

Nico se detuvo en seco, colocando a Selene detrás de él y alzando su cuchillo de supervivencia.

—¡Atrás! —advirtió Nico, jadeando por el esfuerzo—. ¡Hay una entidad del abismo justo detrás de nosotros!

El hombre de la máscara se retiró el filtro de la boca, dejando ver una cicatriz negra que recorría su mandíbula. Era Omar. Detrás de él, con la mirada fría y los puños envueltos en nudilleras de acero, apareció Jessica.




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