El Sol que nos robaron

Capítulo 3: El mercado de chatarra

El mercado de la Calle del Vidrio Roto no tenía techo ni horario, solo una procesión ininterrumpida de rostros demacrados que se desvanecían entre las columnas de hollín. Situado en la hondonada más profunda del Sector Siete, el lugar era un laberinto de lonas alquitranadas, puestos de chapa corrugada y tableros apoyados sobre bidones de aceite vacíos. Allí, el aire olía a una mezcla rancia de óxido húmedo, grasa vegetal refrita y el aliento acre del carbón de mala calidad que la gente encendía en latas perforadas para calentar las manos.

Elena se ajustó la correa del zurrón contra la cadera y avanzó esquivando los charcos de condensación negra que goteaban desde las tuberías del techo comunitario. A esa hora, la marea de obreros de los turnos de medianoche arrastraba los pies entre los puestos, con los rostros tiznados y las miradas clavadas en el suelo de piedra desgastada.

A diferencia del resto de los caminantes, la atención de Elena no estaba en el barro ni en la llovizna helada que filtraba el piso superior. Sus ojos, adiestrados en la penumbra, escudriñaban cada lona, cada cajón de madera y cada estante improvisado. Su objetivo era concreto: un modulador de energía de bobina de cobre, de los que se utilizaban en los antiguos radiadores de alta presión.

En la vivienda que compartía con Mateo en el bloque cuatrocientos, la estufa de hierro fundido llevaba dos días emitiendo un chasquido sordo antes de apagarse por completo. El aire en la habitación era tan frío que el agua del cuenco de la cocina se amanecía convertida en una placa de hielo gris. Mateo pasaba las noches tiritando bajo tres capas de mantas raídas, ahogado por una tos seca que se le agarraba al pecho con cada inhalación. Sin ese modulador, la línea de vapor clandestina que Elena había desviado desde el colector secundario terminaría por reventar los tubos podridos de la pared, o peor aún, congelaría la estancia por completo antes del fin de semana.

Se detuvo frente al puesto de Silas, un anciano tullido que exhibía su mercancía sobre una manta militar deshilachada. Entre los restos de manómetros rotos, válvulas de latón y cadenas de transmisión cubiertas de grasa dura, descansaba un pequeño cilindro de baquelita negra con la rosca de bronce intacta.

—¿Cuánto por el modulador, Silas? —preguntó Elena, agachándose sobre una rodilla sin quitarse los guantes de lana cortada.

El viejo retiró la pipa apagada que sostenía entre los pocos dientes que le quedaban y escupió al suelo un salivajo oscuro.

—Ocho cupones de ración de proteína o medio litro de aceite mineral limpio, muchacha —respondió Silas con una voz que sonaba como el raspar de dos tejas secas—. Y me estoy arriesgando. Los Auditores andan apretando las tuercas en el pasaje de la fundición desde ayer. Cualquier pieza con el sello de la matriz vale su peso en carbón.

—Sabes perfectamente que esa pieza salió de los desguaces del nivel cuarenta hace cinco años —replicó Elena, mostrando la yema del índice donde el grabado del sello del Estado Mayor aparecía limado casi por completo—. Te doy tres cupones de pan y un conector de plomo nuevo. Es más de lo que te dará cualquiera que no tenga una estufa que reparar hoy mismo.

El anciano miró la pieza de plomo que Elena dejó entrever en la palma de su mano. El metal brillar bajo la luz pálida de un candil de kerosene. Antes de que Silas pudiera extender la mano para cerrar el trato, un silbido agudo, prolongado y desgarrador cortó el murmullo continuo del mercado.

El sonido no provenía de las calderas ni de los tubos de purga. Era la sirena de aire comprimido de la Guardia de la Cúpula.

El pánico se propagó por el pasaje como un reguero de pólvora. En cuestión de segundos, los gritos de aviso resonaron entre la multitud. Vendedores apresurados tiraban de los extremos de sus lonas para envolver la chatarra, volcando cajones sobre la piedra; los clientes se atropellaban unos a otros en un intento desesperado por ganar los callejones laterales.

—¡Redada! ¡Los Auditores están en la entrada del canal! —gritó un muchacho mientras corría empujando a los peatones.

Elena no lo pensó. Lanzó los tres cupones y el conector de plomo sobre la manta de Silas, agarró el modulador de baquelita y lo deslizó al fondo de su zurrón justo cuando la primera descarga de gas sofocante inundó el pasillo central.

Un grupo de ocho Auditores irrumpí en la plaza del mercado. Vestían sus pesados abrigos de cuero negro alquitranado, cascos de acero con viseras de rejilla y máscaras filtrantes que les daban el aspecto de insectos gigantes. En las manos portaban las varas de choque electrificadas y las carabinas cortas de aire comprimido, cuyas bocas escupían bengalas de luz blanca para cegar a los fugitivos.

—¡Todo el mundo al suelo! ¡Inspecion de contrabando bajo el decreto del Consejo! —retumbó la voz amplificada del oficial al mando a través de un altavoz de bocina.

Las varas de choque comenzaron a restallar contra las espaldas y las costillas de los comerciantes que no habían logrado recoger sus cosas a tiempo. El chisporroteo azul del arco eléctrico iluminó los rostros aterrorizados de ancianos y mujeres que caían sobre el barro, sollozando mientras los soldados pateaban los puestos de chatarra, haciendo volar engranajes, lámparas y tuberías por el aire.

Elena se pegó de espaldas contra la pared de piedra de una antigua panadería abandonada, buscando la sombra que proyectaba un montante de madera podrida. A pocos metros de ella, un soldado alto avanzaba de forma metódica, derribando los tableros con la culata de su carabina.

—¡Buscamos componentes térmicos de uso militar y receptores de frecuencia no autorizados! —proclamaba el oficial mientras un Auditor arrastraba a Silas por el cuello de su chaqueta militar raída—. ¡Cualquier posesión de tecnología reservada será considerada alta traición a la seguridad de El Eos!

Elena apretó los dientes. Sintió el peso del modulador contra su costado y recordó el pequeño receptor de radio que Mateo guardaba bajo las maderas flojas del suelo en su casa. Si los Auditores decidían extender el registro a las viviendas del bloque cuatrocientos, el muchacho no tendría la rapidez necesaria para esconder los cables antes de que tiraran la puerta abajo.




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