El bloque cuatrocientos del Sector Siete olía a ladrillo húmedo, hollín acumulado y la rancia grasa de máquinas que se filtraba a través de las grietas de la mampostería. Era un panal humano de doce pisos de altura, construido con bloques de hormigón poroso que exudaban una condensación helada a todas horas del día. En el corredor del tercer nivel, la luz de las bombillas de filamento desnudo parpadeaba con un zumbido intermitente, afectado por los continuos bajones de tensión que la central eléctrica aplicaba a los barrios bajos para desviar el fluido hacia las industrias de la Cúpula.
Elena avanzó con rapidez por el pasillo de suelo irregular, pegando el hombro a la pared para esquivar los tendales de ropa húmeda que los vecinos colgaban sobre los cables de corriente. Bajo el abrigo de lana raída, la manguera de alta resistencia que traía conectada desde el colector secundario permanecía oculta, enrollada en su cintura como un cinturón pesado y tibio. El modulador de baquelita rescatado de la redada ya estaba haciendo su trabajo: a medida que se acercaba a la puerta marcada con el número 304, pudo percibir el sutil cambio de temperatura en el aire. La madera de la entrada no estaba cubierta por la capa habitual de escarcha blanca.
Al empujar la puerta de madera reforzada con pletinas de hierro, el calor la recibió como un abrazo reparador.
En el centro del pequeño habitáculo de paredes descascaradas, la estufa de hierro fundido emitía un murmullo constante, un rugido tenue y uniforme que delataba el flujo estabilizado de vapor purificado. El brillo anaranjado que se filtraba por las rejillas inferiores iluminaba la estancia, proyectando sombras cálidas sobre la mesa de pino y la pequeña estantería donde descansaban los libros desencuadernados que Mateo había rescatado de los vertederos del nivel cuatro.
Mateo estaba sentado en el borde de la litera inferior, envuelto en una manta de lana gris. Tenía los pies apoyados cerca de la base de la estufa y los ojos fijos en un pequeño entramado de cables, bobinas de cobre y capacitores desgastados que reposaban sobre sus rodillas. La tos seca que lo había atormentado durante las últimas semanas parecía haber cedido, reemplazada por una respiración más tranquila, aunque su rostro continuaba mostrando la palidez enfermiza de los jóvenes que jamás habían visto la luz directa del sol.
—Funciona, Elena —dijo el muchacho, levantando la vista con una sonrisa leve que iluminó sus ojos claros—. El tubo de la pared ya no cruje como si fuera a reventar. La temperatura en la habitación subió cuatro grados en menos de una hora.
Elena cerró la puerta atrancándola con la barra de madera y se quitó los guantes mojados, dejando que sus dedos, aún resentidos por el vapor y el hielo de los conductos, absorbieran el calor del ambiente.
—Tuve que empalmar el modulador directamente en la línea de retorno del sector alto, Mateo —dijo ella en voz baja, acercándose a la mesa para depositar el zurrón con las herramientas—. La red del Sector Siete está bajo vigilancia estricta. Los Auditores hicieron una redada en la Calle del Vidrio Roto esta misma tarde. Están buscando cualquier componente térmico no registrado.
La sonrisa de Mateo se desvaneció al instante. Guardó con rapidez el pequeño circuito entre los pliegues de su manta, aunque sus dedos no dejaron de acariciar las piezas de cobre.
—¿Te vieron? —preguntó en un susurro cargado de ansiedad.
—Tuve que soltarle un golpe a uno de ellos para ganar espacio en el pozo de drenaje —admitió Elena, mirando las marcas rojas en las palmas de sus manos—. Pero no saben quién soy ni a qué bloque me dirijo. Lo importante es que la estufa mantendrá la habitación caliente durante semanas sin levantar sospechas en los contadores del pasillo.
Mateo suspiró, recostando la espalda contra la pared de piedra.
—No podemos seguir así para siempre, Elena. El calor que llega a esta estufa es robado, y cada grado que nos calienta es un riesgo que corres en los conductos. En la radio clandestina... en la frecuencia que capté anoche, dijeron que la presión en los tanques centrales está bajando. El Consejo está restringiendo el caudal a la ciudad baja porque el invierno exterior se está volviendo más agresivo.
Elena se acercó a su hermano y se agachó frente a él, tomándole la mano con firmeza.
—No me importa el Consejo, ni me importa la Cúpula, Mateo. Lo único que me importa es que no te mueras de una neumonía en esta fosa. Ahora guarda esa radio bajo las maderas del suelo. Si la Guardia hace una inspección de rutina en el piso, no podemos permitir que encuentren un receptor de alta frecuencia.
El muchacho asintió de mala gana. Se inclinó hacia la esquina del camastro, retiró dos tablas flojas del piso de madera y extrajo la pequeña caja de latón que albergaba el receptor clandestino. Era una pieza artesanal, ensamblada con válvulas de vacío recuperadas de los paneles de control abandonados y una antena de hilo de cobre que corría por el interior del marco de la ventana.
Sin embargo, antes de que Mateo pudiera depositar el aparato en el hueco oscuro bajo el suelo, un golpe sordo y pesado retumbó en la puerta del apartamento.
El impacto fue tan violento que la barra de madera de la cerradura crujió, soltando astillas sobre la baldosa. El sonido resonó en la pequeña habitación como un disparo de cañón.
—¡Abran en nombre del Consejo de El Eos y la Guardia de Contención! —retumbó una voz amplificada desde el pasillo, distorsionada por el diafragma de una máscara filtrante—. ¡Inspección extraordinaria del Decreto de Seguridad Térmica!
El rostro de Mateo perdió el poco color que el calor de la estufa le había devuelto. Sus manos se congelaron sobre la caja de latón.
—¡Elena! —susurró con el terror grabado en la mirada.
—¡Bajo el suelo, ya! —ordenó Elena en un murmullo frenético, poniéndose de pie de un salto y empujando a su hermano hacia el rincón.