El Sol que nos robaron

Capítulo 7: Un pacto en la oscuridad

El aire dentro de la habitación 304 se enfrió con una rapidez cruel. Sin el murmullo constante de la voz de Mateo ni el roce de sus herramientas contra la mesa de pino, el calor que aún emanaba de la estufa de hierro fundido parecía un sarcasmo, una presencia inútil y pesada que solo acentuaba el vacío de la estancia.

Elena permaneció inmóvil sobre las tablas flojas del suelo durante lo que parecieron horas, sintiendo cómo los espasmos provocados por la carga eléctrica de la vara de choque cedían gradualmente, dejando tras de sí un dolor sordo en los músculos y un hormigueo punzante en las yemas de los dedos. El olor a ozono quemado y a cuero húmedo que los Auditores habían dejado a su paso flotaba en el ambiente, impregnando las cortinas raídas y la manta de lana que Mateo había abandonado sobre la litera.

Se incorporó despacio, apoyando las palmas de las manos sobre el piso frío. El silencio del bloque cuatrocientos era denso, casi conspirativo. Ninguno de los vecinos del tercer nivel había salido a los corredores a indagar qué había ocurrido; en Las Penumbras, el sonido de una puerta reventada por la Guardia de Contención era un aviso categórico de muerte o detención, una señal para apagar las luces, echar los cerrojos y simular la inasistencia.

Elena caminó con paso vacilante hacia la entrada. Observó el marco de madera astillado, la barra de contención partida en dos sobre las baldosas y la huella de hollín que la bota del oficial había impreso en el umbral. Recogió del suelo su cuchillo corto —cuya hoja de acero conservaba una muesca fresca por el impacto contra el casco del soldado— y lo deslizó de vuelta en la funda de su muslo.

No había tiempo para el lamento. Los calabozos del Nivel Tres no eran un centro de detención temporal; eran una fosa de filtración biológica donde los prisioneros políticos y los contrabandistas de tecnología eran sometidos a interrogatorios continuos antes de ser enviados a los talleres de fundición pesada o a las cámaras de purga del Núcleo Solar. Con la salud debilitada de Mateo y su tos crónica, tres días en la humedad subterránea de las celdas de castigo equivalían a una condena de muerte por envenenamiento pulmonar o hipotermia severa.

Se acercó al camastro de su hermano, apartó la manta gris y metió la mano en la grieta oculta entre el colchón de paja y la pared de mampostería. Sus dedos tropezaron con el tacto frío y rugoso de su bien más preciado: un plano anatómico y estructural del Sector de Enlace, trazado a mano sobre papel vegetal encerado durante tres años de incursiones por las galerías de ventilación del nivel medio.

Desplegó el plano sobre la mesa de pino bajo la luz moribunda del candil. Sus ojos recorrieron las líneas de tinta china que marcaban la compleja red de arterias térmicas, los colectores de vapor a alta presión, las fosas de decantación de aceite y los conductos de servicio que conectaban la ciudad baja con los cimientos de la Cúpula. La mayoría de los accesos al Nivel Tres estaban bloqueados por compuertas neumáticas con cerraduras electromagnéticas de triple perno, imposibles de violar con un punzón de acero o una palanca de mano.

Sin embargo, en la intersección del eje vertical seis con la galería de refrigeración de la Torre del Estado Mayor, existía un punto ciego.

Se trataba del pozo de drenaje de condensado residual del reactor auxiliar. Una tubería de hierro fundido de ochenta centímetros de diámetro que expulsaba el exceso de agua hirviendo hacia los canales de la fundición baja dos veces por ciclo. Si lograba acceder al conducto durante el intervalo de diez minutos en el que las bombas de purga reducían su caudal para el cambio de filtros, podría remontar la tubería vertical y alcanzar el sótano de comunicaciones de la torre, directamente por debajo del complejo de la Guardia de Contención.

Infiltrarse en la Torre Central no era un acto de contrabando; era una misión suicida. La Guardia no usaba varas de choque en los niveles de alta seguridad; usaba rifles de pulso neumático y centinelas automatizados diseñados para exterminar cualquier presencia no autorizada sin emitir una sola advertencia. Entregarse voluntariamente en el puesto de control del puente secundario para pedir audiencia con los magistrados del Consejo era igualmente inútil: la chusma de Las Penumbras no tenía derecho a representación legal ni a recursos de apelación ante el tribunal de El Eos.

La única variable, la única grieta en la armadura perfecta del Estado Mayor, llevaba un nombre que infundía terror en ambos lados de la Cúpula: el Comandante Valerius Thorne.

Elena recordó las historias que circulaban en los talleres de la fundición sobre el verdugo del Consejo. Decían que el Comandante no respondía a la avaricia ni a los chantajes de la aristocracia; que su lealtad pertenecía de forma rígida y casi fanática al orden biológico y térmico de la metrópoli. Si Valerius había bajado personalmente al Sector Siete para supervisar la anomalía de la línea B-12, significaba que la estabilidad de la matriz estaba en un punto crítico, tan frágil que el menor desequilibrio en el caudal de vapor alarmaba a los mandos militares.

Elena flexionó las manos, sintiendo el dolor del frío en sus nudillos. El modulador de baquelita no era una simple pieza de repuesto; era la prueba viviente de que alguien en la ciudad baja había encontrado la manera de alterar el flujo primario de la Cúpula sin activar las alarmas electromagnéticas del cuadro general. Si lograba llegar hasta los aposentos privados del Comandante antes de que el Canciller Vane firmara la orden de traslado de Mateo a las fosas del Núcleo, tendría una sola carta que jugar: el conocimiento de los puntos débiles de la red de distribución a cambio de la libertad de su hermano.

Un pacto en la oscuridad. Una negociación con el mismo hombre que ejecutaba las purgas del Consejo.

A las tres de la madrugada, cuando el toque de queda transformaba las calles de Las Penumbras en un desierto de piedra y sombra, Elena se deslizó por la abertura del pozo de drenaje en el Sector Seis.




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