El aire en el interior de las cámaras del Comandante no era el frío antiséptico del pasillo ni la humedad nauseabunda de los colectores de vapor. Era un ambiente pesado, cargado con una temperatura sofocante y un olor seco y metálico que recordaba al aire inmediato tras la caída de un rayo en la piedra.
El espacio, de proporciones monumentales, estaba concebido con la sobriedad austera de un cuartel militar y la opulencia sombría de los antiguos salones del Consejo. Paredes de hormigón visto alternaban con paños de madera de nogal oscuro; sobre una de las laterales, un ventanal de cristal blindado de varios metros de altura ofrecía una panorámica abrumadora del Sector Siete, sumergido en su mar de humo de carbón, chimeneas humeantes y luces amarillentas que parpadeaban en la marea negra de Las Penumbras.
Elena dio tres pasos cautelosos sobre la alfombra de lana espesa, manteniendo la espalda pegada a la pared de nogal. Su mano derecha no soltaba el mango del cuchillo corto, aunque en el fondo de su conciencia sabía que esa hoja de acero resultaba un adorno ridículo frente al hombre que habitaba aquella estancia.
En el centro del salón, de espaldas a la entrada y frente a una mesa de plano arquitectónico fabricada en hierro fundido, se erguía la figura de Valerius Thorne.
No llevaba puesto el abrigo de gala ni la pechera de cuero rígido con las insignias del Estado Mayor. Vestía únicamente un pantalón militar de paño grueso ajustado con correas de cuero a las botas altas y una camiseta de tirantes de algodón ignífugo que dejaba al descubierto la poderosa estructura de sus hombros y su espalda. A pesar de la temperatura abrasadora de la habitación, las ventanas tenían una fina capa de condensación que se evaporaba en hilos de humo invisible a medida que ascendía hacia las rejillas del techo.
A la luz tenue de los candelabros de bronce, la piel de la espalda de Valerius mostraba con espantosa claridad el entramado de sus cicatrices biológicas. No eran marcas de armas ni quemaduras de fuego común: eran líneas doradas, brillantes e irregulares que cruzaban la escápula y la columna vertebral como raeduras de rayo atrapadas bajo la carne. Cada latido de su corazón enviaba una onda de luz incandescante que recorría sus músculos antes de apagarse bajo la dermis.
Sobre la mesa de hierro, sus dos guantes de polímero negro reposaban al lado de un arnés de contención quirúrgico desarmado. Sus manos nuda—anchas, de nudillos duros y dedos largos—refulgían con un matiz ambarino que proyectaba sombras amarillas sobre los planos del Núcleo Solar extendidos ante él.
—Entrar por la tubería de drenaje de condensado exige cierta destreza —dijo Valerius sin volverse, su voz profunda y metálica resonando en el silencio de la cámara como el eco dentro de una caldera vacía—. Trepar cincuenta metros por los tensores de un ascensor en marcha demuestra desesperación. Pero avanzar hasta el centro de mis habitaciones armada con un cuchillo de contrabando es una imprudencia que roza la estupidez, contrabandista.
Elena contuvo el aire en los pulmones. Se le heló la sangre al comprobar que el Comandante había registrado cada uno de sus movimientos desde el momento en que pisó el pozo de drenaje.
—No vine a atacarte, Comandante —dijo ella, haciendo un esfuerzo supremo para que su voz no temblara, aunque apretó la empuñadura del cuchillo con mayor fuerza—. Vine a negociar.
Valerius se giró con una lentitud calculada, girando sobre sus talones.
La vista frontal del verdugo de El Eos era imponente y aterradora. En el centro de su pecho, justo encima del esternón, la válvula de titanio de su implante brillaba con un halo rojizo por el calor interno. Sus ojos, anegados en un tono amarillo incandescente sin distinción entre iris y pupila, se clavaron en Elena con la precisión quirúrgica de una mira telescópica.
Elena sintió una ola de calor físico golpear su rostro desde cinco metros de distancia. Era la radiación térmica directa que emanaba del cuerpo descubierto del oficial, un calor tan seco que le resecó los labios en un segundo.
—Los contrabandistas de Las Penumbras no negocian con el Estado Mayor, muchacha —respondió Valerius, dando un paso firme hacia adelante. Cada uno de sus movimientos tenía una gracia pesada y peligrosa, como la de una máquina de guerra perfectamente calibrada—. Se someten al interrogatorio, entregan sus redes de distribución y aceptan su condena en los talleres de purga. Es la única aritmética que rige esta ciudad.
—La aritmética de tu ciudad está viciada, Thorne —replicó Elena, dando un paso al frente para no ceder terreno, sosteniéndole la mirada incandescente a pesar de la presión sofocante que ejercía su presencia—. Arrestaron a mi hermano esta madrugada en el bloque cuatrocientos. Mateo no es un contrabandista. No sabe manejar una llave de presión ni ha abierto jamás un colector de vapor. Es solo un chico enfermo con un receptor de radio artesanal.
Valerius se detuvo a tres metros de ella. Ladeó levemente la cabeza, observando la ropa de lona alquitranada de la joven, las manchas de hollín en sus pómulos y la determinación feroz que ardía en sus ojos oscuros.
—Él tenía el receptor. Tenía el modulador de baquelita conectado a la línea B-12 de la red del sector alto —dijo el Comandante con frialdad abrumadora—. La ley del Consejo sanciona la posesión de tecnología no autorizada con la muerte o la servidumbre perpetua en el Núcleo. Tu hermano está en los calabozos del Nivel Tres porque su firma térmica y su dirección estaban registradas en el inmueble.
—¡El modulador lo instalé yo! —interrumpió Elena, elevando la voz sin poder contener la furia que la carcomía desde la redada—. ¡Fui yo quien subió a la bifurcación B-12! ¡Fui yo quien aflojó la toma de retorno y ajustó la rosca de bronce bajo el vapor a trescientas libras de presión! ¡Él no sabía nada! Si quieres a la persona que vulneró la seguridad de tu preciada red del sector alto, me tienes a mí en tus aposentos. Libera a Mateo y haz lo que quieras conmigo.