El pasillo secundario del nivel negativo dos olía a cera de pulir, lubricante de grafito y el vaho helado que soplaban los inyectores de aire filtrado. A diferencia de las galerías de guardia de la Torre Central, transitadas a todas horas por escuadras de Auditores con botas pesadas y abrigos de cuero rígido, esta ala del complejo parecía abandonada desde las puestas en marcha de la Gran Reorganización. Las paredes no eran de hormigón desnudo, sino de bloques de silicato prensado que amortiguaban cualquier eco, y las luminarias alineadas en el techo emitían un resplandor verdoso y tenue, ajustado para no alterar la instrumentación óptica de los laboratorios adyacentes.
Elena caminaba a dos pasos tras el Comandante Valerius Thorne. El oficial había vuelto a revestir su figura con la vestimenta de combate del Estado Mayor: la pechera de cuero negro reforzada con pletinas de bronce, la túnica ignífuga ajustada al cuello y los guantes de polímero denso que confinaban el calor de su sangre artificial. Sin embargo, incluso bajo todas aquellas capas de aislamiento militar, Elena percibía el ligero temblor del aire alrededor de los hombros de Valerius, una distorsión térmica sutil, similar a la vibración que se eleva sobre las rocas de la fundición en las horas de máxima purga.
—Tu hermano está retenido en la celda de tránsito cuatro del pabellón médico —dijo Valerius sin aminorar la marcha. Sus pasos, aunque firmes, no resonaban sobre las baldosas de silicato—. El Canciller Vane firmó la orden de inspección general para el Sector Siete hace dos horas. Si la Guardia de Contención inicia el traslado de prisioneros antes del cambio de guardia de la mañana, Mateo entrará en el cupo del trabajo forzado sin que la administración del nivel medio tenga registro de su nombre.
Elena apretó las puños dentro de los bolsillos de su abrigo de lona.
—Dijiste que tenías la autoridad para detener su transferencia —replicó ella, apresurando el paso para ponerse a la par de la prominente silueta del Comandante—. Me exigiste un mapa de las tuberías y un rastreo de los sabotajes en los colectores bajos. Cumpliré mi parte del trato en cuanto me demuestres que no terminará en una fosa de azufre con los pulmones destrozados.
Valerius no se volvió a mirarla. Ladeó apenas el rostro, lo suficiente para que la luz verde del pasillo resaltara la línea recta de su mandíbula y el tono ambarino, duro y metálico, que aún latía en el fondo de sus ojos.
—La autoridad en El Eos no es un decreto que se pronuncia en voz alta, contrabandista —dijo el oficial en voz baja, con un tono neutro que ocultaba una tensión peligrosa—. Es una red de engranajes que deben encajar en el momento preciso. Si emito una orden de liberación directa sobre un detenido por sedición tecnológica sin pasar por la mesa del Consejo, Vane utilizará el protocolo de auditoría biológica sobre mí antes del mediodía. Y si el Consejo decide revisar la estabilidad de mi implante en este ciclo, tu hermano no será el único que termine reducido a cenizas en las fosas del Núcleo.
Se detuvieron ante una puerta doble de fundición pesada, carente de las insignias doradas del Estado Mayor o del sello del sol de tres engranajes. A un costado del marco de acero, un panel mecánico de latón con cinco discos alfabéticos guardaba el cierre. Valerius no introdujo una llave ni manipuló el código numérico; colocó la palma de su mano enguantada sobre la plancha central de cobre.
Un chasquido metálico resonó dentro del muro, seguido por el silbido agudo de un sello neumático que se rompía. La puerta de fundición se descorrió hacia el interior de la pared con una lentitud pesada, revelando una estancia que no figuraba en ninguno de los planos de arquitectura militar que Elena había memorizado durante años.
El recinto no era un calabozo ni un puesto de mando táctico. Era un laboratorio clandestino de proporciones vastas, construido en el hueco ciego que separaba la cimentación de la Torre Central del primer anillo de contención del Núcleo Solar.
El aire dentro de la sala no tenía el antiséptico helado de los niveles administrativos ni el humo denso de las galerías inferiores. Oler a aceite mineral refinado, vidrio de cuarzo sometido a altas temperaturas y ese rastro punzante de ozono que dejaban los generadores de arco electromagnético. A lo largo de las paredes de piedra tallada, enormes anaqueles de hierro sostenían tubos de ensayo de gran tamaño, matraces de cuarzo llenos de un fluido denso y dorado que emitía una luminiscencia propia, y decenas de manómetros de precisión conectadas a pequeños tanques de helio líquido.
En el centro de la estancia, sobre una mesa rectangular de granito negro sobre la que colgaban tres lámparas de examen articuladas, se desplegaba un mapa tridimensional de Aethelgard. No era la representación esquemática y simplificada que el Estado Mayor mostraba en los sermones de la Cúpula; era una maqueta a escala ejecutada en bronce, cristal tallado y filamentos de cobre. Cada colector de vapor, cada tubería primaria de la ciudad baja y cada una de las doce torres de aireación del nivel alto estaban reproducidas con una minuciosidad abrumadora.
Elena dio dos pasos hacia el interior, cautivada contra su voluntad por la precisión del artefacto. Al acercarse a la mesa de granito, notó algo que hizo que la sangre se le helara en las venas.
El trazado de los colectores primarios en el mapa no coincidía con las rutas oficiales que el Consejo distribuía a los gremios de la fundición. Varias arterias principales de vapor —aquellas que en los planos públicos figuraban como conductos ciegos o reservas de emergencia fuera de servicio— aparecían en el mapa de bronce marcadas con finos hilos de seda roja, interconectadas hacia una red de cámaras subterráneas situadas muy por debajo de la corteza de Las Penumbras, en zonas categorizadas como colapsadas desde la Gran Reorganización.
—Esto no es la red de distribución de la Cúpula —musitó Elena, señalando con un dedo tembloroso la intersección del Sector Ocho con los anillos olvidados—. Es un sistema paralelo. Estás desviando caudal térmico de las calderas centrales hacia la fosa profunda sin pasar por los contadores del Estado Mayor.