El aire dentro del laboratorio secreto del nivel negativo dos todavía conservaba el eco de las revelaciones sobre el verdadero propósito del Núcleo Solar y la arquitectura perversa de la Cúpula. La penumbra verdosa que proyectaban las lámparas de examen sobre el mapa tridimensional de bronce confería un aspecto espectral a las facciones de Valerius Thorne y Elena. Sin embargo, antes de que el Comandante pudiera cruzar el umbral de fundición pesada para ejecutar el rescate de Mateo, una vibración subterránea, sorda y brutal, sacudió los cimientos de la Torre Central.
El suelo de granito bajo sus pies gimió con el crujido característico del metal sometido a una torsión extrema.
A diferencia de las oscilaciones habituales producidas por la purga de los colectores primarios, el temblor no cedió tras tres segundos. Una segunda detonación, más aguda y acompañada por un silbido ensordecedor de alta frecuencia, retumbó desde las galerías de aireación del anillo superior. En el acto, las luces de la estancia parpadearon violentamente, cambiaron de un verde tenue a un rojo sangriento y las sirenas electromagnéticas de la Torre Central comenzaron a ulular en un tono rítmico e hiriente.
—¡Fallo de contención en el eje vertical cuatro! —retumbó la voz sintética del sistema de alerta automatizado a través de los difusores del techo—. Alerta de brecha térmica. Las compuertas de seguridad del sector medio han sido anuladas manualmente. Se ha iniciado el sellado de los niveles negativos.
Elena dio dos pasos atrás, buscando instintivamente la pared de piedra para mantener el equilibrio mientras las herramientas y los matraces de cuarzo en los anaqueles comenzaban a estrellarse contra el suelo, derramando su fluido dorado y denso sobre las losas de silicato.
—¿Es la Guardia del Canciller Vane? —gritó Elena para hacerse oír por encima del estruendo de las alarmas—. ¿Descubrieron este lugar?
Valerius no respondió con palabras. Con una agilidad sobrehumana en un hombre de su corpulencia, atravesó la sala hasta la consola de control de baquelita. Sus dedos enguantados accionaron los conmutadores de presión, pero las agujas de los manómetros cayeron a cero en cuestión de segundos.
—No es una inspección de Vane —dijo Valerius, su voz descendiendo a una gravedad de acero helado mientras contemplaba los paneles de telemetría—. Alguien ha reventado las válvulas de sobrepresión del colector C-9 desde el interior del conducto de refrigeración. Es un sabotaje directo a la red de retorno. Están inyectando aire del exterior a trescientos grados bajo cero directamente en el anillo de contención del reactor.
—¡Eso congelará el laboratorio en diez minutos y hará estallar la caldera principal! —exclamó Elena, corriendo hacia la mesa de granito para recoger su plano encerado antes de que el fluido derramado lo destruyera.
—Peor que eso —replicó el Comandante, volviéndose hacia ella con los ojos encendidos en una tonalidad ambarina tan intensa que traspasaba la penumbra roja del recinto—. La purga de aire helado ha bloqueado las compuertas neumáticas del elevador de carga. Si el colector C-9 no se sella de inmediato desde el puesto de control del puente secundario, el shock térmico partirá la estructura de la torre en dos... y la onda de vacío aplastará el pabellón médico del Nivel Tres antes de que tu hermano pueda salir de su celda.
El pánico por la suerte de Mateo atravesó el pecho de Elena como un golpe de estilete. Miró la puerta de fundición pesada, cuya hoja de acero comenzaba a cubrirse con una capa instantánea de escarcha blanca por la caída brutal de la temperatura en el pasillo exterior.
—Dime por dónde tenemos que pasar —dijo ella, ajustando el broche de su abrigo de lona alquitranada y aferrando la empuñadura de su cuchillo corto—. Conozco los conductos de aireación mejor que cualquier soldado de tu guardia. Si la tubería C-9 está atascada por hielo o restos de soldadura, no podrás forzarla con tus guantes aislantes sin romper los sellos de bronce.
Valerius la miró durante una fracción de segundo, evaluando la firmeza en la voz de la joven contrabandista frente al desastre inminente.
—La galería de paso B-7 conecta el laboratorio con el puente del colector —asintió el Comandante, tomando de la pared una linterna táctica de magnesio y una carabina de pulso corto—. Pero no estaremos solos ahí abajo. Quienquiera que haya puesto esa carga en la tubería C-9 sabía exactamente a qué hora el sistema de refrigeración reducía su guardia. Nos van a esperar en la fosa cruzada.
Salieron del laboratorio hacia el pasillo del nivel negativo dos, convirtiéndose de inmediato en objetivos de un infierno de hielo y humo.
El pasillo de silicato, que minutos antes lucía impecable y antiséptico, se había transformado en un túnel de vapor helado. Las tuberías del techo, fracturadas por la descompresión, arrojaban chorros de nitrógeno y condensado a subcero que congelaban el suelo al contacto, volviendo la superficie tan resbaladiza como el cristal.
Apenas avanzaron cincuenta metros por el corredor principal, tres detonaciones amortiguadas resonaron desde la intersección del eje secundario.
No eran estampidos de la maquinaria ni explosiones de vapor: eran disparos de carabinas pesadas de combustión interna, el arma característica de las unidades de asalto de los saboteadores de la Ciudad Baja, la facción radical de los barrios profundos que buscaba la destrucción incondicional de la Cúpula a cualquier precio humano.
Los proyectiles de plomo endurecido impactaron contra las placas de acero del muro, justo al lado de la cabeza de Elena, arrancando una lluvia de chispas y esquirlas de piedra.
—¡Cúbrete! —rugió Valerius.
Con un movimiento rápido y brutal, el Comandante interpuso su cuerpo entre Elena y el pasillo cruzado. Los proyectiles rebotaron contra la pechera de cuero rígido y las pletinas de bronce de su uniforme con chasquidos metálicos secos, sin quebrantar la postura del oficial. Valerius levantó la carabina de pulso corto con la mano izquierda y abrió fuego a través del vapor.