La transición entre el nivel negativo dos y las galerías de internamiento del Nivel Tres estuvo marcada por un hedor acre a celuloide quemado y desinfectante industrial. El sello térmico que Valerius Thorne había devuelto al colector C-9 apenas había comenzado a estabilizar los valores de la Torre Central, pero el impacto del sabotaje aún resonaba en el esqueleto de hierro de la estructura. A través de las rejillas de purga, los alaridos estridulantes de las sirenas secundarias se filtraban con un eco metálico y deformado, alternándose con el chispazo intermitente de los paneles que perdían la fase eléctrica.
Valerius avanzaba al frente de la marcha, con la carabina de pulso neumático descansando contra el ángulo de su hombro derecho. Su zancada, amplia y pesada, dejaba la huella de sus botas de suela vulcanizada sobre el polvillo de hollín y escarcha que cubría el suelo de las galerías médicas. Detrás de él, Elena mantenía la vista fija en las uniones de las tuberías superiores, atenta a cualquier variación de presión que anunciara la llegada inminente de los equipos de contención de la Cancillería.
El pabellón de contención biológica del Nivel Tres no se parecía a las celdas comunes de la Ciudad Baja. Aquí no había barrotes de hierro ni cerrojos de latón; la ingeniería del Consejo prefería las cápsulas de confinamiento vertical, bloques de cuarzo traslúcido reforzado sumergidos en un baño constante de solución salina ionizada.
Al llegar a la celda 304-B, la luz roja de la emergencia general teñía el cristal con un tono sanguinolento. Dentro de la cápsula, suspendido entre tubos de alimentación neumática y electrodos conectados a la piel de su tórax, yacía Mateo. Su rostro, demacrado y pálido como el pergamino, mostraba las cicatrices de las punciones lumínicas que los cirujanos del Canciller Vane habían aplicado durante semanas para rastrear la firma inmunológica del aire libre.
—La clave de drenaje —dijo Elena con un hilo de voz, aferrando el hombro de la túnica de cuero de Valerius—. Dijiste que la presión tarda veinte minutos en restablecerse. Si los sellos no se abren manualmente antes de la purga, la bomba de descompresión colapsará sus pulmones.
El Comandante no dudó. Se aproximó a la consola de control de la celda, cuyos indicadores numéricos oscilaban salvajemente por la caída de tensión. Sus dedos largos y enguantados teclearon una secuencia de seis dígitos en la placa de baquelita. La máquina emitió un zumbido grave y áspero; las válvulas del fondo del tanque comenzaron a tragar la solución salina con un borboroto espeso.
—Esta secuencia pertenece al protocolo de evacuación médica del Estado Mayor —explicó Valerius sin volverse hacia ella. El cristal de la cápsula comenzó a elevarse mediante un sistema de contrapesos de plomo—. Quedará registrada en la matriz central en cuanto el generador auxiliar vuelva a entrar en fase. No habrá margen para justificar este comando ante el Consejo de Asesores.
Elena se inclinó sobre el borde del tanque en cuanto el cristal dejó un espacio suficiente para sus manos. Con la desesperación acumulada durante meses de búsqueda, introdujo los brazos en el fluido para sostener el torso de su hermano. Mateo abrió los ojos despacio; sus pupilas, dilatadas por los sedantes de la torre, tardaron unos segundos en fijar la figura de Elena frente al resplandor rojo de la sala.
—Elena... —murmuró el joven, con una voz rasposa que apenas superaba el ruido de la ventilación—. Estás... aquí... El aire huele a cobre...
—Estoy aquí, Mateo. No hables. Guarda fuerzas —respondió ella, limpiándole la cara con la manga de su abrigo de lona mientras retiraba con cuidado las mangueras de respiración de sus fosas nasales—. Vamos a salir de la Torre.
—No puede caminar —intervino Valerius, situándose al lado de la cápsula. Con una maniobra precisa y libre de cualquier brusquedad, el Comandante deslizó sus brazos bajo la espalda y las rodillas de Mateo, levantándolo de la solución de contención como si no pesara más que un fardo de tela—. El choque neurológico de la descompresión inutilizará sus piernas durante una hora. Si nos quedamos en este pasillo, la escuadra de la Cancillería nos cercará antes de llegar a los montacargas principales.
—Los montacargas están bloqueados por los cierres de seguridad desde que se interrumpió el colector C-9 —dijo Elena, secando con torpeza el esternón de su hermano—. La única vía que no pasa por los controles de la Guardia es la red de evacuación de condensado. El canal de descarga que baja directamente hasta la cisterna abandonada de la Ciudad Baja.
Valerius contempló la puerta de servicio situada al fondo del pabellón médico. Detrás de la plancha de bronce remachado se escuchaba el murmullo característico de la fontanería profunda de Aethelgard: el rugido continuo de toneladas de agua servida y condensado de vapor descendiendo por tuberías de hierro fundido de dos metros de diámetro hacia los cimientos del mundo.
—Ese canal no ha sido inspeccionado en tres décadas —dijo el Comandante—. Las tuberías de descarga tienen una inclinación de cuarenta y cinco grados y están cubiertas por depósitos de sílice y salitrería. Un paso en falso en la bajada significará caer directamente a las turbinas de purificación del anillo inferior.
—Es el único camino donde tus armas de pulso y la autoridad de tu uniforme ya no sirven para nada, Thorne —replicó Elena, mirando fijamente las facciones cinceladas del oficial—. Allá abajo solo cuenta saber qué tubería aguanta el peso y cuál se va a romper por la corrosión. Y en eso, ningún soldado de la Cúpula puede competir con un habitante de Las Penumbras.
El sonido de botas pesadas golpeando las losas del corredor exterior interrumpió la deliberación. Las voces de mando de la Guardia de la Cancillería resonaron a través de la bóveda de hormigón: la escuadra de ejecución de Vane había tomado el control de la intersección B-7 y avanzaba hacia la zona de contención médica.