El laberinto subterráneo que discurría bajo los viejos hornos de la Ciudad Baja no olía al desinfectante antiséptico de la Torre Central ni al ozono electrificado de los laboratorios del Consejo. Olía a mineral sulfurado, a grasa vegetal quemada y al vaho espeso de doscientas almas hacinadas entre muros de mampostería quebrada. La caminata desde la cisterna de amortiguación había concluido tras cruzar un pasadizo de ventilación cegado por montones de escoria de hierro, el escudo perfecto para disipar las lecturas térmicas de la Guardia.
Elena encabezaba el grupo, sosteniendo una linterna de aceite cuya llama temblaba con cada soplo de aire rancio. Detrás de ella, Valerius Thorne avanzaba a zancadas lentas y calculadas, cargando aún a Mateo sobre su pecho. La figura monumental del excomandante obligaba a este a agachar la cabeza para no golpear los tirantes de roble que sostenían el techo del túnel.
Al fondo del pasillo, un portón doble de chapa remachada cortaba el paso. Sobre las láminas de hierro, cubiertas por una gruesa capa de hollín, alguien había pintado con pigmento blanco el símbolo clandestino de los Herreros de las Sombras: una tenaza cruzada por una gota de fluido solar.
Elena no llegó a llamar. Antes de que su mano rozara la madera barnizada, el mirilla de observación se deslizó con un chirrido seco y metálico. Dos ojos oscuros, enmarcados por arrugas marcadas por el humo y las esquirlas de fundición, evaluaron la penumbra del pasillo.
—Elena... —retumbó una voz profunda, rasposa y gastada por años de inhalar gases de coque—. Dijiste que volverías con suministros médicos o no volverías. Pero me traes el vapor de la Torre en la ropa y...
La mirilla se abrió del todo. La luz del candil iluminó las hombreras rasgadas, la pechera de cuero de asalto y los ojos ambarinos de Valerius Thorne.
Un juramento ahogado resonó al otro lado de la puerta. Se escuchó el golpe seco de varios pestillos de bronce al desengancharse, seguido por el sonido de cadenas de transmisión cayendo sobre el suelo. La pesada hoja de chapa se abrió hacia adentro, revelando la inmensidad del taller subterráneo: la gran Fundición de la Resistencia.
A la entrada, con una pesada fusta de fundidor en la mano izquierda y un rifle de chispa electromagnética apoyado en la cadera, aguardaba Gideon.
El líder veterano de los Herreros de las Sombras lucía un delantal de cuero crudo endurecido por salpicaduras de metal fundido. Tenía los brazos al descubierto, surcados por venas gruesas y cicatrices de quemaduras antiguas. A su alrededor, una docena de hombres y mujeres armados con picos de minería, cortadores neumáticos y carabinas modificadas formaron un semicírculo instintivo, apuntando directamente al pecho de Valerius.
—¿Qué es esta abominación, Elena? —esputó Gideon, levantando la fusta de fundidor hacia el rostro del Comandante—. ¿Has traído al perro de presa del Canciller Vane al corazón de nuestro refugio? ¿Nos has vendido por la vida de tu hermano?
—¡Baja el arma, Gideon! —ordenó Elena, interponiéndose de un salto entre el cañón del rifle del veterano y el pecho de Valerius—. Si estuviera con el Consejo, no vendría solo con un muchacho moribundo en los brazos. La Torre Central se está congelando y la Guardia lo busca a él con las mismas órdenes de ejecución que pesan sobre nosotros.
Un murmullo de incredulidad corrió entre los insurgentes apostados en las pasarelas superiores. Gideon no bajó el rifle; su mirada se fijó en el pecho de Valerius, donde la luz dorada de la matriz incandescente brillaba de manera sorda a través de las brechas de la pechera castigada por el tiroteo.
—Sé muy bien qué es este monstruo —dijo Gideon con amargura, escupiendo al suelo de ladrillo—. Es el verdugo principal del Estado Mayor. El hombre que firmó la orden de purga en el sector de las calderas hace tres inviernos. Sus tripas son de metal y el calor de su cuerpo se nutre del aire que le roban a nuestros hijos.
Valerius no se inmutó frente a las docenas de bocas de fuego que lo encañonaban. Sostuvo la mirada de Gideon con una calma helada, aunque la inclinación imperceptible de sus hombros delataba el agotamiento acumulado tras el agónico descenso por las tuberías.
—Tus hombres tienen las miras desalineadas y la pólvora húmeda, anciano —dijo Valerius en un tono bajo que resonó con autoridad en toda la bóveda—. Si hubiera querido destruir esta nave, habría dejado que la onda de presión del colector C-9 reventara las tuberías principales. Estaríais todos ahogados en nitrógeno a trescientos grados bajo cero antes de poder apretar esos gatillos de hojalata.
—¡Silencio! —gritó Elena, volviéndose hacia ambos hombres con los puños apretados y el rostro encendido por la rabia—. ¡Mateo se está muriendo! Si vais a medirme las lealtades mientras mi hermano pierde el conocimiento, os juro por la memoria de nuestros padres que encenderé las cargas de fósforo que me quedan en el cinturón y destruiré este taller con todos nosotros dentro.
La amenaza de Elena no era un farol. Gideon conocía el carácter de la contrabandista y la precisión letal de sus recursos. El veterano observó durante unos segundos el rostro agonizante de Mateo, cuyos labios comenzaban a tornarse de un tono azuloso por el choque neuro-térmico.
Gideon exhaló un largo suspiro que despidió un humo ceniciento. Bajó lentamente el cañón de su rifle y contempló las insignias arrancadas de la túnica de Valerius.
—Llevad al chico a la mesa de fundición secundaria —ordenó el viejo herrero, haciendo un gesto con la mano a dos de sus curanderos—. Ponédle compresas de solución de corteza y despejad los pulmones de fluido. Y vosotros dos... venid conmigo a la fragua central. Tenemos que hablar antes de que la turba se entere de a quién hemos dejado entrar.
El corazón de la Fundición era una bóveda circular dominada por un crisol de piedra volcánica donde se fundían chatarra y rieles antiguos para convertirlos en herramientas y herramientas de defensa. El calor del lugar era sofocante, denso, salpicado por el chispazo rítmico de los martinetes neumáticos que golpeaban el hierro al rojo vivo.