El Sol que nos robaron

Capítulo 13: Informes meteorológicos falsificados

La celda de mineral del sector sur de la Fundición era un recinto de paredes ciegas pulidas por el roce constante del carbón bituminoso. El único rasgo de luz provenía de una rendija estrecha en la parte superior de la puerta de roble, por donde se filtraba el resplandor anaranjado del crisol lejano y la sombra intermitente de los dos guardias apostados al exterior.

Valerius Thorne permanecía sentado sobre un bloque de granito pulido, con la espalda apoyada contra la piedra fría del muro. Se había desabrochado la pechera de cuero de asalto para permitir que la matriz incandescente de su pecho disipara el exceso de calor acumulado. El brillo dorado iluminaba el suelo con una intensidad rítmica, proyectando sobre la mampostería el trazo sinuoso de sus cicatrices quirúrgicas.

La puerta de roble chirrió levemente. Elena se deslizó al interior de la celda antes de que el cerrojo volviera a encajarse desde el exterior. Llevaba en las manos un paño húmedo con solución antiséptica de la reserva de los herreros y una libreta de cuero ajada con tapas de latón, rescatada del archivo del pabellón médico durante la fuga.

—Mateo ha estabilizado la respiración —dijo ella en voz baja, cerrando la puerta tras de sí y apoyando la espalda contra la madera—. Los curanderos de Gideon lograron limpiar el condensado de sus vías aéreas. Tardará un par de días en ponerse en pie, pero el choque térmico ha cedido.

Valerius no movió la cabeza, pero la tensión de sus hombros disminuyó una fracción imperceptible.

—La solución salina del Nivel Tres contenía bloqueadores neuromusculares de baja intensidad —dijo el Comandante con su voz grave—. En cuanto el compuesto sea metabolizado por su hígado, recuperará la movilidad de las extremidades inferiores. Vane no pretendía matarlo; pretendía mantenerlo sumiso para extraer muestras de sangre de forma indefinida.

Elena se acercó al bloque de piedra y se arrodilló al lado del oficial. Extendió el paño húmedo para limpiar las marcas de hollín y sangre seca que rodeaban el conector superior de su pecho, donde la aleación dorada se unía al esternón.

—Tienes que revisar la presión del conector, Thorne —comentó ella, aplicando el antiséptico con precisión—. El choque térmico del colector C-9 dejó incrustaciones de sílice en los sellos.

—La matriz autorregula su temperatura si la densidad del aire se mantiene dentro de los márgenes estándar —respondió él, permitiendo que la joven trabajara en los bordes de la herida—. Pero el aire de este taller no es estándar. Tiene un concentrado de anhídrido carbónico tres veces superior al de los niveles altos.

Elena extrajo del bolsillo de su abrigo la libreta de latón y un conjunto de láminas de microfilms enceradas que había deslizado dentro de las mangas de su chaqueta antes de que destruyeran la consola de la celda 304-B.

—Cuando borraste los registros de la celda de Mateo, la terminal escupió estos carretes de la unidad de telemetría exterior —dijo ella, desplegando las tiras de película transparente sobre el muslo de Valerius—. Eran informes meteorológicos confidenciales firmados por el propio Canciller Vane y dirigidos exclusivamente al Consejo de Asesores. No entiendo la simbología técnica. Tienen los sellos del Observatorio de Altura, pero los valores no coinciden con los boletines oficiales que se proyectan cada mañana en las pantallas de la Ciudad Baja.

Valerius tomó una de las láminas de microfilm con sus dedos enguantados. Levantó la película transparente hacia la luz dorada que emanaba de su tórax, utilizando el resplandor de su propio núcleo como proyector improvisado.

A través del plástico encerado, los números, tablas de densidad atmosférica y diagramas isobáricos aparecieron proyectados sobre la pared de piedra de la celda con una nitidez absoluta.

El Comandante recorrió con la mirada las filas de cifras con una rapidez entrenada en quince años de servicio al Estado Mayor. Conforme sus ojos ambarinos leían las anotaciones manuscritas al margen del documento, la rigidez de su rostro se acentuó de forma alarmante.

—Estos no son cálculos de contención interna —murmuró Valerius, su voz descendiendo a un tono casi imperceptible—. Son las lecturas reales del espectrómetro de infrarrojos instalados en la aguja superior de la Cúpula.

—¿Qué significan? —preguntó Elena, inclinándose sobre su hombro para observar las curvas de nivel dibujadas en la lámina—. El boletín oficial del Consejo afirma que la temperatura exterior en la superficie del planeta es de sesenta grados bajo cero. Que el invierno solar es permanente y que cualquier intento de abrir las compuertas superiores provocaría la congelación instantánea de los sectores habitados. Es la doctrina que nos enseñan desde niños en los orfanatos de la Ciudad Baja.

Valerius soltó una risa amarga y seca, un sonido extraño y metálico que heló la sangre de la contrabandista.

—Es una mentira monumental, Elena —dijo el Comandante, señalando con el índice enguantado una columna de datos resaltada en rojo—. Observa la gráfica de la temperatura ambiente exterior de los últimos tres años. La temperatura en la superficie exterior no está bajando. No hay ningún invierno solar.

Elena frunció el ceño, incapaz de asimilar de golpe el vuelco conceptual que aquellas palabras representaban.

—¿De qué estás hablando, Thorne? El aire que entró por la brecha del colector C-9 estaba helado...

—El aire del colector C-9 estaba helado porque pasa por las turbinas de expansión de nitrógeno de la propia torre antes de ser inyectado en los niveles inferiores —explicó Valerius, proyectando la segunda lámina de microfilm sobre el muro—. El Consejo utiliza las bombas de refrigeración del Núcleo Solar para enfriar artificialmente el aire que envían a las galerías bajas, creando una ilusión de hielo perpetuo. Pero la temperatura real en la superficie del planeta... al otro lado de la estructura de granito... es de veinticinco grados sobre cero.




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