En los salones superiores de la Torre Central, a más de cuatrocientos metros por encima de las catacumbas de carbón de la Ciudad Baja, el aire no olía a azufre ni a vapor de condensado. Olía a esencia de pino importada, a cera de abejas pulida sobre muebles de caoba y al ozono purificado que circulaba de forma constante por los difusores de marfil del Nivel Uno.
El Canciller Vane permanecía de pie frente al ventanal panorámico de la Oficina de Control Energético, con las manos cruzadas a la espalda. Desde esa altura, la Cúpula se revelaba como una inmensa jaula de hierro y cristal decorado, un coloso arquitectónico que mantenía a miles de almas viviendo bajo la ficción de un invierno cósmico imborrable.
A la izquierda del Canciller, sobre una mesa de mármol negro, un proyector holográfico proyectaba en bucle los diagramas de telemetría de la celda 304-B del Nivel Tres. Las líneas de código marcadas en rojo parpadeaban como heridas abiertas: la clave de borrado del Estado Mayor pertenecía indiscutiblemente a Valerius Thorne.
Un leve chasquido de las puertas de roble anunció la entrada del Capitán Kaelen, el nuevo Comandante interino de la Guardia de la Cúpula. El oficial vestía la coraza de gala de bronce y cuero rígido, pero su postura revelaba una rigidez rayana en el pánico; la sombra de la purga que solía acompañar los fracasos ante el Canciller pesaba sobre cada uno de sus movimientos.
—Canciller Vane... —dijo Kaelen, haciendo una reverencia tensa—. Los equipos de zapadores han terminado de revisar la cisterna de amortiguación. Confirmamos que el Comandante Thorne... el traidor Thorne... utilizó la red de evacuación de condensado para huir junto con los dos rebeldes.
Vane no se volvió inmediatamente. Mantuvo la vista fija en las luces lejanas de la Ciudad Baja, allí donde la humareda de los talleres clandestinos ascendía lentamente como un aliento vegetal y oscuro.
—No me hables de las tuberías de drenaje, Capitán —dijo Vane en un tono pausado, suave pero cargado de una ponzoña glacial—. Háblame de la mente de Valerius. He financiado los implantes de su tórax durante quince años. Diseñé la matriz de su carne y le di la autoridad para aplastar cualquier brote de insurrección. ¿Me estás diciendo que un oficial de su rango destruyó los archivos del Nivel Tres y se internó en las alcantarillas simplemente por la vida de una contrabandista y su hermano?
—Los registros borrados, señor... —balbuceó Kaelen, ajustándose la correa del casco—. Creemos que la chica lo manipuló. Que utilizó algún tipo de...
Vane se giró bruscamente. Sus ojos, grises y desprovistos de cualquier vestigio de empatía, fijaron al Capitán con una intensidad que hizo callar al oficial al instante.
—Elena no manipuló a Valerius, idiota —esputó el Canciller, caminando a pasos lentos hacia la mesa de mármol—. Valerius Thorne no es un soldado influenciable. Si traicionó al Consejo, es porque descubrió los expedientes del Observatorio. Descubrió que el aire de la superficie ya no está congelado y entendió que su existencia entera ha sido una herramienta de contención.
El Canciller presionó un conmutador en la mesa. Un mapa tridimensional de la red subterránea de Las Penumbras emergió en el aire, teñido de un azul pálido.
—Thorne conoce la arquitectura de la Torre Central tan bien como yo —continuó Vane, recorriendo los túneles proyectados con la punta de su bastón de ébano—. Sabe que la única forma de desmantelar el régimen sin provocar la autoextrucción del reactor es tomando la estación de retransmisión de la aguja superior. No se esconderá en las cavernas para siempre. Va a intentar subir. Y usará los antiguos talleres de la Fundición como su base de operaciones.
—Enviaré tres batallones de la Guardia de Asalto a incinerar la Fundición de inmediato —propuso Kaelen, dando un paso adelante y llevando la mano a la empuñadura de su espada neumática—. Sellaremos el sector sur y lanzaremos cargas de gas fosfeno por los conductos de ventilación.
—No —interrumpió Vane con una sonrisa fría que no llegó a sus ojos—. Un ataque masivo en la Fundición solo provocaría un levantamiento desesperado de la población antes de que tengamos listas las defensas del Observatorio. Valerius cuenta con que reaccionemos como militares brutos. Espera que enviemos a la Guardia a ciegas para tender us una emboscada en los túneles estrechos.
El Canciller caminó hacia el mueble de caoba y tomó un estuche de terciopelo negro. Al abrirlo, reveló tres pequeños dispositivos esféricos de latón, no más grandes que una nuez, equipados con púas micrométricas y un lente de cuarzo en el centro: rastreadores de firma térmica de alta frecuencia.
—Estos son los sabuesos de pulso de la división científica —explicó Vane, mostrando una de las esferas a Kaelen—. No buscan el olor de la sangre ni el ruido de los pasos. Buscan la frecuencia electromagnética de la matriz incandescente que Valerius lleva en el tórax. La luz de su pecho es su mayor fuerza, pero en la penumbra de las cavernas es una baliza inconfundible.
—¿Los desplegaremos en los niveles inferiores? —preguntó el Capitán.
—Desplegarás la Escuadra Sombra —ordenó Vane, apoyando ambas manos sobre el bastón—. Cuarenta hombres seleccionados, equipados con trajes de supresión acústica y visores térmicos pasivos. No deben entablar combate frontal con Thorne. Su única misión es cercar el perímetro de la Fundición, rastrear la radiación de su matriz y vigilar cada uno de sus movimientos. Quiero saber a quién habla, qué herramientas está preparando la Resistencia y cuál es el conducto por el que pretenden infiltrarse en la aguja.
—¿Y si intentan atacar antes de que la red esté completada, Canciller?
—Si intentan avanzar, los dejarás entrar en la galería de paso del Nivel Uno —dijo Vane, y una luz cruel brilló en sus pupilas—. Quiero que crean que han logrado burlar la seguridad. Quiero que Valerius lleve a esa muchacha y a los líderes de los herreros hasta la mismísima puerta de la emisora... para que presencien cómo el sol de la superficie se apaga definitivamente para ellos antes de ejecutarlos en la plaza central.