El perímetro este de la Fundición se había convertido en un tablero de silencio y tensión contenido. Tras la revelación de Valerius sobre la presencia de los sabuesos de pulso y la Escuadra Sombra rodeando las bóvedas superiores del sector, el taller subterráneo había reducido su actividad al mínimo indispensable. Los martinetes mecánicos guardaron silencio y las fraguas principales fueron ahogadas con mantas de humedecimiento para evitar que el calor del hierro ocultara los movimientos del enemigo.
En la penumbra del pasadizo secundario, a cincuenta metros de la celda de mineral, Elena y Valerius inspeccionaban los trajes de supresión térmica que los herreros de Gideon utilizaban para reparar las calderas de carbón. El aire en esa galería profunda era denso, impregnado de una humedad tibia que hacía que el hollín de los muros se adhiriera a la piel como una pátina de grasa negra.
A la luz de una sola linterna de aceite colocada sobre una caja de municiones, la joven contrabandista ajustaba las hebillas de cuero crudo de una escafandra de amianto barnizado.
—Si la Escuadra Sombra utiliza los sensores de alta frecuencia del Canciller Vane, este amianto no bastará para disimular la temperatura de tu matriz, Thorne —dijo Elena, sin levantar la vista de las correas—. La fibra detiene el calor directo de las llamas, pero la radiación de la aleación dorada atraviesa la tela en cuestión de minutos. En cuanto salgamos por el canal de vapor seco hacia el Nivel Dos, serás una antorcha encendida en las pantallas de la Guardia.
Valerius, de pie frente a ella con el torso al descubierto bajo las tiras de la pechera de asalto parcialmente desabrochada, observaba la fluctuación de su propia luz. El indicador torácico, castigado por el choque térmico del colector C-9 y por la atmósfera saturada de anhídrido de la Fundición, parpadeaba con una cadencia errática, emitiendo pequeños chasquidos electromagnéticos que erizaban el vello de los brazos de Elena.
—El circuito de conmutación pasiva se está descalibrando —reconoció el Comandante, su voz sonando con una aspereza inusual—. El frío del nitrógeno helado contrajo la tubería del núcleo. Si el flujo incandescente no estabiliza su frecuencia antes de que entremos en el conducto de vapor seco, la matriz sufrirá un sobrecalentamiento crítico. No necesitaré a los sabuesos de Vane para delatar la posición: el núcleo estallará en mi pecho antes de llegar al Observatorio.
Elena detuvo sus manos. Levantó la vista y observó el rostro del hombre que hasta hacía unas horas encarnaba el terror absoluto de la Cúpula. A la luz tenue de la linterna, las facciones del oficial mostraban la huella indeleble del agotamiento extremo. Las venas doradas que discurrían desde el conector torácico hasta su cuello palpitaban con una rigidez dolorosa, y una línea fina de sudor frío recorría la cicatriz de su mandíbula.
—Déjame ver el conector superior —pidió Elena, dando un paso adelante y alcanzando la herramienta de precisión que guardaba en el cinturón—. Los cirujanos del Nivel Tres dejaron un margen de purga manual en la válvula de bronce. Si liberamos el exceso de presión electromagnética antes de ponernos los trajes...
—No te acerques a la matriz sin protección aislante, Elena —advirtió Valerius, apoyando la mano en la pared de piedra—. La carga estática de las venas doradas quemará la piel de tus manos si no usas los guantes de la Fundición.
—Tus guantes de cuero rígido están cubiertos de sílice y óxido —replicó ella con la terquedad que la caracterizaba—. No puedo ajustar un perno de precisión con tres milímetros de cuero entre mis dedos. Si erro el golpe por medio milímetro, perforaré la membrana de retención.
Sin esperar la venia del Comandante, Elena se quitó con movimiento rápido el guante de lona alquitranada de la mano derecha, dejándolo caer sobre la caja de municiones.
Valerius hizo un ademán instintivo para retroceder y evitar el contacto, temiendo que el campo de alta tensión de su tórax dañara a la joven. Sin embargo, en el espacio estrecho de la galería, el movimiento fue tardío. La mano desnuda de Elena, pequeña pero firme, curtida por los roces del alambre de espino y el frío de Las Penumbras, se posó directamente sobre la placa de bronce del esternón del oficial, justo en la unión donde la piel humana se fundía con la aleación incandescente.
Lo que debió haber sido una descarga eléctrica brutal o una quemadura de tercer grado por contacto térmico no ocurrió.
En el preciso instante en que las yemas de los dedos de Elena tocaron la superficie pulida del conector torácico, un chasquido sordo, parecido al golpe de una gota de agua sobre una plancha de bronce al rojo vivo, resonó en la penumbra de la galería.
Una onda de choque electromagnética, invisible para la vista pero de una intensidad física insoslayable, se expandió desde el punto de contacto. Elena sintió una sacudida que recorrió el brazo derecho hasta el hombro, una vibración profunda que hizo latir sus propias arterias al rito exacto de la maquinaria interna del Comandante.
Pero lo que ocurrió a continuación superó cualquier predicción de la ciencia médica de la Cúpula.
La luz dorada y caótica que emergía del tórax de Valerius, que hasta ese segundo parpadeaba con la frecuencia violenta de una sobrecarga inminente, se suavizó de golpe. El tono rojizo y chillón del indicador mutó hacia un ámbar sereno, constante y cálido. Las venas doradas del cuello del oficial, que sobresalían como cuerdas de acero bajo la piel, redujeron su abultamiento, mientras la vibración que sacudía sus hombros cesaba por completo.
Valerius dejó ir un aliento largo y profundo, un suspiro de alivio que pareció arrancar semanas de tensión acumulada de sus pulmones. Sus ojos ambarinos, cegados un instante por el reajuste del flujo pasivo, se abrieron de par en par para fijarse en la mano de la muchacha.
Elena no retiró los dedos. Sintió bajo la palma no el frío del metal inerte ni el fuego abrasador de la maquinaria, sino un calor orgánico, fluido y sorprendentemente vivo; una pulsación rítmica que respondía directamente al contacto de su piel.