El Sol que nos robaron

Capítulo 16: La marcha de los congelados

El crujido de los relés de alta tensión al colapsar no sonó como un fallo técnico ordinario; resonó en las tripas de la Ciudad Baja con el impacto seco de una ejecución.

En el Sector Seis, la zona más profunda y descompuesta de Las Penumbras, la penumbra perpetua fue engullida en cuestión de segundos por una oscuridad absoluta, pesada y sofocante. El zumbido constante de las tuberías térmicas —el único latido que recordaba a medio millón de almas que aún estaban vivas bajo el suelo de la Cúpula— se detuvo de golpe. En los primeros minutos, solo se escuchó el goteo del condensado sobre las chapas de hierro; luego, el frío comenzó a caer desde el techo de la caverna como una guillotina silenciosa.

A la luz de una sola linterna de aceite en el taller de la Fundición, Elena y Valerius sintieron la vibración del colapso energético en la planta de los pies. El indicador incandescente en el pecho de Thorne, perfectamente estabilizado y confinado tras el contacto sin guantes con Elena, emitió un leve pulso de color ámbar tenue, invisible bajo las telas de su pechera de cuero.

—El Canciller Vane acaba de cortar el flujo del reactor al Sector Seis —dijo Valerius, apoyando la mano en el marco de la entrada para sentir la frecuencia de la corriente subterránea—. No es un mantenimiento. Es un aislamiento de contención.

Elena se ajustó la escafandra de amianto sobre los hombros, mirando hacia los túneles que conducían al exterior de la Fundición.

—Vane sabe que estamos en el sector sur —murmuró la joven, con los ojos brillando en medio del hollín de su rostro—. Está intentando helar a la población para obligar a los rebeldes a salir a la superficie, o para sofocar cualquier intento de auxilio mientras la Escuadra Sombra nos busca en el canal de vapor seco.

—Ha cometido un error táctico —intervino Gideon desde la fragua apagada, sosteniendo su rifle de precisión contra el pecho—. Un hombre hambriento en la penumbra se queda en su rincón esperando la muerte. Un hombre que se congela en la oscuridad absoluta solo tiene una opción: caminar hacia donde está el fuego.

En las callejuelas del Sector Seis, a cientos de metros por debajo de los jardines de invierno de la Torre Central, la predicción de Gideon comenzó a cumplirse con la fuerza incontrolable de un alud.

Las familias salían de sus habitáculos hechos de chapa corrugada y lona industrial, tiritando en medio de una bruma densa que se formaba por la condensación instantánea de su propia respiración. Niños envueltos en sacos de yute lloraban con sollozos secos, mientras los ancianos de las calderas miraban con ojos desorbitados cómo el hielo comenzaba a cristalizar sobre las tuberías de descarga.

Sin órdenes de ningún mando rebelde, impulsados por la forma más pura de la desesperación, los habitantes comenzaron a encender antorchas improvisadas con trapos impregnados de grasa de motor. Un resplandor sucio y anaranjado se propagó de callejón en callejón.

—¡En el Nivel Uno hay luz! —gritó un soldador de la red de vapor, alzando un martillo pesado por encima de la masa de gente—. ¡Allá arriba el Canciller tiene los calefactores encendidos mientras nuestros hijos se congelan en la escoria!

La marea humana comenzó a avanzar. Era la marcha de los congelados: miles de sombras humanas envueltas en capas de plástico, trapos remendados y restos de aislamiento térmico, marchando con un crujido sordo de botas desgastadas sobre la escarcha que ya cubría los rieles de carga. No avanzaban en orden militar; avanzaban como un río de hierro helado que buscaba la cima del colector central.

En los puestos de control intermedios, las alarmas de presión electromagnética de la Guardia de la Cúpula comenzaron a sonar en bucle. Desde la sala de mapas de la Oficina de Control Energético, el Capitán Kaelen observaba los mapas holográficos teñidos de rojo sangriento.

—Canciller Vane... la población del Sector Seis ha roto los sellos de la barrera de carga —informó Kaelen, con la voz temblorosa mientras ajustaba la empuñadura de su espada neumática—. Se dirigen en masa hacia las rampas del Nivel Dos. Son más de cuarenta mil personas.

Vane ni siquiera se volvió hacia la pantalla. Mantuvo la vista fija en la esfera de latón que sostenía entre los dedos: el rastreador térmico que la Escuadra Sombra operaba en la Fundición.

—No son ciudadanos, Capitán —respondió Vane en un tono pausado, frío como el hielo que cubría los cristales superiores—. Son una masa desestabilizadora que Thorne pretende utilizar para cubrir su infiltración hacia el Observatorio. Despliegue las unidades de pacificación en la Puerta de Hierro del Nivel Dos. Utilice los proyectores de nitrógeno líquido y los cañones de baja frecuencia. Nadie cruzará al Nivel Uno.

—Señor... la temperatura en el Sector Seis ya ha descendido a doce grados bajo cero —vaciló Kaelen—. Si cerramos las compuertas y usamos el nitrógeno, la congelación en los pasillos de acceso será masiva...

—El orden de la Cúpula no se negocia con la temperatura de la escoria —sentenció Vane, cerrando el pilar de la pantalla holográfica con un golpe seco de su bastón—. Ejecute la orden.

En el puente de la Puerta de Hierro, la marea de la marcha chocó contra la pared de contención de la Cúpula.

La Guardia de Pacificación aguardaba en una formación perfecta de arcos blindados. Sus trajes de supresión térmica, diseñados para resistir las temperaturas de la superficie sin transmitir un solo grado al usuario, los hacían parecer estatuas de bronce sombrío sin rostro. Detrás de ellos, los cañones de dispersión criogénica apuntaban hacia la boca del túnel principal.

Cuando la vanguardia de los habitantes del Sector Seis —encabezada por los jóvenes de la Fundición y los mineros del carbón— alcanzó la rampa de acceso, no hubo advertencias.

Un rugido sordo de ultra-baja frecuencia barrió la galería. La onda sísmica de los cañones sónicos golpeó a la multitud, haciendo caer a decenas de personas sobre sus rodillas mientras la sangre brotaba de sus oídos por la vibración del aire. Inmediatamente después, los proyectores de nitrógeno dispararon sus chorros de bruma azulada.




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