El silencio del Nivel Uno era una ilusión amarga, una máscara de mármol y cristales pulidos que amortiguaba el eco sordo de la carnicería que se libraba en las rampas de la Puerta de Hierro. La vibración de los cañones criogénicos apenas se percibía en la piedra del suelo como una microoscilación rítmica, similar al pulso de un monstruo adormecido.
Elena y Valerius avanzaron pegados a los muros de granito blanco del pasillo de interconexión. Tras haber dejado atrás los trajes pesados de aislamiento en la boca del canal de vapor seco, la joven contrabandista se movía con la soltura de una sombra entre los nichos de estatuas de los fundadores del Consejo. A su lado, el Comandante Thorne mantenía la carabina de pulso neumático baja, pero lista para el encare instantáneo. Su pechera de cuero de asalto, marcada por los impactos de plomo y el hollín de los sectores inferiores, contrastaba de forma violenta con la pulcritud quirúrgica del entorno.
El indicador incandescente en el pecho de Valerius permanecía en ese tono ámbar tenue y estable que habían descubierto en la Fundición. El contacto previo de la piel desnuda de Elena había recalibrado el flujo del núcleo de tal manera que ni un solo sensor de pared detectaba la radiación electromagnética de su tórax. Para la red de seguridad del Nivel Uno, eran dos fantasmas cruzando la frontera del poder absoluto.
—La entrada a los Archivos del Nivel Cero está justo detrás del vestíbulo del Observatorio —indicó Valerius en un hilo de voz, señalando una doble puerta de bronce repujado con el emblema del Sol de Oro al fondo de la galería—. Es la única bóveda de la Torre Central cuyo sistema de almacenamiento no depende de los servidores de la Cancillería. Toda la documentación original de la Era del Gran Aislamiento se conserva allí en discos de cuarzo y rollos de microfilms analógicos.
—Si los servidores de la emisora necesitan una clave física para proyectar la señal a los sectores inferiores, tiene que estar dentro de esa bóveda —asintió Elena, revisando el estado de sus tres últimas cargas de fósforo blanco en el cinturón.
Al acercarse a la doble puerta de bronce, no se escuchaba el murmullo de ninguna patrulla. Vane había retirado las guarniciones secundarias del Nivel Uno para volcarlas sobre las rampas de la Puerta de Hierro, confiado en que los sabuesos de pulso de la Escuadra Sombra lo alertarían si Thorne intentaba aproximarse al centro de mando.
Valerius se colocó frente al lector analógico de la puerta. Era una consola de bronce macizo provista de tres cilindros rotatorios y una ranura de inserción para la placa de mando militar.
El Comandante extrajo de su cinturón su insignia rota de bronce —aquella que había desenganchado de su cuello en la cisterna de amortiguación— y la encajó en la ranura. Las agujas de la consola oscilaron; los cilindros mecánicos comenzaron a girar con un sonido pesado de engranajes sumergidos en aceite denso.
—Tu clave de acceso fue borrada del servidor del Estado Mayor, Thorne —recordó Elena, atenta al pasillo por el que habían llegado.
—Mi clave digital fue borrada, pero la cerradura del Nivel Cero es un mecanismo puramente mecánico diseñado hace sesenta años —respondió él, aplicando una leve presión manual sobre el borde de la insignia—. Los patrones de los troqueles de la Guardia de Elite no se pueden alterar sin desmantelar la puerta desde el interior.
Un chasquido grave metálico resonó en el pasillo. La hoja derecha de la puerta de bronce cediá dos centímetros hacia adentro, liberando una corriente de aire seco, helado y desprovisto de todo olor humano; el aliento congelado de sesenta años de secretos guardados en la oscuridad.
El Nivel Cero no se parecía a las salas de máquinas de la Cúpula ni a las estaciones de conmutación de la superficie. Era una biblioteca monumental de arquitectura circular, cuyas paredes de piedra volcánica se elevaban veinte metros hasta una cúpula de cristal blindado que daba directamente al cielo nocturno de Aethelgard.
Filas de anaqueles de hierro negro, repletos de cilindros de latón, carpetas de pergamino encerado y bobinas de película fotográfica de plata, se extendían en círculos concéntricos desde el centro de la sala. En el corazón de la bóveda, suspendido sobre una plataforma de cristal, se encontraba el proyector maestro del Observatorio: un proyector óptico de alta potencia conectado a los cables de retransmisión que alimentaban los paneles comunitarios de toda la Ciudad Baja.
Elena caminó en silencio hacia el centro de la sala, maravillada y sobrecogida por la inmensidad del archivo. Al levantar la vista hacia la cúpula de cristal del techo, se detuvo en seco.
—Thorne... mira arriba —dijo la joven en un murmullo que rozó el ahogo.
A través del cristal blindado del techo, libre de las nieblas de vapor y del humo de azufre de Las Penumbras, se extendía el cielo real. No era el techo de hierro ni la bóveda de hormigón de los sectores inferiores; era una inmensidad de un azul marino profundo, tachonada por miles de puntos brillantes y cristalinos que titilaban con una luz pura y fría.
—Son las estrellas... —susurró Elena, y una lágrima abrió un surco limpio en el hollín de su mejilla—. Las leyendas de los ancianos de la fundición eran verdad... El cielo no está cubierto por una capa de ceniza eterna.
Valerius se colocó a su lado, contemplando la inmensidad de la noche exterior con una expresión indescifrable en su rostro cincelado.
—Las estrellas jamás desaparecieron, Elena —dijo el Comandante—. El Consejo instaló las pantallas de dispersión en la estructura intermedia de la Cúpula para proyectar un falso firmamento de plomo y simular la noche del invierno cósmico. Han mantenido a tres generaciones mirando hacia un techo de chapa para que no descubran la libertad que está a diez metros por encima de sus cabezas.
Valerius no perdió más tiempo en la contemplación. Avanzó hacia la mesa central de la plataforma, donde una serie de clasificadores de cobre conservaban los sellos de la Primera Directiva del Consejo de Asesores.