El Sol que nos robaron

Capítulo 18: Un invierno de mentiras

El haz de luz blanca emitido por el proyector óptico maestro cortó la penumbra de los Archivos del Nivel Cero con la fuerza de un rayo luminoso. Al impactar contra el sistema de prismas de la aguja central, la señal analógica —blindada contra la saturación digital por la propia antigüedad de su formato— se abrió paso a través de los canales de fibra óptica de la metrópoli, extendiéndose en cuestión de segundos por cada pantalla de la Cúpula.

En la Puerta de Hierro, donde la marcha de los congelados resistía bajo las ráfagas de los cañones criogénicos, los grandes monitores de control de la Guardia chispearon con violencia. El indicador de interferencia de la Cancillería parpadeó dos veces antes de ser desplazado por una secuencia de imágenes en alta definición de la superficie exterior.

La masa de habitantes del Sector Seis, con los rostros cubiertos de escarcha y las manos quemadas por el frío, detuvo su avance. Por primera vez en sesenta años, la propaganda sobre el desierto helado de Aethelgard desapareció de las pantallas públicas.

En su lugar, los monitores mostraron valles verdes bajo un sol radiante, montañas cubiertas de vegetación viva y ríos caudalosos que fluían bajo un cielo de un azul limpio y profundo. Junto a las imágenes, las tablas de telemetría firmadas por el propio Canciller Vane revelaban la cifra exacta de la temperatura exterior: veintidós grados centígrados. Un verano sereno y fértil que la Cúpula había mantenido oculto para justificar el monopolio del calor y el sometimiento de los sectores inferiores.

Un silencio aterrador se apoderó de la rampa de acceso. Los manifestantes miraban las pantallas con los ojos desorbitados, incapaces de procesar la magnitud del engaño. A su lado, los propios soldados de la Guardia de Pacificación bajaron sus escudos blindados y sus proyectores de nitrógeno, observando la telemetría oficial con la misma estupefacción que la masa a la que debían reprimir.

—Es mentira... —murmuró un joven recluta de la Guardia, quitándose el casco y sintiendo la bruma helada de la galería en sus mejillas—. La superficie no está muerta. Nos han tenido bajo el suelo matándonos por carbón mientras afuera el mundo ya renació.

El murmullo de asombro mutó en un rugido de indignación colectiva que hizo temblar los cimientos de granito del Nivel Dos.

En la bóveda del Nivel Cero, el impacto del disparo de pulso de Valerius contra las estructuras de la pasarela había dejado un rastro de humo azul y escombros de hierro esparcidos sobre el suelo de piedra volcánica.

Los tiradores de la Escuadra Sombra, ciegos por el cortocircuito de sus visores térmicos, retrocedían a tientas entre las filas de anaqueles. En la plataforma central, el Canciller Vane se puso en pie con torpeza, limpiándose una mancha de polvo de su abrigo de gala, mientras apretaba el detonador de latón con los nudillos blancos por la tensión.

—¡Es demasiado tarde, Thorne! —gritó Vane, con la voz distorsionada por la furia mientras el reflejo de la proyección iluminaba su rostro demacrado—. ¿Crees que has ganado algo? ¡Aunque proyectes esa mentira verde en cada pantalla, no hay salida para la gente de la Cúpula! ¡Si destruyo el colector C-9, no habrá energía para abrir las compuertas de la superficie!

—Tú eres el único que teme al exterior, Vane —respondió Valerius, avanzando a paso firme con la carabina de pulso apuntando directamente a la frente del Canciller.

A su lado, Elena ajustó la palanca del proyector para asegurar el bucle continuo de la transmisión. Su rostro, iluminado por el haz blanco de la lente, reflejaba la serenidad de quien ha dejado atrás todo rastro de miedo.

—Tu invierno de mentiras ha terminado —dijo Elena, dando un paso hacia el frente—. El colector C-9 no va a estallar porque Gideon y los herreros de la Fundición cerraron la línea de vapor hace diez minutos. Tu detonador ya no tiene señal sobre las cargas de la caldera.

Vane miró el indicador de su detonador de latón. La pequeña luz roja de confirmación de carga parpadeó dos veces y se apogó por completo, sofocada por el aislamiento de la red que los rebeldes habían ejecutado en los niveles inferiores.

Con un rictus de rabia contenida, el Canciller arrojó el aparato inútil contra el suelo de mármol, sacando de la empuñadura de su bastón una hoja fina de acero templado de alta frecuencia.

—Fui yo quien construyó el orden de esta metrópoli —siseó Vane, abalanzándose sobre la plataforma con la agilidad imprevista de un cazador acorralado—. ¡No permitiré que un traidor y una salvaje de las Penumbras destruyan mi obra!

El Canciller lanzó una estocada rápida dirigida al cuello de Elena.

Sin embargo, Valerius se interpuso en la trayectoria del ataque. La hoja de alta frecuencia impactó directamente contra la placa de bronce del esternón del Comandante. El metal del arma chispeó al chocar contra la matriz incandescente, pero en lugar de atravesar la piel de Valerius, la carga térmica que el oficial había acumulado tras la estabilización con Elena reaccionó al contacto.

Una descarga electromagnética de color ámbar recorrió la hoja de acero de Vane, fundiendo la aleación en cuestión de un segundo y transmitiendo la onda de calor hasta la empuñadura del bastón.

El Canciller soltó la empuñadura incandescente con un alarido de dolor, cayendo de rodillas sobre el suelo de la biblioteca mientras se sujetaba la mano derecha, quemada hasta el hueso por la propia radiación de la matriz.

Valerius no disparó. Bajó lentamente el cañón de la carabina y miró al hombre que había gobernado Aethelgard con puño de hierro durante más de tres décadas.

—Tú no construiste un orden, Vane —dijo el Comandante con una gravedad helada—. Construiste una tumba de hierro y obligaste a medio millón de personas a adorar el fuego que las consumía. Tu tiempo ha terminado.

Desde el pasillo exterior de los Archivos, el choque pesados de botas militares resonó contra la piedra.




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