El amanecer sobre los valles de la superficie proyectaba largas sombras doradas a través de las compuertas abiertas de la Cúpula. Sin embargo, el aire fresco del exterior, impregnado de un aroma a pino y tierra húmeda que la gente de Las Penumbras jamás había respirado, venía acompañado por un peligro latente. La libertad no consistía simplemente en atravesar los umbrales de granito de la gran metrópoli; requería sostener el flujo de los recursos vitales mientras la población abandonaba las profundidades.
En el nivel subterráneo más remoto del complejo, por debajo incluso del Sector Seis y de las galerías de la Fundición, se extendía la Estación de Bombeo Principal del Acuífero Norte. Era una caverna monumental de hormigón armado y hierro fundido, dominada por tres turbinas de succión hidráulica que procesaban el agua dulce que descendía de los valles superiores para abastecer a toda la estructura de Aethelgard.
Elena y Valerius, acompañados por Mateo y una escuadra reducida de técnicos de la Fundición, descendieron por la escalera de caracol de la chimenea de servicio. La luz del sol que apenas comenzaba a iluminar la azotea del Observatorio no alcanzaba este abismo industrial. Aquí, el único resplandor provenía de las linternas de carburo y del destello ámbar, sereno y constante, del núcleo mecánico en el pecho del excomandante.
—Si las bombas principales se detienen antes de que se completen las tres fases de evacuación, los niveles inferiores se anegarán en cuestión de horas —explicó Mateo, ajustando las correas de su bolsa de herramientas mientras descendía rápido por los peldaños de hierro—. Las esclusas de contención que Vane ordenó cerrar antes de su captura bloquearon el canal de alivio. Todo el exceso de presión del río subterráneo está convergiendo hacia esta sala.
Elena avanzó hacia el borde de la pasarela central, observando el turbio torrente de agua que rugía veinte metros más abajo. El sonido era ensordecedor, un bramido metálico y líquido que hacía vibrar las barandillas de acero.
—Valerius... algo no encaja —dijo la joven contrabandista, deteniéndose y alcanzando de forma instintiva la manga de la pechera del oficial—. Mira los indicadores de presión de la consola primaria. Los manómetros de bronce no están marcando una sobrecarga por fallo del flujo natural. La presión está siendo forzada de manera manual desde la subestación de control secundario.
Valerius se inclinó sobre el panel analógico de la pared de granito. Sus ojos ambarinos recorrieron los medidores con la velocidad de quien conoce cada diagrama de la ingeniería militar de la Cúpula.
—El sistema de purga automatizada ha sido puenteado —asintió el Comandante, con la voz grave y firme imponiéndose sobre el estruendo del agua—. Alguien cerró las válvulas magnéticas desde el interior del puesto de mando antes de que la Guardia de Pacificación entregara el Nivel Uno. No es un accidente hidráulico, Elena. Es un mecanismo de demolición diferida.
Antes de que Mateo pudiera acercarse a la caja de relés para intentar revertir el flujo, un estruendo metálico resonó en la parte alta de la chimenea de servicio.
La pesada escotilla de acero neumático por la que habían descendido se cerró de golpe con un chasquido seco. Las trabas magnéticas de emergencia cayeron en sus alojamientos con el sonido inconfundible de una trampa que se cierra de manera definitiva.
Desde la penumbra de la pasarela opuesta, sepultada bajo una bóveda de tuberías secundarias por donde goteaba aceite negro, emergió una figura alta y rígida. Portaba el uniforme de gala de la División de Ingeniería de la Guardia de Elite, aunque la casaca permanecía desabrochada y manchada de hollín.
El Mayor Brand, el oficial de logística de confianza del Canciller Vane, sostenía en su mano derecha una palanca de conmutación manual conectada directamente al tablero principal de la estación.
—Llegan a tiempo para presenciar el verdadero acto final de la Cúpula, Comandante Thorne —dijo Brand, cuya voz sonaba amplificada por los ecos de la caverna de hormigón—. El Canciller siempre previó la posibilidad de que la masa de descarte intentara tomar la metrópoli. Si el pueblo de Las Penumbras no sirve a la estructura que lo mantuvo con vida, no servirá para poblar la superficie.
—Brand... Vane ya ha sido detenido por sus propios soldados —intervino Valerius, dando un paso al frente sobre la pasarela mientras extendía la mano en un gesto de advertencia—. Las imágenes de la superficie se están proyectando en todos los niveles. La guardia ha entregado los puestos de mando. No hay ningún imperio que defender en esta caverna.
El Mayor lanzó una carcajada amarga que se perdió en el rugido de las turbinas.
—¿Cree que me importa la guardia o la superficie, Thorne? —respondió el oficial, apretando la empuñadura de la palanca—. Fui yo quien diseñó el sistema de recirculación del Núcleo Solar. Si activo la purga inversa del acuífero, no solo inundaré los sectores inferiores destruyendo la Fundición y las rampas de escape; la onda de choque hidráulica provocará el colapso del colector C-9 por presión diferencial. En veinte minutos, toda Aethelgard se derrumbará sobre la entrada del valle.
Elena midió la distancia hasta la posición de Brand. La pasarela que los separaba medía más de treinta metros de longitud, una estrecha franja de rejilla metálica suspendida sobre el pozo de las turbinas, expuesta por completo al fuego de cualquier arma de precisión.
— Mateo, ¿puedes desbloquear los relés del panel lateral desde aquí? —susurró Elena sin apartar la mirada del Mayor.
—Los cables de derivación están bajo la plataforma de Brand —respondió el joven en un hilo de voz, aferrando su soldador neumático con manos temblorosas—. Para cortar la corriente de las válvulas magnéticas habría que acceder a la caja de conexiones que está justo detrás de él.
Valerius no esperó a que el enemigo iniciara la secuencia. Llevó su mano desnuda hacia la mano de Elena, entrelazando sus dedos un segundo para permitir que la frecuencia de su matriz torácica se estabilizara en el tono ámbar suave que impedía el sobrecalentamiento.