Paris Montero necesitaba un trabajo. Cualquiera. Uno que le pagara la renta y no le exigiera usar tacones.
Sebastián Reynes necesitaba una niñera. Urgente. Una que no saliera corriendo cuando su bebé de 8 meses le vomita el traje de 10 mil dólares, que no se asuste cuando llora 4 horas seguidas y que, sobre todo, no se enamore de él.
Porque Sebastián Reynes lo tiene claro: es soltero por elección, millonario por herencia, padre por accidente y no cree en el amor desde que su ex le dejó al bebé con una notita que decía "te toca".
Paris acepta. ¿Qué tan difícil puede ser?
Muy difícil, resulta.
Porque el bebé la odia. Porque Sebastián es un inútil que sostiene a su propio hijo como si fuera una bomba a punto de explotar (literal, como en la portada). Porque la casa es un penthouse que parece museo y Paris llega con su delantal lleno de crayones y pañitos sucios.
Y porque, contra todo pronóstico, el bebé deja de llorar solo cuando Paris canta mal. Y Sebastián deja de ser un témpano solo cuando Paris le contesta.
Ahora tienen un sistema: ella lo regaña por no saber cambiar un pañal, él la regaña por ponerle medias de dinosaurio al heredero de su imperio. Ella le enseña a ser papá, él le enseña que no todos los millonarios son idiotas.
El problema es que la ex de Sebastián volvió y quiere al bebé de vuelta. Y Paris tiene que decidir si se va con su finiquito... o se queda a pelear por esa familia improvisada que, sin querer, se convirtió en suya.
Una comedia romántica sobre un soltero que no sabe ser padre, una niñera que no sabe ser niñera y un bebé que sabía exactamente lo que hacía cuando los juntó.