Paris Montero había sido despedida de cuatro trabajos en seis meses, y en ninguno de los cuatro había sido por robar, mentir o incendiar algo. Bueno, en el de la cafetería sí hubo una pequeña llama en la plancha de los panini, pero Paris sostenía hasta el día de hoy que eso había sido un accidente culinario y no un incendio.
El último despido había sido esa misma mañana, en la zapatería Pasos de Seda, una tienda tan elegante que los zapatos estaban exhibidos sobre cojines, como si fueran joyas o, peor aún, bebés reales. La gerente, una mujer llamada Priscila que hablaba siempre con la barbilla levantada, la había citado en su oficina.
—Paris, querida, hemos notado que no usas los tacones del uniforme.
—Los uso —respondió Paris—. Solo que no puedo caminar con ellos.
—Te vimos entrar descalza el lunes.
—Venía en el camión y se me torció el tobillo en la escalera. Los traía en la mano como muestra de respeto.
—Le dijiste a una clienta que sus zapatos nuevos le hacían los pies de pato.
—Eso fue un comentario constructivo. Ella me preguntó mi opinión.
—Te preguntó si le quedaban bien.
—Y no le quedaban bien.
Priscila cerró los ojos y respiró como si estuviera haciendo yoga en medio de un tsunami.
—Tu liquidación llegará el viernes.
—¿Tendrá cojín? —preguntó Paris, señalando con la cabeza los zapatos de la vitrina—. Nada más para sentirme valorada.
La echaron de todos modos.
Así que a las doce y diez del mediodía de un martes cualquiera, Paris Montero estaba sentada en una banca del parque con una bolsa de papas fritas, su bolso lleno de cosas que no sabía por qué cargaba (tres cucharas, un patito de hule, una liga del pelo que no era suya, una batería de celular que no pertenecía a ningún celular) y la renta vencida desde hacía nueve días.
Su teléfono vibró. Era un mensaje de su mejor amiga, Lupe.
Lupe: ¿Ya te dieron el cojín?
Paris: Me dieron la patada. Sin cojín.
Lupe: Ay, amiga. Ven a la casa, hay arroz.
Paris: Hay arroz desde el domingo, Lupe. Ese arroz ya tiene vida propia.
Lupe: Ese arroz tiene personalidad. Ven.
Paris se rio sola, que era el único consuelo que le quedaba, y se limpió la sal de las manos en los pantalones. Fue entonces cuando el teléfono sonó de verdad, con una llamada de un número desconocido. Paris contestó con la voz más profesional que pudo fabricar, que sonaba como una secretaria de película antigua con un resfriado.
—¿Bueno? Habla Paris Montero, ¿en qué puedo servirle?
—Señorita Montero, le habla Gertrudis de la agencia Manitas Felices. Usted dejó su currículum con nosotros hace tres semanas.
—Ah, sí, claro, la agencia de niñeras. Sí, sí, tengo experiencia, cuidé a mis primos, a mis sobrinos, a un perro con ansiedad y a una vecina que creía que era un pájaro.
—Eso no es experiencia profesional, señorita.
—Es experiencia variada.
Hubo un silencio largo en la línea. Paris escuchó cómo Gertrudis tomaba aire.
—Mire, tengo una vacante urgente. Es para un cliente muy exigente y la situación es, digamos, particular. ¿Puede presentarse en una hora?
—¿Tiene que ser con tacones?
—No.
—Entonces llego en cuarenta minutos.
—Señorita Montero, no le he dicho la dirección.
—Llego en cuarenta minutos y una dirección —se corrigió Paris.
Gertrudis le dio la dirección y, justo antes de colgar, soltó una frase que Paris, en su desesperación, decidió ignorar por completo.
—Una última cosa. Se la daré con honestidad: en las últimas tres semanas han pasado siete niñeras por esa casa.
—¿Siete? —repitió Paris.
—Siete.
—¿Y qué les pasó?
—Preferiría que lo viera usted misma.
Paris miró el cielo, miró las papas fritas, miró el patito de hule que asomaba de su bolso y tomó la decisión que tomaban todos los protagonistas de las tragedias: pensó que no podía ser tan grave.
—Perfecto —dijo—. Allá estaré.
Colgó, se levantó de la banca, y tropezó con su propio bolso, de donde cayó la batería huérfana, que rodó cuesta abajo hasta caer en la fuente. Paris la miró hundirse con un respeto silencioso, como quien despide a un soldado caído.
—Descansa, amiga —murmuró—. Nunca supe de quién eras.
La dirección resultó ser una torre de cristal en la zona más cara de la ciudad, una de esas construcciones que parecen una navaja gigante clavada en el cielo para recordarle a los pobres que existen los ricos. Paris levantó la cabeza hasta que le crujió el cuello. En la entrada había un portero con uniforme azul marino, guantes blancos y la expresión de alguien que había visto cosas y había decidido no comentarlas.
—Buenas tardes —saludó Paris—. Vengo a una entrevista para el penthouse.
El portero la miró de arriba abajo. Vio el delantal arrugado que traía en el bolso, los tenis con una suela despegada, el patito de hule que seguía asomando, la mancha de salsa en la manga.
—¿Para el penthouse del señor Reynes?
—Ese mismo. ¿Es famoso?
—Lo es. —El portero hizo una pausa muy larga, como si estuviera decidiendo cuánta información valía la pena arriesgar—. Le deseo suerte, señorita.
—¿Por qué lo dice con ese tono de funeral?
—No tengo ningún tono.
—Sí tiene. Es un tono de "acompáñame en mi sentimiento".
—Por el ascensor del fondo —dijo el portero, y Paris juraría que, mientras caminaba hacia allá, lo escuchó persignarse.
El ascensor era todo espejos y madera brillante, y subía tan rápido que a Paris se le taparon los oídos. Se miró en el espejo y se acomodó el pelo, que ya había decidido tener vida propia desde la mañana. Intentó alisarse la blusa. Intentó sonreír como una persona seria. Lo que le salió fue la cara de alguien que acaba de oler algo sospechoso.
—Calma, Paris —se dijo—. Eres adulta. Tienes veintiocho años. Has sobrevivido a una intoxicación por camarones y a tu cuñado en Navidad. Puedes con un millonario.