El Soltero, la Niñera y el Bebé

CAPÍTULO 2: LA PRIMERA TARDE, O CÓMO SOBREVIVIR A UN TENEDOR DE OCHENTA MIL DÓLARES

El bidé hablaba francés, tal como Sebastián había advertido, pero no había dicho nada sobre el hecho de que también tenía opiniones.

Paris había entrado al baño con la mejor de las intenciones, que consistían en lavarse las manos, quitarse la leche cuajada del cuello y mirarse en el espejo para recordarse que era una mujer adulta con un empleo nuevo y un sueldo de cuatro mil dólares. Había cerrado la puerta, había suspirado, había abierto el grifo, y entonces, desde algún lugar a su izquierda, una voz femenina, aterciopelada y ligeramente despectiva, había dicho:

—Bonjour, madame. Bienvenue.

Paris dio un salto tan alto que casi toca el techo con la cabeza.

—¿Quién anda ahí? —gritó, con las manos mojadas levantadas como si fuera a defenderse con espuma.

—Bonjour, madame. Bienvenue —repitió la voz.

Paris giró lentamente la cabeza hasta que sus ojos dieron con el culpable: un aparato blanco y reluciente, con panel de botones, luces azules y un aire de superioridad que solo poseen los objetos muy caros. El inodoro, porque técnicamente era un inodoro con complejo de diplomático, había levantado la tapa solo, como un mayordomo que abre la puerta de un coche.

—Ay, no —murmuró Paris—. No, no, no. Yo no quiero una conversación con un excusado.

—Madame désire-t-elle une température spécifique?

—Madame desea que usted se calle.

—Je ne comprends pas.

—Yo tampoco, y llevamos veinte segundos conociéndonos.

Se lavó las manos a toda velocidad, se limpió el cuello con una toalla que seguramente costaba más que su cama, y salió del baño caminando de espaldas, sin quitarle los ojos de encima a aquel aparato, como se sale de una habitación donde duerme un animal peligroso. Al cerrar la puerta, escuchó desde adentro un último y elegante "au revoir, madame", y sintió que acababa de ser despedida por alguien con mejor educación que ella.

En el pasillo la esperaba Sebastián, con Leo en brazos y una expresión de culpabilidad que no lograba ocultar.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Su baño me despidió en francés.

—Es una función de cortesía.

—Es una función de tortura psicológica.

—Se puede desactivar con el control remoto.

—¿Hay un control remoto del baño?

—Hay un control remoto de todo.

—¿De todo todo?

—De las luces, las cortinas, el aire, el piano, la chimenea, la alarma y la escultura.

—¿La escultura tiene control remoto?

—Gira.

Paris abrió la boca, la cerró, y decidió que era demasiado pronto en su relación laboral para hacer ciertas preguntas. Se arregló el pelo con un gesto digno y declaró, con la voz más profesional que le salió:

—Muy bien, señor Reynes. Empecemos con lo básico. ¿Dónde duerme Leo?

—En su cuna.

—¿Y dónde está su cuna?

Sebastián dudó. Fue una duda breve, casi imperceptible, pero Paris la vio, porque tenía la costumbre de ver cosas incómodas.

—Está en proceso —dijo él.

—¿En proceso de qué?

—De llegar.

—¿Cómo que de llegar?

—La cuna que pedí no es compatible con la decoración, así que la devolví. La segunda tenía un acabado que no combinaba con el piso. La tercera venía con osos pintados en la cabecera y me pareció que eran excesivamente alegres.

—¿Excesivamente alegres?

—Sonreían demasiado.

—Son osos, señor Reynes. Los osos de las cunas siempre sonríen.

—Ese fue mi problema con ellos.

Paris se llevó una mano a la sien y empezó a caminar de un lado al otro del pasillo.

—Entonces, déjeme ver si entiendo. Tiene un bebé de ocho meses, y el bebé duerme...

—En un cajón.

—¿En un cajón?

—Un cajón grande. De la cómoda del vestidor. Le puse una colchoneta y una sábana de lino.

—Señor Reynes, ¡su hijo duerme en un cajón!

—Es un cajón de roble macizo —contestó él con orgullo, como quien defiende la honra de un pariente—. Cuesta tres mil dólares.

—¡Eso no lo hace menos cajón!

—Es un cajón con historia. Era de mi abuelo.

Paris levantó las manos al cielo, en una oración silenciosa a todos los santos de las niñeras, y le pidió a la Virgen de los Pañales que le diera paciencia. Luego tomó aire y declaró:

—Muy bien. Primera orden del día. Compramos una cuna.

—Ya pedí...

—No, no, no. Usted ya no pide nada. Aquí hay una persona con experiencia práctica y otra con experiencia en pagar cosas. Vamos a trabajar en equipo.

—¿Y usted ya sabe qué tipo de cuna comprar?

—Una que tenga barrotes, un colchón firme y osos sonrientes.

—Los osos son...

—Los osos son obligatorios, señor Reynes. Es la ley.

Sebastián la miró con una ceja levantada, y por un momento pareció a punto de replicar, pero Leo, que había estado observando el diálogo con la atención de un espectador de tenis, soltó de pronto un eructo largo, profundo y sonoro, que resonó por el pasillo como una trompeta de circo.

Los dos adultos se quedaron congelados.

—¿Eso fue él? —preguntó Paris.

—Eso fue él.

—Es un volumen impresionante.

—Lo sacó de mi padre.

—Lo del eructo o lo de la elegancia?

—Lo de la elegancia no, definitivamente.

Paris soltó una risita, y entonces Leo, al escucharla, volvió a clavar sus ojos redondos en ella y frunció el ceño con una expresión que decía, con total claridad, que él no había olvidado quién era la mujer que lo había intentado cargar hacía veinte minutos. La risita de Paris se apagó.

—Me está mirando raro —dijo.

—Siempre mira así.

—No, a usted lo mira con resignación. A mí me mira como si le debiera dinero.

—Es su forma de analizarla.

—¿Y cuánto tarda en analizarme?

—Con la niñera número tres tardó dos días. Con la cuatro, una semana.

—¿Y con la siete?

—Con la siete, tres horas. Pero esa se fue porque dijo que el niño la miraba mientras dormía.

Paris tragó saliva.

—¿Mientras dormía ella o él?

—Ella. Le puso una almohada sobre la cabeza para que no la mirara.




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