El Soltero, la Niñera y el Bebé

CAPÍTULO 3: LA TIENDA DE LOS PEQUEÑOS GIGANTES, O CÓMO UN MILLONARIO SE PIERDE ENTRE DOS MIL BIBERONES

Leo despertó a las 5:47 de la mañana, y lo hizo con el mismo tacto de una sirena antiaérea.

Paris, que dormía en el cuarto de huéspedes sobre una cama tan grande que podría haber alojado a una familia entera, se incorporó de golpe con el pelo parado y la boca seca, convencida de que se estaba quemando algo. Tardó tres segundos en recordar dónde estaba. Tardó cuatro más en recordar que el ruido no era una alarma de incendios sino un bebé, y otros dos en descubrir que llevaba puesta una bata de seda color vino con las iniciales S.R. bordadas en el pecho, que Sebastián le había prestado la noche anterior porque ella no tenía ropa de cambio y su blusa olía a leche cuajada y a un pasado que prefería olvidar.

—Ya voy, ya voy —murmuró, levantándose de la cama con la gracia de un flamenco sin café.

Se tropezó con la alfombra, se golpeó el dedo meñique del pie con la pata de una silla que probablemente era de la época de Luis XIV, soltó una palabra que no era apta para menores y salió al pasillo cojeando, mientras el llanto de Leo atravesaba las paredes con una puntualidad militar.

En el pasillo se encontró con Sebastián, que venía del lado contrario.

Y aquí es necesario hacer una pausa, porque la imagen merece su propio párrafo.

Sebastián Reynes, el hombre que el día anterior había lucido un traje de diez mil dólares, una corbata de seda italiana y una compostura digna de una estatua, estaba en ese momento en el pasillo con un pantalón de pijama a cuadros, una camiseta gris con un agujero en el cuello, el pelo parado en cuarenta direcciones distintas, una marca de almohada en la mejilla derecha y los ojos tan hinchados que parecía haber peleado contra una abeja. En la mano izquierda llevaba un antifaz de dormir levantado sobre la frente. En la derecha, un tapón de oído que se le había quedado olvidado.

Se miraron.

—Buenos días —dijo Paris.

—No son buenos —respondió él.

—Tiene un tapón en la mano.

—Lo sé.

—¿Se puso tapones de oído?

—Soy un hombre de recursos.

—¿Y funcionaron?

—No. Aun así, escuché a mi hijo desde el vestidor, atravesando dos puertas, tres paredes y un cojín acolchado.

—Es un bebé con una proyección vocal admirable.

—Es un bebé con mala sangre.

—Es un bebé con hambre —corrigió Paris, y se arremangó la bata, que le quedaba tan grande que las mangas le colgaban hasta las rodillas—. Vamos, vamos, antes de que decida mudarse a otro código postal con ese grito.

Entraron al vestidor casi corriendo, y encontraron a Leo de pie dentro del cajón de roble, agarrado a los bordes con las manos y con la cara empapada, con la nariz roja y una expresión de víctima de una gran injusticia. Al verlos, estiró los brazos con un gemido, y en ese instante, por pura casualidad o por una inconfesable preferencia, se inclinó hacia Sebastián.

—Quiere que lo cargue usted —dijo Paris, con una ceja levantada.

—No creo.

—Alargó los brazos hacia usted.

—Seguro quería a otra persona.

—Aquí solo estamos nosotros dos.

—Quizá quería a Jean-Pierre.

—El inodoro no cuenta.

Sebastián tragó saliva, dio un paso al frente con la solemnidad de quien se acerca a un reactor nuclear, y levantó a Leo en brazos. Lo hizo con torpeza, con los codos todavía tiesos y una evidente falta de práctica, pero esta vez, sin que nadie le dijera nada, lo pegó contra su pecho. El bebé hundió la cara en su camiseta, soltó un suspiro de rendición, y dejó de llorar de golpe.

El silencio duró cuatro segundos.

—Ya está —susurró Paris, con los ojos brillantes—. Ya lo ve. Lo estaba pidiendo a usted.

—Debe de ser un error.

—No es un error. Es un padre.

—No soy un padre. Soy un tipo con un bebé.

—Esas dos cosas se llaman igual.

—Hágame el favor de dejar las filosofías para después del café.

Y Leo, como si entendiera la conversación, levantó la cabeza, miró a su padre de cerca y, en un ataque de ternura o de venganza, le dio un manotazo en la cara, tan fuerte que el tapón de oído le salió volando de la mano y rebotó contra el espejo.

El desayuno fue una nueva lección de humildad.

Paris, que había pasado por la cocina de la nave espacial con la ilusión de preparar unos huevos revueltos con tortillas de maíz, descubrió que el refrigerador no tenía huevos, que la alacena no tenía tortillas y que el único utensilio con el que podía cocinar era una sartén de cobre que costaba lo mismo que un coche usado y que parecía hecha para ser admirada más que usada.

—¿Qué desayuna usted normalmente? —preguntó, con las manos en las caderas.

—Un smoothie verde.

—¿De qué está hecho?

—De espinaca, jengibre, espirulina y semillas de chía.

—¿Y sabe bien?

—Sabe a pasto con rencor.

—¿Y por qué lo toma?

—Porque es saludable.

—¿Y usted se siente saludable?

—Me siento irritado.

—Qué buen equilibrio.

Sebastián se dejó caer en un taburete con Leo apoyado en el hombro, y empezó a mover la mano de forma automática sobre su espalda. Paris, que lo observaba de reojo, notó que lo hacía sin darse cuenta, con el mismo ritmo que ella había usado la noche anterior, y que el bebé, adormilado, había vuelto a cerrar los ojos. Se mordió el labio para no decir nada. Hay momentos que se arruinan por comentar.

—Voy a pedir comida de verdad —anunció, sacando su teléfono, que tenía una grieta en la pantalla con forma de rayo.

—Mi chef puede enviar un desayuno completo en veinte minutos.

—No, señor Reynes. Quiero comida de la calle.

—¿De la calle?

—Tamales, panqués, una torta de jamón, un café de olla.

—No sé si existen esos productos a este código postal.

—Existen en todos los códigos postales. Es cuestión de saber preguntar.

—¿Y a quién le va a preguntar?

—A Lupe.

—¿Quién es Lupe?

—Mi mejor amiga. Ella sabe de todo.

Paris tecleó un mensaje a toda velocidad con los pulgares, y unos segundos después su teléfono vibró con una respuesta que decía, en mayúsculas y con tres emojis de llamas: "¿¡DÓNDE ESTÁS!? ¡NO DORMISTE EN CASA! ¡TE VI EN EL ESPEJO DEL MAPA Y ESTÁS EN LA TORRE DE LOS RICOS!"




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