El portero del edificio se llamaba don Evaristo, y hasta esa tarde había pensado que nada en este mundo podía sorprenderlo.
Llevaba veintidós años trabajando en la torre de cristal. Había visto entrar a un cantante de ópera con un loro sobre el hombro, a una actriz con un chihuahua vestido de torero y a un jeque que quiso subir un caballo por el ascensor de servicio. Se consideraba un hombre curtido, un hombre de mundo, un hombre al que la vida ya no podía sacarle un parpadeo.
Entonces vio llegar la limusina negra de los Reynes, vio bajar a Anselmo con las puertas abiertas de par en par, y vio salir, uno tras otro, una cuna desarmada en cajas, una cómoda, un cambiador, una mecedora, una bañera con forma de pato y un oso de peluche del tamaño de un adulto, con cinturón de seguridad y una cinta roja en el cuello, cargado en brazos por el señor Reynes, que caminaba con la cabeza muy alta y la expresión de quien lleva un trofeo olímpico.
Detrás venía la niñera, en pantuflas de borrego, empujando un carrito con veinte biberones, con un bebé dormido colgado al pecho de su patrón y el patito de hule asomando del bolso.
—Buenas tardes, don Evaristo —saludó Paris.
—Buenas tardes, señorita.
—Venimos de compras.
—Ya lo veo.
—Es para el bebé.
—Claro.
—El oso también es para el bebé.
—Me imagino.
—No es para el señor Reynes.
—No lo dudé en ningún momento.
Sebastián pasó a su lado con el oso en brazos, le dedicó un gesto seco de cabeza, como quien saluda a un general, y entró al vestíbulo con el peluche asomando por encima de su hombro, mirando hacia atrás con unos ojos de plástico negros y brillantes. Don Evaristo siguió la escena con la vista, esperó a que las puertas del ascensor se cerraran, y luego, muy despacio, volvió a sentarse en su silla.
—Veintidós años —murmuró—. Y todavía hay cosas que ver.
Subir los paquetes llevó tres viajes del ascensor y una discusión sobre si el oso debía ir primero o último, que Sebastián zanjó con una frase digna de las grandes batallas de la historia.
—El oso va conmigo.
—Es un oso, no un general.
—Es un pasajero sensible. No se debe separar de su familia.
—Su familia es Leo.
—Y Leo va conmigo.
—Entonces el oso va con usted.
—Eso dije.
—Eso dije yo.
—Ya lo sé.
Llegaron al penthouse con el sol bajando por los ventanales, y un dorado suave empezó a bañar el piso de mármol. Paris acomodó a Leo, que seguía dormido, en el cajón del abuelo, lo arropó con una de las cobijas nuevas, que todavía olía a suavizante de fábrica, y le dejó cerca el mordedor de jirafa por si despertaba con ganas de roer algo. Luego salió de puntillas del vestidor y encontró a Sebastián en medio de la sala, rodeado de cajas, con las manos en las caderas y el aire de un conquistador frente a un continente desconocido.
—Muy bien —dijo él—. ¿Por dónde empezamos?
—Por la cuna.
—Llamaré a Octavio. Él enviará a un equipo de carpinteros.
—No.
—¿No?
—Usted va a armar esa cuna.
—Yo no armo cosas.
—Hoy sí.
—Es una tarea de especialistas.
—Es una cuna, Sebastián. Es un rompecabezas con tornillos.
—Pagaré el doble por la rapidez.
—Y se perderá la oportunidad de que su hijo duerma en una cuna que montó su padre.
Sebastián abrió la boca para protestar. La cerró. La abrió otra vez. Después, con un suspiro de hombre vencido, se arremangó la camisa hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos que Paris miró durante exactamente un segundo antes de reprocharse, con severidad interna, por tener ojos.
—¿Dónde están las instrucciones? —preguntó él.
—En esa caja.
—¿Cuál?
—La grande.
—Hay seis cajas grandes.
—La que dice "Instrucciones".
—Ninguna dice eso.
—Pues busque la más aburrida.
Encontraron el manual en el fondo de la quinta caja, un librito delgado, de papel brillante, con ilustraciones de un muñeco sin rostro que armaba muebles con una sonrisa dibujada en la cabeza. Al abrirlo, los dos se asomaron al mismo tiempo, y los dos soltaron al mismo tiempo un gemido de espanto.
—Está en sueco —dijo Paris.
—Está en algo parecido al sueco.
—Es sueco inventado.
—Es sueco comercial.
—¿Qué dice aquí?
Sebastián se acercó el libro a la cara, entrecerró los ojos y empezó a leer, con una pronunciación torpe y dramática.
—Sköllvägen Brönnstad, el paso uno consiste en... ¿localizar las piezas Ö y Ä?
—¿Qué es una Ö?
—Es una O con dos ojos.
—¿Y una Ä?
—Una A con dos ojos.
—¿Y ahí qué dibujo hay?
—Hay un muñeco con una sonrisa que sostiene una barra de madera con la mano izquierda y se rasca la cabeza con la derecha.
—Ese muñeco está confundido.
—Ese muñeco soy yo.
Paris soltó una carcajada, de esas de hiena, y aunque Sebastián trató de mantener la seriedad, la comisura de la boca le tembló dos veces. Se agacharon juntos sobre la alfombra, abrieron la primera caja y empezaron a sacar las piezas una por una, alineándolas sobre el suelo con una solemnidad de arqueólogos. Había paneles laterales, barrotes de madera, bisagras, travesaños, una tabla enorme que supuestamente era el piso del colchón y una bolsita de plástico con tornillos de seis medidas distintas, cada uno de los cuales, por supuesto, se parecía a los demás.
—Doscientas catorce piezas —leyó Sebastián, con una voz fúnebre.
—¿Doscientas catorce?
—Aquí lo dice. Entre tornillos, clavijas, arandelas y tapones.
—¿Para una cuna?
—Para una cuna.
—Los egipcios construyeron las pirámides con menos piezas.
—Los egipcios tenían esclavos.
—Y nosotros tenemos una llave allen.
—¿Qué es una llave allen?
Paris levantó lentamente la vista. Lo miró con una expresión de profunda compasión, como quien mira a un niño que acaba de preguntar por qué el cielo es azul.