El Soltero, la Niñera y el Bebé

CAPÍTULO 5: UN CALDO PARA EL ALMA Y TRES PERSONAS QUE NO ESTABAN INVITADAS

Lupe Contreras Villaseñor no era una mujer a la que se le pudiera pedir un pollo sin consecuencias.

Paris lo sabía. Lo sabía desde la secundaria, cuando le había pedido prestado un lápiz y Lupe había aparecido al día siguiente con una caja de doce lápices, dos gomas, un sacapuntas con forma de gato y una regla con la tabla del siete impresa. Lupe no daba las cosas a medias. Lupe daba las cosas de más, con una generosidad desbordada, un poco invasiva y a todas luces peligrosa para la privacidad ajena.

Por eso, cuando Paris tecleó en su teléfono un mensaje que decía "Necesito un pollo, verduras y una olla grande, si puedes", y lo envió con la inocencia de quien no ha aprendido de sus errores, ni siquiera se le pasó por la cabeza lo que iba a pasar.

Lo que pasó fue esto.

A las ocho y veinte de la noche, el intercomunicador del penthouse soltó un timbre melodioso. Sebastián, que acababa de salir del despacho con la cara de quien ha estado mirando una pared durante media hora, se detuvo en medio del pasillo y miró el aparato como si fuera una cobra.

—¿Quién es?

—Debe de ser el pollo —dijo Paris desde la cocina, con Leo sobre la cadera y una cuchara de palo en la mano libre.

—Los pollos no tocan el timbre.

—Este sí.

Sebastián pulsó el botón con desconfianza. La pantalla se iluminó y en ella apareció la imagen granulosa del vestíbulo, donde don Evaristo, con la espalda recta y un gesto de dignidad herida, estaba de pie junto a su escritorio, rodeado por un grupo de personas que no le correspondían a ninguna lista de visitas.

—Señor Reynes —dijo don Evaristo por el altavoz, con la voz de quien anuncia un desastre natural—. Aquí hay una señorita que dice venir de parte de la señorita Montero.

—¿Una señorita?

—Y otras dos personas.

—¿Qué otras dos personas?

—Una señora mayor con un chal. Y un señor con una olla.

—¿Con una olla?

—Una olla muy grande, señor.

Sebastián giró lentamente la cabeza hacia Paris. Ella, que había escuchado todo, tenía la cuchara de palo a medio camino de la boca y una expresión de culpabilidad tan absoluta que no hacía falta ninguna explicación.

—Le pedí un pollo —dijo.

—Creo que le mandaron una delegación.

—Es que Lupe es así.

—¿Así cómo?

—Exagerada, con los mejores sentimientos.

—Que suban —ordenó Sebastián al intercomunicador, con el tono de un comandante que se rinde ante una fuerza superior.

—¿Está seguro, señor?

—No, pero suban.

Hubo un silencio largo, un carraspeo y, finalmente, el sonido digno de un hombre que tragaba saliva.

—Como usted diga, señor.

Pasaron cuatro minutos exactos entre el aviso y la llegada del ascensor, y en esos cuatro minutos Paris realizó la limpieza más frenética de la historia de la humanidad. Escondió las cajas vacías de la cuna detrás del sofá, tapó con una manta las evidencias del desastre de la tarde, se puso el delantal con crayones que había rescatado de su bolso (el mismo que traía el día anterior, lleno de manchas de colores, pañitos arrugados y un tapón de biberón de origen desconocido), y le arregló a Leo el pelo con un poco de saliva, que es el recurso más universal de las madres de todos los tiempos.

—Se van a quedar poco —prometió.

—Ya lo veremos.

—Ni siquiera van a pasar de la entrada.

—Eso dijo mi abogado de mi divorcio, y mire cómo terminó.

—Usted no tiene divorcio.

—No, pero estuvo cerca, de otra manera.

—¿Cómo así?

—Es una historia larga.

—Ahora no hay tiempo.

—Siempre hay tiempo para evitar las historias largas.

Las puertas del ascensor se abrieron con un tintineo, y apareció, precedido por un aroma sorprendente a cilantro, cebolla y laurel, el trío más inverosímil que jamás había pisado el mármol de los Reynes.

Al frente venía Lupe.

Lupe era una mujer de treinta años, bajita y redonda, de mejillas rosadas y ojos negros vivarachos, con una melena de rizos oscuros recogida en un moño que desafiaba la gravedad y una sudadera morada con la leyenda "Soy un desastre pero con estilo". Llevaba en cada mano una bolsa de plástico repleta de verduras, y en la espalda una mochila infantil con la cara de un conejo rosa, de la que sobresalía el pico verde de un manojo de cilantro.

Tras ella caminaba, con pasos cortos y firmes, una anciana diminuta de ochenta y tantos años, cubierta con un chal tejido de lana gris, un par de lentes de pasta gruesa y un bastón con empuñadura de plata que parecía ser, a un tiempo, accesorio de moda y arma de combate. Era la abuela de Lupe, doña Cuquita, a quien nadie había visto jamás con la espalda doblada ni con una opinión sin declarar.

Cerraba la comitiva un hombre de unos cincuenta años, corpulento, bigotudo, con una camisa de cuadros remangada hasta los codos y una olla de aluminio del tamaño de una tinaja entre los brazos, de la que salía un vapor aromático y blanquecino. Era Don Rutilio, el tío de Lupe, cocinero oficial de las bodas, bautizos y velorios del barrio, y su sola presencia llenó la entrada del penthouse con un olor tan reconfortante que Sebastián, sin darse cuenta, dio un paso hacia adelante, como atraído por un imán.

—¡Pariiiiis! —gritó Lupe, soltando las bolsas y abriendo los brazos.

—¡Lupe!

—¡Amiga!

—¡No grites, que el bebé duerme!

—¿Qué bebé?

—¡Este!

—¡Ay, qué precioso!

Las dos mujeres se abrazaron en medio del vestíbulo, con Leo en medio, aplastado entre los dos pechos, y el bebé, lejos de protestar, abrió los ojos con una expresión de fascinación y alargó una mano para agarrar uno de los rizos de Lupe, que le sonrió con el candor de una mujer que acaba de ganarse al público.

—Mira nada más —susurró—. Es un angelito.

—Es un diablo con cara de angelito.

—Es un bebé muy guapo.

—Es hijo de un señor muy guapo —apuntó doña Cuquita, con una voz aguda y clara, y sin ninguna discreción, mientras clavaba sus ojos magnificados por los lentes en Sebastián—. Mucho gusto, joven.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.