Leo despertó a las 5:46, un minuto antes que el día anterior, con lo cual quedó demostrado que el bebé estaba mejorando su rendimiento.
Paris, que dormía boca abajo en la cama gigante del cuarto de huéspedes con un brazo colgando y la boca abierta como una ballena varada, lo escuchó primero como un zumbido lejano, después como una sirena de ambulancia, y por último como un taladro que le perforaba la sien. Se incorporó de golpe, con el pelo convertido en un nido de urracas y la almohada pegada a la mejilla, y gritó a la oscuridad:
—¡Ya voy!
Nadie contestó, salvo el eco de su propia voz y un leve murmullo del bidé del baño contiguo, que seguramente había interpretado el grito como una petición.
—Bonjour, madame.
—¡Que no te pedí nada, Jean-Pierre!
—Madame désire-t-elle...
—¡Madame desea que te calles!
Salió al pasillo con la bata de seda color vino, que ya empezaba a considerar propia, y las pantuflas de borrego, que habían adquirido un aspecto de mascota abandonada, y se dirigió hacia el cuarto de Leo con un paso de zombi. Iba a mitad del camino cuando vio algo que la hizo detenerse.
Sebastián estaba sentado en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, las piernas estiradas y una taza de café vacía entre las manos. Llevaba el mismo pantalón de pijama a cuadros del día anterior y una camiseta distinta, igualmente vieja, y tenía la expresión de quien ha pasado la noche entera mirando el techo. A su lado, sobre la alfombra, reposaba el tornillo de la suerte, colocado con cuidado sobre una servilleta de lino, como una reliquia sagrada.
—Buenos días —dijo ella.
—Buenos días.
—¿Llevas mucho ahí?
—Desde las cuatro.
—¿Y por qué?
—No podía dormir.
—¿Y por qué no te quedaste en la cama?
—Porque en la cama pienso.
—¿Y en el pasillo no?
—En el pasillo pienso menos.
Paris se quedó mirándolo con la cabeza ladeada. Había cierta lógica perversa en aquella respuesta, y se obligó a no sonreír. Se dejó caer a su lado, contra la pared, con las rodillas dobladas y la bata abierta sobre los tobillos, y los dos escucharon durante un rato el llanto de Leo, que subía y bajaba de volumen con una precisión de orquesta.
—¿No vas a ir? —preguntó él.
—Dame un minuto.
—Está llorando.
—Está calentando. Si voy ahora, se cree que puede gobernarme.
—¿Y si va él, y uno ya estaba listo?
—Entonces se lo lleva el oso.
—El oso no tiene brazos para eso.
—Tiene dos.
—Son de decoración.
—Todo en esta casa es de decoración.
Sebastián soltó una risa corta, muy baja, para no llamar la atención del niño, y se quedó mirando fijamente el tornillo.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Hoy voy a cambiarle yo el pañal.
—¿Tú?
—Yo.
—¿Solo?
—Solo.
—¿Sin instrucciones?
—Con las instrucciones que me diste ayer.
—Ayer no te di ninguna.
—Entonces con el espíritu.
—Sebastián, ese pañal va a salir diagonal.
—Va a salir recto.
—Va a salir en espiral.
—Apuesta lo que quieras.
—Mi sueldo de un mes.
—Ni siquiera te lo he pagado.
—Por eso es una apuesta sin riesgo.
Se miraron con una chispa de desafío que ninguno de los dos supo de dónde había salido, y Sebastián se levantó con una dignidad forzada, se estiró la camiseta, se pasó una mano por el pelo y se dirigió a la habitación de Leo con la solemnidad de un gladiador que sale a la arena.
Paris lo siguió dos pasos atrás, con los brazos cruzados y una sonrisa de pura expectativa.
La habitación de Leo, que hasta hacía dos días era un vestidor con un cajón de roble, había sido transformada, gracias a una operación nocturna de Paris y a un exceso de entusiasmo de Octavio, en un cuarto respetable. Había una cuna ligeramente torcida con osos sonrientes en el panel, una cómoda de madera clara con seis cajones llenos de ropa diminuta, un cambiador acolchado con forma de nube y la lámpara de luna, que todavía proyectaba su luz amarillenta sobre las paredes. Y en un rincón, sentado en una mecedora con un cinturón de seguridad que él mismo se había negado a quitarle, el oso gigante observaba la escena con una expresión de infinita paciencia.
En la cuna, de pie, agarrado a los barrotes con las dos manos y la cara empapada, Leo gritaba con la boca abierta de par en par, enrojecido hasta las orejas y con el pelo hecho un revoltijo de plumas. Al verlos entrar, se detuvo en seco, parpadeó, y su expresión pasó de la indignación absoluta a una sonrisa tan amplia y repentina que parecía haberle sido instalada por un mecanismo.
—¡Ba! —gritó.
—Buenos días, tigre —dijo Sebastián, con una voz que Paris no le había escuchado antes, una voz más abierta, menos vestida de traje.
—¡Ba, ba, ba!
—Sí, ya sé.
—¡Ba!
—Ahora vengo yo.
Lo levantó con una torpeza que ya empezaba a ser tierna, lo llevó al cambiador, lo acostó sobre la nube y se quedó mirándolo con las manos en el aire, como quien se prepara para una cirugía sin haber estudiado medicina.
—Primero hay que quitarle el pijama —recordó Paris, desde la puerta.
—Lo sé.
—Con los botones de abajo.
—Lo sé.
—Cuidado con la cabeza, que se le atora.
—Lo sé, Paris.
—Los broches son pequeños.
—Paris, por favor.
—Callada.
—Gracias.
Sebastián tomó los broches con las puntas de los dedos, y descubrió, con espanto creciente, que no eran broches normales sino unos minúsculos botones a presión de metal, diseñados, al parecer, por un ingeniero sádico con deseos de venganza contra la humanidad. Cada vez que lograba cerrar uno, se le abría el siguiente, y cada vez que alcanzaba un broche en el extremo opuesto, Leo, que no entendía el concepto de quedarse quieto, levantaba una pierna y le daba una patada en la mano.
—Quédate quieto —suplicó.
—¡Ba!
—Por favor.