El Soltero, la Niñera y el Bebé

CAPÍTULO 7: LA PUERTA DEL DESPACHO Y LAS TRES ORGULLOSAS ORELLAS QUE NO ESTABAN ESCUCHANDO

Existe una ley no escrita de la convivencia humana según la cual, cuando dos personas cierran la puerta de un despacho para hablar en privado, al menos una tercera persona se pone a escuchar detrás.

Paris Montero lo sabía perfectamente. Lo sabía desde los nueve años, cuando se escondió detrás del sofá para oír a sus padres discutir si le compraban o no una bicicleta, y había terminado enterándose de que le compraban una, pero de segunda mano, con una canasta de mimbre y un timbre que sonaba como un pato asmático. Desde entonces había desarrollado un respeto casi religioso por el arte de escuchar sin ser vista.

Pero también sabía, con la misma firmeza, que ella era una persona decente, una niñera profesional con principios, una mujer de palabra que jamás, nunca, bajo ninguna circunstancia, pegaría la oreja a la puerta de su jefe.

Por eso, a las doce y cuarenta y dos de aquella mañana, mientras la puerta del despacho se cerraba con un clic suave detrás de Sebastián y de Valentina, Paris se quedó en medio del pasillo con Leo en brazos, el oso gigante arrastrándose a sus pies y el rostro de una persona completamente inocente, y declaró en voz alta:

—Voy a limpiarle la cara al niño.

El bebé, que tenía la cara perfectamente limpia salvo por una mancha de plátano en la ceja, la miró con las cejas levantadas.

—Y después voy a cambiarle la camiseta.

—Ba.

—Que es lo que corresponde hacer a una niñera responsable.

—Ba, ba.

—Y para eso necesito estar cerca de este pasillo, que tiene mejor luz.

—Aja.

—No me mires así.

Leo no la miraba de ninguna manera en particular, pero parecía decidido a hacerlo con aire de reproche. Paris suspiró, se acomodó al bebé en la cadera y dio un par de pasos hacia atrás hasta quedar con la espalda apoyada contra la pared, justo al lado de la puerta del despacho, a unos sesenta centímetros de la madera.

Desde allí, por una de esas casualidades arquitectónicas que nadie había previsto, se escuchaba todo.

Bueno, casi todo.

—...sé que no es el momento —decía una voz femenina, suave, grave, un poco quebrada.

—Entonces ¿por qué viniste? —respondía la voz de Sebastián, cortante.

—Porque no tenía otro lugar.

—Tenías un hotel.

—Tenía un hotel, sí, pero...

—Y un entrenador personal con un chaleco.

—Brayan no cuenta.

—Brayan sostiene tus bebidas verdes.

—Brayan sostiene mi agenda.

—Es una agenda con muchos músculos.

—Sebastián, por favor.

Paris se tapó la boca con la mano libre. Leo, que la observaba con una atención desconcertante, se llevó él también la mano a la boca, con la solemnidad de un cómplice, y los dos se quedaron muy quietos, como dos conspiradores en una película de espías.

Pero entonces, desde dentro del despacho, la conversación se hundió en un murmullo bajo, un rumor ininteligible, de esos que se oyen a través de las paredes y que parecen hechos de puro cartón húmedo. Paris frunció el ceño, inclinó la cabeza, pegó un oído a la madera con la expresión de un médico que ausculta un pulmón, y descubrió que no oía nada.

—Nada —susurró.

—Ba.

—No se oye nada.

—Ba, ba.

—Voy a acercarme un poco más.

Se acercó. Seguía sin oír nada, salvo algo que sonaba como "pffff" y otra cosa que sonaba como "mmmbrr". Probó con el otro oído. Probó con ambos. Probó a ladear la cabeza hasta un ángulo anatómicamente sospechoso, con lo cual consiguió que Leo, que seguía en su cadera, se inclinara también hacia el mismo lado y quedara con la cabeza en horizontal, mirando el techo con una expresión de total serenidad.

—No hagas eso —le dijo, enderezándolo.

—Ajajá.

—No tiene gracia.

—¡Ajajá!

—Shhh.

El bebé, ofendido por la orden, se llevó los puños a la boca y emitió un sonido gutural, profundo, que Paris reconoció con espanto como el preludio de un estornudo. Le tapó la nariz con la mano, él le mordió el dedo, ella ahogó un grito, y justo en ese momento, desde la sala, con una oportunidad que merecía un aplauso, resonó una voz cálida y perfectamente modulada.

—Bonjour, madame.

—¡Jean-Pierre! —susurró Paris, con un horror silencioso.

—Madame désire-t-elle...

—¡Madame desea que te calles!

—Je ne comprends pas.

—¡Yo tampoco, pero cállate!

El inodoro, aparentemente ofendido, emitió un pitido corto y se apagó con un suspiro electrónico. Paris esperó diez segundos con la respiración contenida, pero del despacho no salió ninguna reacción. Aliviada, se llevó una mano al pecho, se separó de la pared y miró a su alrededor, buscando una solución.

Y la encontró en el suelo.

Allí, sentado sobre la alfombra con las piernas abiertas y el cinturón de seguridad todavía abrochado, estaba el oso gigante, con la cabeza ligeramente ladeada y los ojos de plástico fijos en la puerta del despacho, en una actitud tan perfecta de atención que parecía haber nacido para espiar.

—Tú —murmuró ella.

El oso no se movió.

—Tú eres grande y callado. Tú no haces ruido. Tú puedes pegar la oreja.

El oso, por razones evidentes, no respondió, pero Leo estiró una mano hacia él y soltó un balbuceo de entusiasmo.

—¡Ba!

—Eso es. Ba.

Con una determinación casi científica, Paris sentó a Leo sobre la alfombra, tomó al oso por las axilas, lo arrastró hasta la puerta y le acomodó la oreja izquierda contra la madera, con el cuidado de una enfermera que prepara a un paciente. Luego se agachó a su lado, pegó su propia oreja a la espalda del peluche, y descubrió con una satisfacción infantil que el relleno amplificaba el sonido de una forma asombrosa.

—Genial —susurró—. Es un amplificador.

—¡Ba!

—Un amplificador con cinturón.

—¡Ba, ba!

—Y ahora a callar los dos.

Se acomodaron en el suelo, ella a un lado, el bebé al otro, con el oso enorme en medio, pegados a la puerta como tres espectadores de una obra de teatro. Leo, imitando a Paris, apoyó la cabeza sobre el costado del peluche, abrió la boca y dejó escapar un hilo de baba, y los dos permanecieron inmóviles, con los ojos entornados, esperando.




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