El Susurro de las Montañas

## Registro XXIII: El peso de la explicación

# El Susurro de las Montañas

## — Registro XXIII: El peso de la explicación

---

### I — El campamento: El peso de la presencia

El helicóptero se había ido hace una hora, pero el rumor de sus aspas seguía vibrando en el aire del campamento como un fantasma mecánico. Los soldados de Viktor no podían dejar de mirar al cielo, como si esperaran que regresara. O como si temieran que lo hiciera.

Zara caminaba entre ellos con paso firme, pero por dentro temblaba.

No era el miedo al combate. Eso lo conocía, lo manejaba, lo convertía en fuelle para seguir adelante. Era otra cosa. Era la forma en que los soldados la miraban ahora. No como a una compañera. Como a una extraña. Alguien que había vuelto del otro lado de las montañas con historias imposibles y aliados que no parecían humanos.

—Zara —dijo una voz a su espalda.

Se volvió. Era Rocco, con el brazo izquierdo en cabestrillo y un vendaje manchado de sangre en la frente. Su rostro, normalmente impasible, estaba surcado por una expresión que Zara no había visto nunca.

Desconfianza.

—Rocco —respondió, deteniéndose. —Deberías estar en el hospital de campaña.

—Ya he estado. Me han curado. Esos... —Hizo una pausa, buscando la palabra. —Esos seres. Los de verde. Me han curado en diez minutos lo que a nuestros médicos les habría llevado horas.

—Son Bárbarois.

—Bárbarois. —Rocco repitió la palabra como si la estuviera probando, buscando veneno. — ¿Y qué son exactamente? ¿Humanos? ¿Mutantes? ¿Ángeles?

—No lo sé. No del todo. Pero son aliados.

— ¿Aliados? —Rocco soltó una risa seca, sin alegría. —Llevan meses espiándonos, Zara. Aparecen de la nada con tecnología que no habíamos visto nunca. Tienen helicópteros. Tienen hospitales de campaña que se despliegan solos. Tienen médicos que curan heridas en minutos. Y nosotros no sabíamos nada de ellos. Nada.

—Lo sé.

— ¿Y tú confías en ellos?

Zara lo miró largamente. Pensó en Valeria, en cómo había intervenido en la avalancha para salvarlas. En Ilari, en cómo había votado a favor de intervenir a pesar de las dudas de su propia gente. En Sera, en cómo había cuidado de Cassandra con una delicadeza que no esperaba de un ser sobrenatural.

—Sí —dijo. —Confío.

Rocco negó con la cabeza, pero no dijo nada más. Se alejó cojeando, con los hombros hundidos y la desconfianza grabada en cada paso.

Zara se quedó sola en medio del campamento, rodeada de soldados que la miraban como si fuera una desconocida.

Y entonces vio a Viktor.

El comandante estaba en la entrada de su tienda, con los brazos cruzados y el rostro impasible. Llevaba el uniforme manchado de sangre y polvo, pero su mirada era la misma de siempre: cansada, pero firme.

—Zara —dijo. —Ven. Tenemos que hablar.

Zara asintió y lo siguió al interior de la tienda.

### II — La tienda de mando: El peso de las preguntas

La tienda de Viktor era un caos ordenado: mapas sobre la mesa, tazas vacías apiladas en una esquina, un rifle desmontado sobre una manta. Olía a sudor, a pólvora, a agotamiento.

Viktor se sentó detrás de la mesa y señaló la silla frente a él. Zara obedeció.

—Cuéntamelo todo —dijo Viktor. —Desde el principio. Sin saltarte nada.

Zara respiró hondo. Había ensayado este momento durante todo el viaje de regreso, pero ahora que estaba aquí, las palabras se le atragantaban.

—Subimos a las montañas —comenzó. —Cassandra y yo. Seguimos las marcas que los Bárbarois habían dejado. Llegamos a una zona inestable. Hubo una avalancha. Una de ellas... Valeria... nos salvó.

— ¿Valeria?

—La mujer alta, de ojos amarillos. La que trajo el mensaje. Es una de ellas. Una Bárbaroi.

Viktor asintió, como si ya lo hubiera deducido. —Sigue.

—Nos llevó a su base. Está bajo la montaña. Es enorme. Tienen tecnología que no habíamos visto nunca. Luces que flotan en el aire. Mapas holográficos. Vehículos que vuelan.

—Helicópteros.

—Sí. Pero no como los que conocíamos. Son más rápidos. Más silenciosos. Más... avanzados.

Viktor se frotó la cara con las manos. Zara notó que le temblaban ligeramente.

— ¿Y Cassandra? —preguntó. — ¿Qué le pasó?

Zara sintió que la garganta se le cerraba. Esta era la parte difícil.

—Hay un portal en la base. Conecta con el mundo de los Bárbarois. Con su mundo original. Cassandra... se acercó. La llamaba. Dijo que sentía algo. Y entonces... —Hizo una pausa. —Entonces contactó con alguien del otro lado.

— ¿Quién?

—Su padre.

Viktor frunció el ceño. —Su padre murió hace años. En el Colapso.

—No ese padre. Otro. Un ángel, Viktor. O algo parecido. Le dijo que la quería. Que la había estado esperando. Que tenía que salvar a los que pudiera.

— ¿Salvar? —Viktor se inclinó hacia adelante, con los ojos muy abiertos. — ¿Salvar de qué?

—De nosotros mismos, supongo. Del páramo. De las guerras. De todo esto.

Viktor se quedó en silencio un largo rato. Zara podía ver cómo procesaba la información, cómo intentaba encajar las piezas de un rompecabezas que no entendía del todo.

— ¿Y los ojos? —preguntó finalmente. —Rocco dijo que los soldados de verde hablaban de sus ojos. Que ya no son marrones.

—Son dorados. Como los de ellos. Desde que contactó con el portal, le están cambiando cosas. Los médicos Bárbarois no saben explicarlo del todo. Dicen que es única. Que no hay precedentes.

— ¿Está enferma?

—Está... transformándose. No sé cómo explicarlo. No es doloroso, pero la está afectando. Mareos, voces, hipersensibilidad. Por eso no pudo venir. Por eso mandaron a Valeria con el mensaje. Y por eso estoy yo aquí.

Viktor se puso de pie. Comenzó a caminar de un lado a otro de la tienda, con las manos en las caderas y la mandíbula apretada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.