# El Susurro de las Montañas
## — Registro XXIV: El peso de la mesa
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### I — El campamento: El peso del olor
El olor llegó antes que el humo.
No era el olor de la pólvora, ni el de la sangre seca, ni el del sudor acumulado en las vendas. Era otro olor. Más suave. Más... vivo.
Zara lo olió mientras caminaba hacia el perímetro del campamento, donde los Bárbarois habían desplegado sus módulos. Al principio no lo reconoció. Llevaba tanto tiempo oliendo solo miseria que su nariz había olvidado cómo distinguir otra cosa.
Luego, lo entendió.
Comida.
No las raciones de emergencia que llevaban años comiendo, duras como piedras y con sabor a cartón mojado. No las latas oxidadas que encontraban en las ruinas, cuyo contenido era siempre una apuesta entre la supervivencia y el envenenamiento.
Comida de verdad. Caliente. Húmeda. Con olor a hierbas y especias y algo que Zara no podía nombrar pero que le hizo cosquillas en el estómago.
— ¿Qué es eso? —preguntó Rocco a su lado, con la voz ronca. También él lo había olido. También él se había detenido en seco.
—No lo sé —respondió Zara. —Pero vamos a averiguarlo.
Caminaron hacia el origen del olor. Era una carpa grande, de un verde oliva idéntico al de los uniformes Bárbarois, montada con una precisión quirúrgica. Las lonas estaban tensas, las costuras alineadas, las estacas clavadas en ángulos perfectos.
Y dentro, cocinas.
No las cocinas de campaña que Zara había visto en los pocos libros que sobrevivieron al Colapso: fogones portátiles, ollas de metal, raciones deshidratadas. Estas eran diferentes. Había fuego, sí, pero controlado, contenido en dispositivos que no parecían quemar combustible. Había ollas grandes, humeantes, de las que salía ese olor que le hacía la boca agua. Había mesas cubiertas con alimentos frescos: verduras de un verde intenso que Zara no había visto nunca, granos de colores que no sabía nombrar, trozos de carne que parecían recién cortados.
Y había Bárbarois.
Hombres y mujeres de uniforme verde oliva, con los brazos enfundados en mangas arremangadas y delantales blancos atados a la cintura, se movían entre las mesas y los fogones con la misma eficiencia que habían mostrado en el campo de batalla. No hablaban. No se miraban. Simplemente... trabajaban. Cortando, removiendo, sazonando, sirviendo.
—Dioses —murmuró Rocco.
Zara no respondió. No podía. La garganta se le había cerrado.
Un niño apareció de entre las tiendas. Debía tener unos siete u ocho años, aunque en el páramo era difícil saberlo. La ropa le colgaba de un cuerpo demasiado delgado, y sus ojos, demasiado grandes para su cara, miraban fijamente la carpa de los Bárbarois como si fuera una aparición.
— ¿Qué es eso? —preguntó, con una voz que apenas era un susurro.
Zara se arrodilló frente a él. Conocía al niño. Se llamaba Tomek. Había nacido en el campamento tres años después del Colapso, hijo de una soldado que murió en una incursión. Nunca había conocido otro mundo que no fuera el páramo.
—Es comida, Tomek —dijo Zara, con una suavidad que no sabía que tenía. —Comida de verdad.
El niño la miró con sus ojos grandes. — ¿Como la de los cuentos?
Zara sintió que algo se rompía dentro de ella. —Sí. Como la de los cuentos.
Una mujer Bárbaroi se acercó a ellos. Era joven, de cabello oscuro recogido en un moño severo, y llevaba un delantal blanco manchado de lo que parecía salsa. En sus manos sostenía un cuenco humeante.
— ¿Quieres probar? —preguntó, dirigiéndose al niño. Su voz era suave, pero Zara notó que no sonreía. Los Bárbarois no sonreían. No del todo.
Tomek la miró con desconfianza. Luego miró el cuenco. Luego miró a Zara.
—Es seguro —dijo Zara. —Puedes probar.
El niño tomó el cuenco con manos temblorosas. Dentro había algo que Zara no reconoció: una especie de papilla espesa, de un color dorado, que desprendía un olor a miel y canela. Tomek levantó la cuchara —una cuchara de verdad, de metal brillante, no las de plástico agrietado que usaban en el campamento— y la llevó a la boca.
Sus ojos se abrieron como platos.
—Está bueno —dijo, con la boca llena.
Zara sonrió. Tenía los ojos llorosos, pero no le importó.
La mujer Bárbaroi observaba al niño con una intensidad que Zara encontró inquietante. No era curiosidad. No era ternura. Era algo más... clínico. Como si estuviera estudiando su reacción. Como si estuviera tomando notas mentales.
Zara apartó la mirada. No quería pensar en eso. No ahora.
—Hay para todos —dijo la mujer Bárbaroi, alzando la voz para que la oyeran los soldados que se acercaban, atraídos por el olor. —Pasen. Coman. Hay suficiente.
Los humanos dudaron al principio. Algunos miraban los cuencos con desconfianza, como si esperaran que estuvieran envenenados. Otros observaban a los Bárbarois con recelo, buscando algún signo de engaño en sus rostros impasibles.
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distopias, postapocaliptica, ficción psicológica/introspectiva
Editado: 01.08.2026