# El Susurro de las Montañas
## — Registro XXV: El peso de los rumores
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### I — El páramo: El peso de las palabras
Los rumores viajan más rápido que las balas en el páramo.
No necesitan helicópteros ni drones. No necesitan radios ni mensajeros. Viajan en susurros entre las tiendas de campaña, en miradas furtivas entre los mercaderes, en el miedo que se filtra como agua entre las grietas de las facciones.
Primero fueron los helicópteros.
No eran los artefactos oxidados que algunos veteranos recordaban del mundo viejo. Eran máquinas nuevas, relucientes, pintadas de un verde oliva que ningún humano había visto antes. Volaban bajo, casi rozando los techos de las ruinas, y sus aspas cortaban el aire con un zumbido que helaba la sangre.
Alguien los vio sobrevolar el desfiladero. Alguien más vio las llamas que escupían, los cuerpos que caían, la masacre de doscientos soldados de la facción del este en menos de una hora.
—Son ángeles —dijeron unos, con los ojos brillantes de esperanza. —Han venido a salvarnos.
—Son demonios —dijeron otros, con las manos temblorosas alrededor de sus armas. —Han venido a llevarse a los que quedamos.
Nadie sabía la verdad. Pero todos hablaban.
Luego fueron las cocinas.
Un mercader del paso sur llegó al campamento de la facción oeste con los ojos desorbitados y las manos vacías. No había traído mercancía. Había traído una historia.
—Están en el campamento de Viktor —dijo, mientras los soldados lo rodeaban con expresiones de escepticismo y curiosidad. —Los ángeles. O demonios. Lo que sean. Están allí. Cocinan para ellos. Les dan de comer. Comida de verdad, caliente, como la de antes.
—Mientes —dijo uno de los soldados, escupiendo al suelo. —Nadie tiene comida de verdad. Ni siquiera Viktor.
—Juro por mi madre que es cierto. Lo vi con mis propios ojos. Tienen fogones que no echan humo. Tienen ollas que nunca se vacían. Tienen verduras, carne, especias. Cosas que no veíamos desde el Colapso.
El rumor se extendió como pólvora. En una semana, todas las facciones del valle habían oído hablar de los ángeles de ojos amarillos y sus cocinas milagrosas.
Algunos rieron. No podía ser verdad.
Otros lloraron. Porque si era verdad, significaba que había esperanza.
La mayoría simplemente esperó. Observó. Escuchó.
Y los rumores siguieron creciendo.
—Son altos —decían los que los habían visto. —Dos metros, al menos. Tienen los ojos amarillos, como los de los gatos. Brillan en la oscuridad.
—No hablan —decían otros. —No entre ellos. No con nosotros. Solo observan. Te miran y sientes que te están leyendo el alma.
—No sienten dolor —decían los más temerosos. —Vi a uno recibir un disparo en el hombro. No sangró. No gritó. Solo siguió caminando.
—No son humanos —susurraban los ancianos, los que recordaban las historias de antes. —Son ángeles caídos. O demonios ascendidos. O algo que no debería estar aquí.
Y luego, lo más aterrador: los helicópteros no eran lo único que tenían.
Alguien vio un vehículo terrestre, grande como una casa, salir de las montañas. No tenía ruedas. Flotaba sobre el suelo, silencioso, rápido, dejando tras de sí un rastro de luz azulada.
Alguien más vio luces en la ladera durante la noche. No fogatas. No bengalas. Eran luces frías, regulares, que parpadeaban en patrones que nadie podía descifrar.
—Tienen una base —susurraron los más audaces. —Bajo las montañas. Llevan siglos ahí. Observándonos. Esperando.
— ¿Esperando qué? —preguntaban los demás.
Nadie respondía.
Porque nadie lo sabía.
### II — La facción oeste: El peso de la decisión
El comandante de la facción oeste se llamaba Marius. Era un hombre de sesenta años, con el rostro surcado por cicatrices y los ojos de un azul pálido que habían visto demasiada muerte. Llevaba tres décadas luchando en el páramo, y creía que nada podía sorprenderle ya.
Los rumores sobre los ángeles de ojos amarillos le llegaron a través de tres fuentes distintas en una misma semana. Eso ya era extraño. El páramo no era generoso con la información. Cuando algo se sabía en tres sitios diferentes a la vez, era porque alguien quería que se supiera.
—Comandante —dijo su lugarteniente, una mujer llamada Sasha, entrando en la tienda sin golpear. —Hay noticias del campamento de Viktor.
Marius levantó la vista del mapa. —Dime.
—Los ángeles siguen allí. No se han ido. Están construyendo algo. Una especie de... puesto avanzado. Los soldados de Viktor ya no duermen en tiendas. Tienen estructuras nuevas, de un material que no reconocemos.
— ¿Y Viktor? ¿Qué dice Viktor?
—Nada. No ha salido del campamento desde que llegaron los helicópteros. Pero sus exploradores se han acercado a nuestros límites. Nos observan.
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distopias, postapocaliptica, ficción psicológica/introspectiva
Editado: 01.08.2026