El Susurro de las Montañas

## Registro XXXII: El peso del colapso

El Susurro de las Montañas

## Registro XXXII: El peso del colapso

I — El páramo: El peso de los rumores

Los rumores viajan más rápido que las balas en el páramo. No necesitan helicópteros ni drones. No necesitan radios ni mensajeros. Viajan en susurros entre las tiendas de campaña, en miradas furtivas entre los mercaderes, en el miedo que se filtra como agua entre las grietas de las facciones.

Esta vez, los rumores no eran sobre ángeles o demonios. Eran sobre un pueblo.

—Han construido casas —decían unos, con los ojos brillantes de envidia. —De madera y piedra. Con ventanas y techos que no gotean.

—Tienen comida —decían otros, con las manos temblorosas alrededor de sus armas. —Comida de verdad. Caliente. Todos los días.

—Hay música —susurraban los más jóvenes, los que habían nacido en el páramo y nunca habían oído una melodía que no fuera el silbido del viento entre las ruinas. —Los ángeles tocan para ellos. Valses. Marchas. Cosas hermosas.

—Y trabajo —decían los ancianos, los que recordaban el mundo viejo. —La gente construye, crea, aprende. No solo sobreviven. Viven.

Las facciones escuchaban. Y las facciones temblaban.

Porque si el campamento de Viktor se estaba convirtiendo en un pueblo, si había comida, música, trabajo y reconstrucción... entonces sus propias facciones eran prisiones. Y sus comandantes, carceleros.

La gente comenzó a desertar.

No en masa, al principio. Eran fugas individuales, silenciosas, de noche, con lo puesto y un puñado de raciones. Pero cada deserción debilitaba un poco más las jerarquías, erosionaba un poco más la autoridad de los comandantes, sembraba un poco más la duda en los que se quedaban.

— ¿Por qué nos quedamos aquí? —preguntaban los soldados en voz baja, cuando los oficiales no podían oírlos. —Allí hay comida. Allí hay esperanza.

—Porque nos matarán si nos vamos —respondían otros, con los ojos fijos en el suelo.

— ¿Y si nos vamos todos? ¿Qué van a hacer? ¿Matarnos a todos?

Nadie respondía. Porque nadie sabía la respuesta.

II — La facción norte: El peso de la desintegración

Helena sabía que estaba perdiendo el control. Lo había sabido desde que los rumores sobre los ángeles comenzaron a extenderse, pero ahora la certeza se había convertido en una garra apretada alrededor de su garganta.

Las deserciones aumentaban cada noche. Sus soldados, antes leales por miedo, ahora miraban hacia el sur, hacia el campamento de Viktor, con una expresión que ella no había visto nunca.

Esperanza.

—Comandante —dijo su lugarteniente, entrando en la tienda con el rostro pálido. —Han desertado otros quince. Se han llevado armas y provisiones.

— ¿Adónde han ido?

—Al campamento de Viktor. Como los demás.

Helena apretó los puños. La furia le ardía en el pecho como un fuego.

— ¿Cuántos nos quedan?

—Unos doscientos. Pero la moral está por los suelos. La gente no quiere luchar. Quiere... quiere irse.

— ¿A dónde?

—Al pueblo. Al lugar donde hay comida y música y...

— ¡Silencio! —Helena golpeó la mesa con el puño. Los papeles saltaron por el aire. —No hay ningún pueblo. Solo hay mentiras. Trucos de Viktor para debilitarnos.

—Comandante... he visto las imágenes de los drones. Hay casas. Hay gente trabajando. Hay...

— ¡He dicho silencio!

Su lugarteniente calló, pero su expresión no era de miedo. Era de lástima.

Helena lo vio. Y supo que había perdido.

—Vete —dijo, con una voz que apenas reconocía. —Déjame sola.

Su lugarteniente salió de la tienda. Helena se quedó mirando el mapa del valle, con los puntos rojos de las facciones parpadeando como estrellas moribundas.

*Se acaba*, pensó. *Todo se acaba.*

Y por primera vez en años, no supo qué hacer.

III — La facción oeste: El peso de la negociación

Marius era más pragmático que Helena.

Cuando los rumores sobre el pueblo comenzaron a extenderse, no intentó negarlos. No prohibió a sus soldados hablar de ellos. No amenazó con ejecutar a los que desertaban.

Envió más emisarios.

—Quiero saber qué está pasando realmente —dijo a sus negociadores. —Quiero saber si Viktor está construyendo algo. Quiero saber si los ángeles están ayudando. Quiero saber si nosotros podemos formar parte de eso.

— ¿Comandante? —sus negociadores lo miraron con sorpresa. — ¿Está sugiriendo que... nos unamos a ellos?

—Estoy sugiriendo que averigüemos qué ofrecen. Y si lo que ofrecen es mejor que lo que tenemos... entonces negociaremos.

— ¿Y si no quieren negociar?




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