El Susurro de las Montañas
— Registro XXXIV: El peso del descanso —
I — El ayuntamiento: El peso del agotamiento
La luz del atardecer se filtraba por las ventanas del ayuntamiento, un edificio de piedra gris que los Bárbarois habían ayudado a construir en menos de tres meses. Las paredes eran gruesas, los techos altos, y en el centro de la sala principal había una mesa larga de madera oscura, cubierta de mapas, informes y listas de suministros.
Viktor estaba sentado al frente, con la cabeza apoyada en una mano y los ojos fijos en un documento que no veía. Llevaba días sin dormir. Semanas, quizás. El cuello de su camisa estaba desabrochado, las mangas remangadas hasta los codos, y bajo sus ojos se acumulaban ojeras violáceas que parecían hematomas.
Cassandra lo observaba desde la puerta, con los brazos cruzados. Había estado en el pueblo apenas tres días, pero ya había visto suficiente. Viktor estaba agotado. No solo físicamente —aunque también— sino de esa manera profunda que precede al colapso.
—Viktor —dijo, entrando en la sala sin esperar invitación.
El comandante levantó la vista. Parpadeó, como si le costara enfocar.
—Cassandra. ¿Qué haces aquí? Deberías estar descansando. Llevas seis meses fuera, tu cuerpo necesita...
—Mi cuerpo está bien. El tuyo, no.
Viktor frunció el ceño. —No sé de qué hablas.
—Sí sabes. Llevas días sin dormir. Comes mal. Delegas poco. Intentas abarcar todo, y te estás desmoronando.
—Soy el comandante. Es mi trabajo.
—Tu trabajo es mantener a salvo a tu gente. Y no puedes hacerlo si tú no estás a salvo.
Viktor abrió la boca para responder, pero Cassandra levantó una mano.
—No voy a discutir contigo. Voy a hacerte una propuesta.
— ¿Qué clase de propuesta?
—Déjame absorber parte de tu trabajo. Reuniones con los emisarios, organización de suministros, supervisión de las nuevas construcciones. Lo que sea. Tú necesitas descansar.
Viktor la miró largamente. En sus ojos grises, Cassandra vio lucha. El orgullo contra la necesidad, la costumbre contra la evidencia.
—No puedo —dijo finalmente. —No es tu responsabilidad.
—Ya lo es. Desde que crucé la línea de exclusión, todo esto es mi responsabilidad. Tú me diste la brújula. Me dijiste que me ayudaría a encontrar el camino de vuelta. Pues ya he vuelto. Y ahora quiero ayudar.
Viktor guardó silencio un largo rato. Luego, con un suspiro que pareció salir de lo más profundo de sus huesos, se reclinó en la silla.
—Una semana —dijo. —Una semana de descanso. Luego vuelvo.
—Dos semanas.
—Una y media.
—Trato hecho.
Cassandra se acercó a la mesa y tomó los documentos que Viktor tenía delante. Los leyó rápidamente, con esa velocidad que había desarrollado durante su entrenamiento.
—El informe de suministros está atrasado —dijo. —Hablaré con los Bárbarois mañana por la mañana. Las reuniones con los emisarios de la facción oeste... las puedo atender yo. Y la supervisión de las nuevas viviendas...
—Eso es cosa de Rocco.
—Entonces Rocco se encargará.
Viktor asintió lentamente. Se puso de pie, tambaleándose ligeramente. Cassandra lo sujetó por el brazo.
—Vete a dormir —dijo. —Eso es una orden.
—Tú no das órdenes aquí.
—Hoy sí.
Viktor casi sonrió. Fue un gesto mínimo, apenas una curva en la comisura de los labios, pero Cassandra lo vio.
—Eres igual de testaruda que siempre —dijo.
—Lo aprendí de los mejores.
Viktor salió de la sala con paso vacilante, apoyándose en las paredes. Cassandra lo observó hasta que desapareció por el pasillo.
Luego, se sentó en la silla que él había ocupado y comenzó a trabajar.
II — La plaza: El peso del cuerpo
Zara estaba en la plaza central, supervisando la instalación de los nuevos faroles. Los Bárbarois los habían diseñado, pero los humanos los estaban colocando, uno a uno, alrededor de la fuente inacabada.
El sol caía a plomo, y el sudor resbalaba por su frente. Llevaba días sin dormir bien, organizando la llegada de los nuevos pobladores, resolviendo conflictos, asegurándose de que todos tuvieran un lugar donde dormir y algo que comer.
Su cuerpo le pedía descanso. Su mente le decía que siguiera.
—Zara —dijo Valeria, apareciendo a su lado. —Necesitas sentarte.
—Estoy bien.
—No lo estás. Tus manos tiemblan.
Zara miró sus manos. Valeria tenía razón. Temblaban ligeramente, como hojas de otoño.
—Es el cansancio —admitió. —Pero no puedo parar. Hay demasiado que hacer.
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distopias, postapocaliptica, ficción psicológica/introspectiva
Editado: 03.10.2026