Pese a que el agua bajo sus pies estaba muy sucia, siguió corriendo. El viento a contracorriente no era suficientemente fuerte para disminuir demasiado su velocidad, y los lobos que aparecían de vez en cuando alrededor buscando presas no eran suficientemente intimidantes para su no tan grande persona. Llegó al otro lado cubierto de una capa de sudor, algo no muy normal en él, pero no le importó. Al fin y al cabo, llevaba mucho rato escapando, y todavía le quedaba un largo camino hasta asegurarse de que estaba a salvo.
Miró atrás. Silencio, roto por el sonido de la cascada. Los altos árboles tapaban el sol, por lo que aunque fuese de día, casi no se podía ver nada. Le estuvo a punto de dar un escalofrío, pero no podía arriesgarse a distraerse, así que siguió avanzando a toda velocidad. Notaba cómo se le clavaban las pequeñas piedras de la tierra en las plantas de los pies, pues iba descalzo. Tenía ampollas reventadas por todos lados, pero estaba acostumbrado; prácticamente había vivido toda su vida con ellas.
Al cabo de un rato, cuando el corazón parecía estar a punto de salírsele del pecho y no podía controlar más su respiración, se apoyó con una mano en un árbol delgado, sin hojas, y con la otra en la rodilla. Jadeando, miró al cielo. Allí los árboles eran pequeños y estaban tan secos como en el que se había parado, y podía ver el cielo cubierto de nubes marrones. Al radiante y rojo sol le faltaba poco para meterse por completo, y aunque no tenía muy claro qué día era, sabía que esa noche no iba a estar la luna para iluminar el lugar.
Echó un último vistazo alrededor. Por la vegetación, debía de haberse alejado bastante. Mientras la examinaba, una cortina de humo negro le nubló la vista y cayó al suelo, inconsciente.
......
......
Se despertó con el estruendoso “canto” de los alabaches, pájaros grandes como rocas de un color negro azulado, que habitaban los escasos árboles de su jardín. Otro amanecer igual, otro día igual, seguiría la misma rutina de todos los días. Aunque su vida era muy repetitiva, no le daba importancia, tanto ella como su familia lo preferían así.
En resumen, una tostada seca para desayunar, la visita de la señora Breyda para sus clases particulares, sopa y pollo para comer, tardes cosiendo y tejiendo junto a su hermana y su madre junto a la ventana, y para cenar el pescado fresco que conseguía su padre todas las tardes, ya fuera en el lago o en el mercado.
Se quitó el camisón y se enfundó el mismo vestido de todos los días. Se trenzó el cabello cobrizo en forma de diadema y en el lazo colocó una rosa roja, a juego con la tela de su traje. El pequeño espejo le devolvía la imagen de una chica de piel tostada salpicada por algunas pecas en la nariz y las mejillas, de labios finos y rosados y unos ojos verdes que resaltaban por encima de todas sus facciones. Alzó el mentón con aire superior, y se dirigió al comedor. No era una casa muy grande ni muy bonita, pero para haberla improvisado en tan poco tiempo había aguantado bastante las tormentas de verano y las nevadas torrenciales de invierno.
Entró a la estancia casi a la vez que sus hermanos. Su padre ya llevaba un rato sentado en su sitio junto a la ventana, y sus hijos se colocaron en los suyos alrededor de la mesa de piedra redonda. La madre repartió el desayuno, y aquel perro al que nadie se había molestado de nombrar, tan sucio que ya era casi imposible distinguir su pelaje blanco, pasó por debajo de la mesa en busca de las migas que se les cayesen a sus dueños. Pero como todas las mañanas, Cindy, la hermana más pequeña, partía un trozo de su tostada para dárselo. Ella rondaría los seis años, y era una copia de su hermana mediana, aunque tenía la nariz grande de su padre, y no respingona como el resto de la familia. Era muy bajita, y crecía más lento de lo normal, pero esos eran meros detalles sin importancia de los que nadie se había percatado. Su madre luchaba todos los días contra su largo y grueso pelo rebelde para conseguir atarlo finalmente en una coleta, y cada poco tiempo tenía que cambiarla de vestido ya que se lo rasgaba continuamente. Era alegre y curiosa, y probablemente la que tenía el corazón más inocente y puro de toda la familia, pero ya se andaba con cuidado de no demostrar demasiado su generosidad y brillo: sus padres y sus hermanos estaban tan amargados que la tacharían de estúpida e inútil.
Pero también era la única persona que escuchaba a la hermana mayor Nalia, cuando estaba mal. Rondaba los veintiuno, junto con su hermano mellizo Mello, y era la apartada de la familia. Desde pequeña se había negado a usar vestido, y ella misma se hacía aquellas camisas deshilachadas y esos pantalones que poco a poco se veía obligada a cubrir de parches. Definitivamente, coser no era lo suyo. Pero tampoco la iba a enseñar más su madre, que se había pasado media vida juzgándola y criticándola, hasta que la dejó de hablar, igual que su padre y su hermana mediana, quienes la miraban con asco y la rechazaban. Era diferente, y no toleraban mucho esas cosas.
Él único que se mantenía al margen era Mello, creído y arrogante, al que solo le preocupaba su incesante mata de pelo rizado y cuya única diversión en la vida era dormir. Pero tenía dotes de actor, sabía mantener la compostura delante de sus padres, se los había ganado hace ya tiempo gracias a su labia, y era, sin duda, el mejor mentiroso que había pisado aquel continente alguna vez.
Por fin, la madre, Felaysa, se quitó el delantal y se sentó para comer su tostada, casi cuando los demás estaban terminando. Era regordeta y siempre llevaba el pelo recogido en un moño alto. No le pesaban los años, y aunque a veces era dulce, tenía mucho carácter y unas ideas muy marcadas de lo que era “ser correcto” en esta vida. Nunca levantaba la voz, pero no le hacía falta para que todos le prestaran atención.
El primero en levantarse y desaparecer para hacer quién sabe qué antes de comer, era el padre, Taiso. Su figura contrastaba con la de su mujer: alto, huesudo, calvo, y con una larga barba que le llegaba a la altura de los hombros. Era exigente y rudo, aunque no se conseguía hacer respetar tanto como la madre.
#1154 en Fantasía
#204 en Magia
relaciones familiares, fantasía magia bosque, trabajo en equipo forzado
Editado: 27.08.2026