El Tesoro De Cruz Y Barbarita

Historia Completa

En las afueras de Pedregal, cuando el pueblo todavía era pequeño y las calles de tierra se llenaban de polvo con cada carreta que pasaba, Vivian dos hermanos que todo el mundo conocía: Cruz Sánchez y Barbarita Sánchez.

Era la década de 1.950. Ambos habían llegado a la vejez sin casarse y sin tener hijos. Compartían una casa modesta pero bien construida cerca de la quebrada que bajaba del cerro Miracielo. Aunque la gente los recordaba como prósperos comerciantes habían tenido una pulpería y varios negocios de ganado, también los recordaba por otra razón mucho más fuerte: eran tremendamente tacaños.

En el argot del pueblo se les decía “pichirres”. Nunca regalaban ni un medio. Barbarita usaba gruesas cadenas de oro, zarcillos y anillos que solo se quitaba para dormir, pero jamás prestaba una sola prenda ni ayudaba a nadie en necesidad. Cruz, por su parte, escondía el dinero en latas y bajo las tablas del piso. Los dos vivían con miedo constante de que alguien les quitara lo que tanto les había costado juntar.

En una temporada particularmente lluviosa, la ley de la vida se cumplió. Primero murió Cruz, de un mal al pecho que se lo llevo en pocos días. Tres meses después lo siguió Barbarita. Los enterraron en el cementerio viejo del pueblo, en dos tumbas sencillas, porque ni siquiera en la muerte quisieron gastar de más.

Lo extraño fue lo que sucedió después. Cuando los pocos parientes lejanos y los vecinos entraron a la casa para ordenar las cosas, no encontraron casi nada de valor. Las famosas prendas de oro de Barbarita habían desaparecido. El dinero en efectivo, las joyas, hasta algunas monedas antiguas que Cruz coleccionaba… todo se había esfumado. La gente murmuro que los hermanos debían haber escondido su fortuna en algún lugar secreto antes de morir. Pero nadie sabía dónde.

Pasaron varios meses.

Una madrugada, cuando el cielo todavía estaba oscuro, la señora Carmen, una mujer humilde que vivía cerca de la quebrada, salió a comenzar sus labores. Cargaba un caldero para cocinar el maíz cuando de pronto se detuvo en seco. Sobre una piedra grande, al lado de una piedra de cují, había un hombre sentado.

Al principio pensó que era algún vecino madrugador. Pero cuando se acercó un poco más, el corazón se le detuvo. Era Cruz Sánchez. El mismo Cruz que había sido enterrado meses atrás. Tenía la misma cara delgada. La misma camisa arremangada y la mirada fija en ella.

-Carmen…dijo con voz ronca-. El dinero está enterrado aquí. Bajo esta tierra. Es para el que tenga valor.

Carmen no espero a escuchar más. Soltó el caldero y salió corriendo despavorida hasta la casa de su hermana Lucia. Llego temblando, pálida, casi sin poder hablar. Cuando por fin pudo contar lo que había visto, Lucia no le creyó del todo. Pensó que había sido un sueño o una alucinación producida por el cansancio.

Pero al día siguiente, a la misma hora, volvió a ocurrir.

Carmen estaba encendiendo el fuego para cocinar cuando levanto la vista y otra vez estaba el.

-No tengas miedo. Sácalo. Mi hermana y yo lo escondimos antes de morirnos. Esta debajo de esta piedra, junto a las raíces.

Carmen corrió otra vez. Y así fue día tras día. Cada madrugada el difunto aparecía y le repetía lo mismo. Los rumores empezaron a correr por el pueblo. Al principio la gente se reía. Después, cuando varias personas afirmaron haber visto a Carmen llegar pálida y temblando todas las mañanas, el asunto dejo de ser un chiste.

Entre los que más atención prestaron estaban Félix y Manuel, dos hombres conocidos en el pueblo por ser tramposos y aprovechados. Vivian de pequeños engaños, de comprar barato y vender caro, de cualquier negocio turbio que les dejara algo. Cuando escucharon que el mismo Cruz Sánchez estaba revelando donde estaba el dinero, la avaricia se les despertó como un animal dormido.

-Si la vieja Carmen lo está viendo de verdad-dijo Félix una noche-, entonces el enterramiento existe.

-Y si existe-respondió Manuel-, tiene dueño nuevo.

Durante días se dedicaron a seguir a Carmen a escondidas. La vieron detenerse frente al árbol de cují, hablar sola y después salir corriendo. Una tarde, aprovechando que ella no estaba, se acercaron al lugar. Era un sitio apartado, cerca de la quebrada que baja del cerro Miracielos. El árbol de cují era viejo y retorcido, y al pie había varias piedras grandes.

La noche que eligieron para actuar estaba especialmente oscura. No había luna. Cargaron un pico, una pala y una escardilla. Caminaron en silencio hasta el lugar. El único sonido era el del agua de la quebrada y el viento entre las ramas de los árboles.

Empezaron a cavar.

Al principio la tierra salía fácil. Después se puso más dura. Llevaban más de una hora cuando, de repente, el aire cambio. Un frio distinto se instaló alrededor.

Félix fue el primero en detenerse.

-Escuchaste eso?.

Manuel negó con la cabeza, pero sus ojos estaban muy abiertos.

Entonces se escucharon.

Gritos. Gritos largos, desgarradores, que parecían venir de todas partes y de ninguna. No eran gritos humanos. Eran algo más antiguos, más profundos. Los dos hombres se quedaron paralizados, con las herramientas todavía en las manos.

Después vino el otro sonido: el relinchar de caballos. Muchos caballos. Galopando fuerte, acercándose a toda velocidad entre la oscuridad. El suelo parecía vibrar. Félix y Manuel miraron hacia todos lados, pero no vieron ni un solo animal. Solo escuchaban el galope cada vez más cerca.



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En el texto hay: misterio, maldicion, terror

Editado: 19.10.2026

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