El Testamento de Deseo

Una reunión familiar

—Deseo.

Ese es mi nombre: Deseo, séptima hija de Abis. Vosotros, hijos míos, sois mi deseo.

Cuando nací, Padre organizó una reunión familiar para recibirme, si es que a aquello se le podía llamar familia.

El primero en mostrarse fue Padre. El abismo entero era su cuerpo, pero hablar con esa forma era incómodo, así que se hizo pequeño para mí.

El abismo es oscuro. Oscuro hasta más allá del infinito. Pero el abismo es diferente de la oscuridad; se parecen mucho, pero no son lo mismo.

Frente a mí, partículas de color púrpura —lo que después descubrí que era la propia energía de la creación— se juntaron y tomaron forma: un hombre de ropas negras, pelo negro, piel blanca y unos extraños ojos de un púrpura brillante.

Cuando me vio, me sonrió; la sonrisa más feliz y más dulce que he visto en toda mi existencia.

—Hola, hija. Eres ciertamente extraña.

—¿Lo soy?

Lo soy. Ciertamente lo soy, pero en aquel momento no lo sabía. ¡Qué lindo es ser joven!

Mi hermano mayor, el primogénito, llegó después. Él, a diferencia de Padre, no era tan diestro creando cosas, así que cuando llegó, las partículas de oscuridad se juntaron frente a nosotros y una figura apareció junto a Padre y a mí.

Usaba las mismas ropas que Padre, copiadas hasta el más mínimo detalle. Su piel era oscura como la ropa que llevaba. Sus facciones eran rectangulares; su rostro era idéntico al de Padre, salvo por el color.

La oscuridad es oscura, pero Padre solo viste de oscuridad; esa es la diferencia. Un descubrimiento que hice entonces y que me ha servido bien, así que os lo comparto.

—¿Otra hermana? ¡No tengo suficiente con Nada! Ahora una que brilla.

En aquel momento no pude evitar mirarme ante esas palabras; efectivamente, brillaba. Una luz dorada tenue y sagrada.

Lo siguiente que recuerdo fue una niebla blanca, tan blanca que desentonaba con la oscuridad.

Aquella niebla se acercó a nosotros y nos envolvió por los lados, agitándose a nuestro alrededor antes de que pudiera sentirla.

Una mano se puso sobre mi cabeza. Al levantar la mirada, había una mujer ahí. No llevaba ropas; en su lugar, su cuerpo estaba envuelto por una niebla blanca que imitaba un vestido.

El pelo de la mujer era niebla cambiante, largo y rizado. Sus ojos eran blancos y ciegos.

No habló. Pero yo podía sentir que estaba reprochándole a la Oscuridad sus palabras. También supe que estaba tratando de ser solidaria conmigo. Lo entendí a pesar de la falta de sonido.

Sus rasgos eran ovalados, a diferencia de Padre y Oscuridad, cuyos rasgos eran más cuadrados.

Tras ver a Nada, tuve mi primer deseo, uno pequeño y fácil de cumplir: ¿cómo me veo yo?

—Hermana, ¿cómo me veo?

Sentí que Nada me miró por un momento; no dijo nada. Solo me miró.

Fue Oscuridad quien, riendo, dijo:

—Nada es ciega, muda y sorda. Nos entiende, pero no le preguntes sobre su apariencia. Yo te diría, pero también soy ciego, así que será mejor que le preguntes a Padre.

Padre, que había estado mirando la interacción aparentemente sin intención de intervenir, me observó con atención antes de decir:

—Tú eres preciosa.

—Papá, eso no me dice nada. ¿Preciosa cómo?

—Bueno, tienes la piel dorada brillante, ojos amarillos y cabello blanco lacio. ¿Eso es mejor?

Solté mi primera sonrisa, satisfaciendo mi primer deseo.

—¡Sí!

Tras eso, llegó el cuarto de mis hermanos.

Llegó en la forma de un gran tapiz de hilos coloridos. Siempre estuvo ahí, pero en ese momento decidió dejarse ver. Los hilos eran siete: uno púrpura que salía de Padre, un blanco nebuloso de la espalda de Nada, otro oscuro de Oscuridad. Había otros tres, pero estaban muy lejos y no los pude ver.

También había uno dorado para mí. Los hilos de Destino me atrajeron en el momento de verlos, sobre todo el mío. Fue en ese momento cuando tuve mi segundo deseo: quería ese hilo.

Extendí la mano y tomé mi hilo. Destino se negó a dármelo, pero yo tiré con más fuerza, negándome a soltarlo. Tiré hasta que arranqué el hilo, hasta que pude tener mi destino en la mano.

Feliz por mi robo, me hice un círculo con el hilo alrededor de la cintura. Pero Destino no se tomó eso bien.

Vi cómo los otros tres hilos, esos que estaban demasiado lejos para verlos, se tensaron por un momento, y luego se movieron, pasaron por dentro de mi círculo, atándose a mi hilo.

No reaccioné a tiempo cuando lo vi acercarse.

Un momento después lo conocí a él, a vuestro padre, a Profanación.

Se lanzó contra mí como una bestia enloquecida mucho antes de que pudiera reaccionar.

La criatura era espantosa; era mucho más grande que yo, con incontables brazos y fauces; y su rostro, un rostro de tres caras cocidas y cubiertas de gusanos.

Él me atacó sin piedad: me arrancó un brazo, me desgarró las tripas con sus mordidas y derramó mi luz por todas partes, tratando de teñir el abismo con gotas de ella.

Pero fue entonces cuando tuve mi tercer deseo. Quería existir.

Así decidí luchar con todo lo que tenía contra aquella aberración; le arranqué uno de sus brazos y me lo pegué al muñón faltante. Con ese brazo prestado devolví mordida por mordida con un salvajismo igual al de esa aberración.

Derramé aquella sustancia negra y podrida por todo el abismo. Mis uñas, una vez romas, se afilaron para rasgar la carne de esa aberración.

Nuestra sangre se mezcló: la de él entraba en mi cuerpo por las heridas abiertas, y la mía se derramaba en su garganta. Él me profanó y yo le enseñé a desear.

Nuestra batalla duró y duró; ninguno quería ceder ni un poquito. Fue entonces cuando tuve mi cuarto deseo... Lo quería a él. A ese animal loco que me plantaba cara con la misma locura y el odio que yo le daba. Destruirlo, someterlo o simplemente comérmelo; lo que fuera, pero lo quería.

Esta es la lección más importante que os voy a contar, niños: jamás dejéis escapar aquello que deseáis.




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