En algunos pueblos existen historias que se cuentan para asustar a los niños, advertencias que los adultos repiten sin recordar quién las inventó y leyendas que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en parte de la vida de quienes las escuchan. La mayoría pierde fuerza con el tiempo. Otras en cambio, permanecen vivas incluso cuando ya nadie se atreve a hablar de ellas en voz alta.
En las afueras de un pequeño pueblo había una estación ferroviaria abandonada desde hacía décadas. Sus vías estaban cubiertas de hierba, las ventanas de la taquilla se habían roto hacía mucho tiempo y el techo del andén tenía agujeros por los que se filtraba la lluvia. El letrero con el nombre de la estación había perdido varias letras y el reloj, detenido a las tres y diecisiete, llevaba tantos años sin funcionar que nadie recordaba cuándo había marcado la hora por última vez.
La estación cerró después de una serie de desapariciones que nunca llegaron a resolverse. Eso decían los ancianos, al menos. Los registros oficiales hablaban de recortes, de una línea ferroviaria poco rentable y de la construcción de una nueva ruta que dejó aquel ramal sin utilidad. Sin embargo, quienes habían vivido allí durante aquellos años recordaban otra cosa. Recordaban las noches en las que el suelo temblaba bajo sus pies aunque no hubiera ningún tren circulando por la región y el silbido que se escuchaba a lo lejos cuando las calles estaban vacías.
Al principio todos pensaron que se trataba del viento.
Después comenzaron los rumores.
Se decía que algunas madrugadas, un tren antiguo aparecía en las vías de la estación sin que nadie lo hubiera visto llegar. No llevaba luces en la cabina, no tenía un conductor visible y sus vagones eran tan oscuros que resultaba imposible distinguir lo que había dentro. Se detenía frente al andén exactamente a las tres y diecisiete, abría sus puertas y permanecía allí durante unos minutos antes de marcharse hacia un destino que no figuraba en ningún mapa.
Nadie sabía de dónde venía. Nadie sabía adónde iba. Y aunque muchos aseguraban haberlo escuchado muy pocos admitían haberlo visto.
Uno de los relatos más antiguos hablaba de un guardia ferroviario que había trabajado en la estación poco antes de su cierre. Según su nieto, el hombre regresó una madrugada con el cabello completamente blanco y se negó a volver a acercarse a las vías. Durante el resto de su vida no quiso hablar de lo que había presenciado pero cuando estaba enfermo y creía que nadie lo escuchaba, repetía una frase entre dientes.
—No todos los que suben están vivos.
Su familia siempre atribuyó aquellas palabras a la fiebre y a los recuerdos confusos de un hombre anciano. Sin embargo el nieto juraba que la noche en que su abuelo murió, un silbido atravesó el pueblo y las ventanas de la casa vibraron como si un tren acabara de pasar frente a ellas.
También se hablaba de una mujer que había llegado a la estación con su hija unos diez años antes de que cerrara definitivamente. Algunos recordaban que llevaba un abrigo oscuro y una maleta pequeña; otros aseguraban que la niña sostenía una muñeca de trapo y no soltaba la mano de su madre. Habían llegado al anochecer preguntando por un tren que según los horarios de aquella época, no debía detenerse allí.
Un empleado les explicó que tendrían que esperar hasta la mañana siguiente. La mujer insistió en que el tren llegaría aquella misma noche.
Y llegó.
El empleado aseguró haber escuchado el silbido desde su oficina. Cuando salió al andén, vio las puertas abiertas y a la mujer subiendo con su hija. No le pareció extraño en aquel momento. Lo extraño fue que cuando el tren se marchó y él regresó a la sala para terminar su turno descubrió que la maleta de la mujer seguía junto al banco donde la había dejado.
A la mañana siguiente, la familia de la mujer acudió a la estación para preguntar por ellas.
Nadie volvió a verlas.
La policía buscó a ambas durante semanas. Interrogó a los trabajadores, revisó los caminos cercanos y examinó las vías hasta el siguiente pueblo, pero no encontró ningún rastro. El empleado que había visto subir a la mujer cambió su declaración varias veces y terminó abandonando su trabajo. Años después cuando alguien le preguntaba qué había ocurrido aquella noche, respondía que no había visto a ninguna mujer ni a ninguna niña.
Pero nunca explicaba por qué se persignaba cada vez que escuchaba un tren.
Con el tiempo surgieron otras historias. Un hombre que esperaba a su esposa fallecida había jurado verla sentada junto a una ventana de uno de los vagones. Un campesino aseguraba haber escuchado voces procedentes de la estación mientras cruzaba los campos durante la madrugada. Una anciana afirmaba que su hermano, desaparecido cuando apenas tenía diecisiete años, había regresado a buscarla en sueños, vestido con el mismo uniforme que llevaba el día en que salió de casa y nunca volvió.
Todos coincidían en un detalle: el tren siempre aparecía a las tres y diecisiete.
Algunos decían que aquella era la hora en que se había producido el primer accidente de la línea. Otros aseguraban que el reloj de la estación se había detenido en ese momento porque alguien había muerto allí. Nadie pudo demostrar ninguna de las dos versiones, y cada intento de investigar el origen de la leyenda terminaba en documentos incompletos, testimonios contradictorios y archivos que parecían haber desaparecido de manera inexplicable.
Cuando finalmente cerraron la estación colocaron una valla metálica en la entrada y prohibieron el acceso a las vías. La vegetación cubrió los rieles, las paredes se llenaron de humedad y el edificio comenzó a desmoronarse lentamente. Con los años los niños dejaron de jugar cerca del lugar y los adultos aprendieron a tomar otro camino cuando tenían que regresar a casa después del anochecer.
Aun así la leyenda nunca desapareció.
En las noches más silenciosas, algunos habitantes afirmaban escuchar el sonido de unas ruedas metálicas deslizándose sobre los rieles. Otros aseguraban haber visto luces débiles moviéndose entre la niebla aunque la estación llevaba años desconectada de la red eléctrica. Los más viejos cerraban las ventanas cuando el reloj de sus casas se acercaba a las tres y diecisiete, y jamás permitían que sus hijos pronunciaran el nombre de la estación después de medianoche.