El trono del ultimo demonio

Capítulo 2: Un héroe bastante confundido

Durante unos segundos que se estiraron como cuerdas a punto de romperse, nadie se movió.

Las cuatro generales y los soldados que llenaban el salón permanecían rígidos, divididos entre el impulso de acero y el miedo a que un solo movimiento fuera fatal. El héroe estaba arrodillado a un paso de su reina. Si desenvainaban ahora, el filo podía alcanzarla a ella antes que a él. Ninguna había imaginado que alguien podría atravesar todas sus defensas y llegar al trono en un parpadeo. Ni siquiera Ragnha, capaz de oír el latido de un corazón al otro lado de un bosque, había logrado seguir su rastro. Y ahora aquel muchacho simplemente estaba allí, observando a Lili no como a un monstruo, sino como a algo que no lograba encajar en la historia que le habían contado.

Lili, por su parte, se encogía cada vez más sobre sí misma. Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave y sus manitas retorcían sin descanso los bordes de su túnica, buscando algo a qué aferrarse. No sabía qué hacer. No entendía por qué la miraba así. Solo sentía el peso de todas esas miradas sobre ella, esperando que dijera algo grande, algo digno de una reina… y ella no tenía ni idea de qué palabras usar.

Finalmente, el muchacho rompió el silencio, con una voz tan suave que casi no parecía destinada a llenar aquel salón de piedra.

—¿Cómo te llamas?

Lili levantó la mirada lentamente, apenas lo suficiente para verlo sin cruzar sus ojos directamente.

—L-Lili…

—¿Lili? —repitió él, saboreando el nombre como si comprobara que sonaba real—. Suena bonito. No suena a nada que dé miedo, la verdad.

Ella asintió con un movimiento casi imperceptible.

—Sí…

—¿Qué edad tienes?

La pregunta flotó y la hizo aún más pequeña.

—Diez…

El muchacho parpadeó.

—¿Diez años?

—Sí… —susurró ella, bajando la mirada.

Él la recorrió con la vista: los hombros encogidos, las manos apretadas, la forma en que apenas se atrevía a respirar fuerte.

—¿Y esos cuernos son reales?

Lili se llevó instintivamente una mano a uno de ellos, pequeña y delicada.

—S-Sí…

—Vaya… —murmuró él, y no había burla en su tono, solo asombro—. Y esa cola que no para de moverse… ¿también?

—Sí… —repitió ella, asintiendo de nuevo.

Las cuatro generales intercambiaron miradas desconcertadas. Aquello no era lo que esperaban de un enviado del Imperio: ni desprecio, ni furia, ni amenazas. Solo curiosidad, limpia y directa, como quien descubre que el monstruo del armario es en realidad un gatito asustado.

—Entonces eres realmente la nueva Reina Demonio —dijo él, como confirmándolo para sí mismo.

Lili asintió otra vez, encogiéndose aún más.

—Sí…

El héroe entrelazó los dedos, se quedó pensativo un instante, y luego soltó otra pregunta que nadie esperaba.

—¿Y qué quieres hacer ahora que estás aquí?

Por primera vez, algo cambió en ella. El miedo no desapareció, pero se mezcló con algo más firme. Abrazó con más fuerza el pequeño peluche oscuro que llevaba entre los brazos, como si fuera el escudo que no tenía.

—Yo… quiero que todos puedan vivir tranquilos. Que arreglemos las casas rotas… que vuelva a haber pan en las mesas… que mi gente pueda levantarse otra vez. —Su voz se hizo más suave, casi un susurro—. Como quería papá.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire frío del salón. El muchacho permaneció completamente quieto. Miró a Lili, luego el trono inmenso y vacío que la hacía parecer aún más pequeña, y volvió a mirarla a ella. Durante largos segundos no dijo nada. Finalmente soltó un suspiro tan profundo que pareció salirle de los pies.

—Haaa… En serio… esto es una estupidez.

Ragnha tensó todos los músculos al instante, los dientes apretados.

—¿Qué pasa?

Él se pasó una mano por el cabello revuelto, con esa mezcla de fastidio y resignación que parecía su marca personal.

—Esto. Todo esto. Es una estupidez monumental.

—¿Qué dijiste? —dio un paso al frente, las garras asomando entre los dedos—. ¿Te estás burlando de lo que ella dijo?

—¿Qué? No —negó con la cabeza, y la sonrisa irónica se apagó por completo—. No me burlo de ella. Me burlo de quienes me enviaron. De la mentira tan grande que han montado.

La loba se detuvo, confundida. Él continuó, con una frustración tan clara que dolía oírla:

—Me preparé para cualquier cosa. Un monstruo con dos cabezas. Un tirano que disfruta viendo arder pueblos. Alguien que ríe cuando mata. Pero esto… —señaló suavemente a Lili—. Me mandan a terminar una guerra y resulta que la gran amenaza es una niña que quiere arreglar tejas y sembrar campos. Qué broma de mal gusto, ¿verdad? Tengo ganas de presentarme ante el Emperador y decirle en la cara qué clase de fábula le ha dado por vender.

Silvarena habló entonces, cautelosa, sin aflojar la empuñadura de su espada.

—Espera… si dices eso… ¿no eres acaso uno de ellos?

—Claro que lo soy —respondió él con total naturalidad, como si fuera lo más obvio del mundo—. Fui invocado igual que los otros cuatro. El ritual, las profecías, todo ese espectáculo. Vine aquí con una orden: llegar, encontrar al Rey Demonio, traer su cabeza y poner fin al conflicto antes de que se extienda. —Se encogió de hombros—. Y aquí estoy. He encontrado al Rey Demonio.

Lili parpadeó, abrazando su peluche con más fuerza.

—Conmigo… —murmuró.

—Exacto —dijo él, dejando caer los brazos a los costados—. Así que ahora tengo un problema. No puedo matarte. No puedo atacar. No tiene sentido. No soy asesino de niñas que lo único que quieren es que su gente coma.

Brunhilde lo miró con recelo, sin aflojar el agarre del martillo.

—¿Y se supone que debemos creerte así nada más?

—Sí, suena a cuento, lo entiendo —dijo él, y metió una mano en el bolsillo—. Así que les dejo algo mejor que palabras.

Al instante todo estalló de nuevo: Ragnha dio un paso adelante, Silvarna puso la mano en el pomo de su espada, Velzaria desplegó las alas y una chispa oscura brilló en sus ojos. Pero él no sacó un cuchillo. Sacó cuatro objetos pequeños, brillantes, que hicieron que el aire se quedara sin respiración.



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En el texto hay: fantasia, isekai, fantasia aventura

Editado: 04.10.2026

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