Silvarena permanecía sentada junto a la ventana, observando cómo la discusión cobraba vida frente a ella. La luz tenue de la tarde se filtraba entre las cortinas, dibujando sombras largas sobre las paredes de piedra.
Brunhilde sujetaba a Ragnha por la cintura con firmeza, haciendo fuerza para mantenerla en su sitio mientras la loba pataleaba levemente.
—¡Suéltame, Brunhilde! —gruñó Ragnha, retorciéndose—. ¡Voy a borrarle esa sonrisa de la cara!
—¡Cálmate ya! —respondió la enana, sin aflojar el agarre—. ¡Solo está diciendo lo que su naturaleza le dicta! No lo hace para molestarte.
—¡Pues que su naturaleza se calle! —Ragnha soltó un bufido, pero dejó de forcejear.
Velzaria, recostada con calma en el borde de la mesa, las observaba con una media sonrisa divertida.
—No entiendo por qué te alteras tanto. Solo digo que su fuerza es innegable.
—¡Acabamos de conocerlo! —replicó Ragnha, cruzándose de brazos en cuanto Brunhilde la soltó.
—Y ya sabemos que es más fuerte que nosotras cuatro juntas —señaló Velzaria con tranquilidad—. Eso no es algo que se vea todos los días.
—¡Y tampoco significa que tengas que empezar a planear una boda!
—No estoy planeando nada. Solo lo estoy considerando como posibilidad.
—¡Lo estás diciendo como si ya tuvieras el vestido elegido!
Brunhilde soltó una carcajada y se sentó en el borde de la cama, sacudiendo la cabeza.
Silvarena las miró una a una, y entonces su voz suave pero firme cortó el murmullo de la habitación.
—Quiero preguntarles algo. ¿Qué piensan realmente de ese héroe?
Las tres se detuvieron. La risa se apagó en el aire.
Ragnha fue la primera en responder, con la rapidez de quien tiene la respuesta lista desde antes.
—Que es un idiota. Un completo, absoluto y descomunal idiota. Demasiado joven, demasiado confiado, demasiado… relajado para alguien que debería estar preparado para matarnos.
—No estás equivocada en parte —admitió Brunhilde, entrelazando los dedos sobre sus rodillas—. Es imprudente. Habla demasiado. No parece tomar nada en serio.
—¿Ven? —Ragnha sonrió, satisfecha.
—Pero… —Brunhilde alzó la vista, y su expresión se volvió seria—. Hizo algo que nosotras no nos atrevimos a hacer.
La sonrisa de Ragnha se desvaneció.
—¿A qué te refieres?
—Puso la felicidad de Lili por encima de todo —dijo la enana lentamente—. Por encima del trono, por encima de la guerra, por encima de la misión que le encomendaron. Nosotras… nosotras siempre pensamos en ella, sí, pero también pensamos en el reino, en la ley, en lo que se supone que debemos hacer. Él vio a una niña asustada y decidió que no debía cargar con el mundo.
Un silencio suave llenó la habitación.
Velzaria se inclinó hacia adelante, sus alas plegadas en la espalda.
—Todas estuvimos de acuerdo cuando nuestro señor murió —dijo con voz baja—. Queríamos que Silvarena ocupara el trono. Era lo lógico. Ella lo conocía todo, sabía lo que él habría querido…
Silvarena apretó el borde de la ventana entre sus dedos.
—Pero los nobles se opusieron.
—No unos pocos —precisó Velzaria—. Representantes de casi todas las razas. Cada uno con una excusa distinta.
—«No tiene sangre real» —imitó Brunhilde, con amargura—. «El pueblo no la reconocerá». «Necesitamos a alguien de la familia».
—No necesitaban excusas —dijo Silvarena, y su voz se volvió fría como la piedra bajo sus pies—. Solo necesitaban a alguien que pudieran controlar.
Las otras tres la miraron.
—Lili es una niña —continuó ella, sin levantar la vista—. Diez años. Inexperta. Asustada de su propia sombra. Para ellos era perfecta. Podían decirle qué firmar, qué decir, qué decidir… y todo parecería decisión suya. Nadie cuestionaría a la pequeña reina.
—Nosotras lo sabíamos —dijo Ragnha con rabia contenida—. Pero no podíamos ir contra la ley.
—Exacto —asintió Velzaria—. La ley dice que ella es la heredera. Y no podíamos arrebatarle el trono sin parecer traidoras. Así que aceptamos. Y esperamos. Y vigilamos.
Nadie dijo nada durante unos instantes. Fuera, un pájaro cantaba en la torre más alta, ajeno a todo lo que se discutía allí.
Ragnha rompió el silencio.
—Entonces… ¿creen que aceptarán a ese tal Kael? ¿A un humano, encima?
—No lo sé —reconoció Silvarena—. Es demasiado pronto. Nadie lo conoce. No tiene linaje, ni historia, ni lealtades aquí.
—Pero tiene algo que nosotras no podemos ofrecer —señaló Velzaria—. No tiene pasado aquí. No tiene alianzas viejas ni enemigos antiguos. Y aparentemente no busca poder.
Silvarena se giró hacia Ragnha.
—Por eso necesito tu opinión. La de verdad.
—¿La mía? —la loba parpadeó.
—Tú eres la que mejor sabe cuándo alguien miente. Tu olfato, tu oído, esa capacidad tuya de notar lo que nadie más ve… —Silvarena se acercó un poco—. Cuando hablaba… ¿creíste que decía la verdad?
Ragnha se quedó callada. Cerró los ojos y volvió a aquel salón, reviviendo cada instante.
Su voz cuando preguntó el nombre de Lili.
La pereza sincera en su tono cuando dijo que no quería el trono.
La firmeza suave cuando dijo que no dejaría que ella cargara sola.
La vergüenza real cuando las vio en ropa interior.
Abrió los ojos lentamente.
—No mentía.
—¿En nada? —preguntó Brunhilde, inclinándose hacia ella.
—En nada —Ragnha negó con la cabeza—. Con los nobles siempre hay algo: la respiración se acelera, la voz cambia de tono, se mueven demasiado o demasiado poco. Con él… nada. Todo encajaba. Cada palabra, cada gesto, cada pausa.
—Entonces es sincero —concluyó Velzaria, sonriendo levemente.
—Eso no significa que confíe en él —refunfuñó Ragnha, cruzándose de brazos—. Podría estar ocultando algo más grande. Podría tener planes que no nos ha contado.
—Pero en lo que dijo sobre Lili… —insistió Silvarena—. ¿Estaba diciendo la verdad?
Ragnha dudó, luego asintió con pesadez.