El trono del ultimo demonio

Capítulo 4: Una lección de política

La mañana siguiente empezó exactamente como ninguno de los dos habría pedido.

Estaban sentados en el despacho de Silvarena. O mejor dicho: recibiendo el castigo que se merecían. Ella permanecía detrás de su escritorio, impecable, con una regla en la mano y un mapa enorme extendido sobre la mesa. Kael estaba en una silla; Lili, cómoda como nunca, sentada sobre sus piernas mientras él la sostenía por la cintura.

—Bien —dijo Silvarena, golpeando suavemente el mapa con la regla—. Como tienen tanta energía para escalar torres y despertar criaturas que podrían comérselos de un bocado, asumo que también la tendrán para estudiar.

Kael soltó un suspiro dramático.

—Esto es tortura.

—Es educación.

—Es tortura educativa. Y de las aburridas.

Lili soltó una risita contra su hombro.

—No te rías, cómplice —le susurró él, aunque sin rastro de enojo.

—Como futura reina —continuó Silvarena, imparable—, Lili debe conocer este reino. Y tú —la regla lo señaló—, mientras ella no esté lista, tú llevas el peso. Así que tú también aprendes.

Kael levantó la vista, con esa sonrisa medio pícara medio resignada.

—¿No puedo simplemente improvisar?

—No.

—¿Y si improviso muy bien?

—No.

—¿Y si—

¡Toc!

La regla le golpeó suavemente la cabeza.

—¡Auch! —se llevó las dos manos al golpe—. ¡Eso dolió!

—Entonces presta atención. Llevas diez minutos mirando el mapa al revés.

Kael parpadeó, miró el dibujo, lo giró despacio y murmuró:

—…Eso explica por qué todos los ríos iban hacia la montaña.

Lili rió más fuerte.

Silvarena suspiró.

—Otra vez. Estas son las fronteras actuales. Perdimos el norte y el oeste. Mucha gente ha tenido que huir hacia la ciudad central.

Kael frunció el ceño y empezó a murmurar:

—Fronteras… recursos… rutas cortadas… desplazamientos…

—¿Kael?

—Procesando información.

—¿Qué?

—Digo, pensando —corrigió él, pero ya era tarde.

¡Toc!

—¡AUCH! —se frotó la cabeza—. ¡Deja de pegarme!

—Deja de tratar a la gente como si fueran números en una lista.

—Está bien, está bien —suspiró, acomodando mejor a Lili—. Sigo. No hace falta ser agresiva.

Silvarena siguió explicando: territorios perdidos, caminos peligrosos, pueblos que ya no existían. Cuando terminó, dejó la regla sobre la mesa.

—¿De verdad vas a tomarte esto en serio?

Kael miró a Lili, que escuchaba tranquila, sin entenderlo todo pero sintiéndose segura entre sus brazos. La abrazó un poquito más fuerte.

—Si no me queda otra… Y honestamente, dormir bien es importante, pero no sirve de nada si la gente no tiene dónde hacerlo.

Silvarena asintió. Lo entendió todo en ese instante. No quería el trono. No buscaba poder. Solo sostenía el mundo hasta que ella pudiera hacerlo.

—Entonces sigamos —señaló el mapa—. Enviamos soldados para escoltar a los refugiados.

Kael negó con la cabeza.

—Soldados mantienen a raya al enemigo. No llenan estómagos.

—¿A qué te refieres?

—¿Tienen refugios? —contó con los dedos—. ¿Comida? ¿Medicinas? ¿Agua? ¿Alguien que cuide a los que llegan enfermos?

Silvarena dudó.

—Estamos trabajando en ello. La guerra nos obligó a priorizar la defensa.

Kael la miró, serio de repente.

—Ahí está el problema. Se preocuparon tanto por no perder que olvidaron para qué defendían todo esto.

Y sin previo aviso, lanzó un borrador que voló por la habitación y la golpeó suavemente en la frente.

Silencio absoluto.

—¿Acabas de lanzarme eso? —preguntó ella, tomándolo entre los dedos.

—Sí.

—¿A mí? ¿A la comandante del ejército?

—Sí —tragó saliva—. Pero fue por una causa justa. Y además, no dolió.

Lili se tapó la boca para no reírse demasiado.

—Un ejército no alimenta a nadie —continuó él—. Si la gente tiene hambre, frío y miedo, da igual cuántas banderas pongas. Se cae todo.

Lili levantó la cabecita.

—¿Entonces para qué sirve gobernar?

Kael la miró, y su voz se suavizó por completo.

—Para cuidar. Para que nadie tenga que dormir con el estómago vacío. Para que los niños no tengan que esconderse. Eso es lo que realmente defiende un reino.

Silvarena se quedó inmóvil. Nadie se lo había dicho así. Nadie lo había visto tan claro.

—Anoche lo estuve revisando todo —dijo Kael, volviendo al mapa—. Después de lo del grifo.

—¿Después de correr por los tejados para que no los convirtiera en cena? —arqueó una ceja ella.

—Sí.

—¿Cuándo dormiste?

—Detalles sin importancia.

Se inclinó sobre el mapa y señaló una zona verde y extensa.

—Aquí. Tierra fértil. Magia natural abundante. Todo debería crecer bien.

—¿Cómo sabes eso?

—Leí. Algunos sabemos hacer algo más que escalar torres —sonrió de lado.

Lili se inclinó fascinada.

—¿Podemos plantar comida ahí?

—Eso espero —le sonrió—. Y sé quién puede ayudarnos. Las Dríades.

Silvarena asintió con cautela.

—Son las mejores con la tierra. Pero desconfían de todos. No les gusta trabajar con extraños.

—¿Pero saben hacerlo?

—Mejor que nadie.

Kael se levantó de golpe, con Lili todavía en brazos.

—Perfecto. Vamos.

—¿Adónde? —preguntó ella, sorprendida.

—A ver qué semillas tenemos. Luego a convencerlas.

—Kael… la lección no ha terminado.

—La terminamos cuando volvamos —dijo caminando hacia la puerta—. Lo primero no es saberse el mapa de memoria. Lo primero es saber por dónde empezar a sembrar.

Lili asomó la cabeza por encima de su hombro y sonrió.

—Vamos, Sylva.

Silvarena los miró irse. La puerta se cerró suavemente. Y por primera vez en mucho tiempo, no tuvo ganas de corregirlos ni llamarlos. Solo miró el mapa y sonrió, muy bajito.

El recorrido por el castillo no tardó demasiado. Kael avanzaba por los largos pasillos tomado de la mano de Lili, con Silvarena unos pasos atrás. El castillo, imponente aún, respiraba el cansancio de la guerra: muros remendados, armaduras que ya no brillaban igual, habitaciones a medio reconstruir y, sobre todo, una escasez que se respiraba en cada rincón.



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En el texto hay: fantasia, isekai, fantasia aventura

Editado: 04.10.2026

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