Kael ya estaba seco. Eso no significaba que hubiera recuperado su dignidad. El cabello le seguía erizado como si hubiera dormido en un arbusto, tenía plumas atrapadas entre los mechones y una mancha de baba que se resistía a desaparecer de su mejilla. Brunhilde lo miraba a unos metros, mordiéndose los labios para no estallar en carcajadas.
—No te rías —murmuró él.
—No me río.
—Te ríes por dentro. Y fuerte.
—Muchísimo, sí.
Kael suspiró hondo.
—Traición pura.
Mientras tanto, Lili parecía haber olvidado el mundo entero. El Gran Grifo estaba echado sobre el césped, alas recogidas, con esa expresión de quien preferiría estar en cualquier otro lugar del planeta… y sin embargo no se movía. Lili estaba sentada en su lomo, acariciando sus plumas enormes.
—¡Más alto! —pidió ella.
El grifo giró la cabeza, la miró, y volvió a cerrar los ojos. No discutió.
Silvarena, en cambio, sí lo hizo.
—¡Lili, bájate de ahí!
—¡Pero no pasa nada!
—¡Es un grifo!
—¡Y es amigo de Kael!
Silvarena miró a la bestia. El grifo la miró de vuelta. Y volvió a cerrar los ojos.
—Eso no significa que puedas montarlo.
—Creo que no le molesta —se acomodó ella.
El grifo soltó un gruñido grave, casi un suspiro.
—¿Acabas de aceptar? —preguntó Silvarena, incrédula.
Brunhilde soltó una risa.
—Creo que simplemente se rindió.
—¡No deberíamos fomentar esto! —protestó la comandante.
Kael miró de reojo.
—Déjala.
—¡Tú no tienes derecho a opinar!
—Probablemente.
—¡Y todo esto es culpa tuya!
—También probablemente —se encogió de hombros—. Pero mírala.
Silvarena miró de nuevo. Lili reía, feliz, acariciando el plumaje oscuro y dorado. La comandante suspiró, venciendo.
—Cinco minutos. Después bajas.
—¡Sí!
Kael sonrió, tranquilo. A unos pasos, Vireltha los observaba. Ya no había hostilidad en su rostro. Seguía cautelosa, atenta, pero la tensión se había desvanecido casi por completo. Se acercó a él.
—Entonces… ¿qué es lo que planeas?
Kael pensó un instante.
—Antes de eso, quiero preguntarte algo. ¿Están todas aquí?
—¿Todas? —parpadeó ella.
—Las demás Dríades. Sé que hay más. No puedo verlas, pero… —se frotó el cuello—…las siento. Tantas miradas que ya me empieza a dar comezón.
Vireltha soltó una risa suave.
—Eso es raro. La mayoría ni siquiera nota que estamos cerca.
—En eso no miente —dijo Brunhilde desde atrás.
—Gracias por el apoyo —Kael la miró—. Me anima mucho.
Vireltha asintió.
—Entonces hablaré claro. ¿Quieres que luchemos contra el Imperio Humano?
Kael levantó la mano de inmediato.
—De eso nada. No pienso mandar a nadie a morir por una guerra que ya empezó sin nosotras.
—¿No? —la Dríade lo miró sorprendida.
—No. Lo que necesito es mucho más aburrido y mucho más importante. Comida.
Vireltha parpadeó.
—¿Comida?
—El reino se está quedando sin nada. La gente llega a la ciudad con las manos vacías y no tenemos qué darles. Encontré una zona fértil, con magia natural fuerte. Creo que podemos sembrar ahí. Quiero que ustedes nos ayuden a hacerla crecer.
—Si todas trabajamos juntas… —Vireltha miró hacia la espesura—…podríamos tener los primeros cultivos listos en cinco días.
—¿Cinco? —Kael abrió los ojos—. ¿De verdad?
—Sí.
—Perfecto. Eso es mejor de lo que soñaba.
Ella lo miró, confundida.
—¿Solo eso?
—¿Te parece poco?
—Me parece demasiado sencillo.
—La vida es sencilla —dijo él—. Son las guerras las que la complican. Y no quiero que se agoten por esto. No quiero que se destruyan ayudándonos. Necesito su ayuda, no su sacrificio.
Vireltha se quedó callada. Nadie le había hablado así. Nadie se había preocupado por si ellas descansaban, si comían, si estaban bien.
—Eres el primer humano que conozco que habla así —dijo bajito.
—¿Cómo?
—Como si realmente te importáramos.
Kael se quedó en silencio un instante. Vireltha continuó:
—Si fueras al Imperio, te darían títulos, tierras, riquezas. Serías un héroe. ¿Por qué haces todo esto entonces?
Kael no respondió de inmediato. Giró la cabeza. Allí estaba Lili, riendo sobre el lomo del grifo, con Silvarena sosteniéndola con cuidado para que no cayera. Lo miró unos segundos, y cuando volvió a mirar a Vireltha, su expresión había cambiado: ya no había bromas, ni ironía, ni disfraces. Solo algo suave, profundo, sincero.
—No lo hago por poder —dijo despacio—. No lo hago para ser un héroe. Y definitivamente no creo que vaya a salvar el mundo. —Sonrió apenas, mirando a la niña—. Si buscas la razón… solo tienes que mirar detrás de mí.
Vireltha siguió su mirada. Lili reía mientras el grifo, con infinita paciencia, inclinaba un poco la cabeza para que pudiera acariciarle el cuello.
—Ella es la única razón que necesito —terminó Kael, bajando la voz, como si le hablara más a sí mismo que a la Dríade—. Que crezca sin miedo. Que sepa lo que es comer sin contar los granos. Que pueda jugar, y reír, y sentirse segura. Eso es todo. No necesito más.
Vireltha lo miró a los ojos. Y por primera vez, sonrió de verdad.
—Entonces ayudaremos.
La charla se extendió un buen rato. Una vez confirmado que las Dríades colaborarían con los cultivos, Kael planteó algo que consideraba igual de vital: cómo se administraría y repartiría todo lo que se produjera. Se reunieron alrededor de una mesa improvisada en el claro. Vireltha frente a él; Silvarena y Brunhilde atentas a cada palabra.
Kael señaló las marcas que había hecho sobre el pergamino.
—La cosecha se dividirá en tres partes: una para la ciudad central, otra para las aldeas que aún pueden sostenerse, y una tercera que guardaremos como reserva.
—Tiene lógica —asintió Vireltha.
—Y hay algo más —Kael levantó la vista—. Los números, los lugares, todo lo que tenga que ver con producción y existencias llegará directamente a mí o a una de ustedes. Nadie más.