El trono del ultimo demonio

Capítulo 6: Una mañana bastante complicada

La mañana llegó al reino demoníaco mucho antes de que Kael tuviera la más mínima intención de recibirla. El sol apenas asomaba, tiñendo de oro las torres del castillo, y los primeros rayos se colaban en lo que ahora era su habitación: el antiguo dormitorio real, donde Lili había decidido instalarse a su lado sin pedir permiso. Convencerla de lo contrario habría sido más difícil que enfrentarse a un ejército entero.

En ese momento, ambos dormían profundamente. Kael ocupaba la mayor parte de la cama, extendido como si la hubiera reclamado por derecho de conquista, con un brazo colgando fuera de las sábanas y el cabello revuelto como un nudo imposible de deshacer. Lili dormía a su lado, abrazada a una almohada, y con un pie apoyado tranquilamente sobre su pecho. Él ni siquiera se había dado cuenta.

La noche anterior ella le había advertido:

—Kael… tienes que levantarte temprano. Las Dríades vendrán.

—Sí, sí… —había murmurado medio dormido.

—Prometido.

—Prometido…

Y se había vuelto a dormir. El problema era que Kael había permanecido despierto hasta horas imposibles: mapas, cantidades, rutas, cálculos de suministros… nadie logró sacarlo de la mesa. Y ahora estaba pagando el precio.

Silvarena entró en silencio. Miró a Lili, luego a Kael, y una vena se marcó ligeramente en su frente. Las Dríades llegarían pronto con la primera cosecha: trigo y frutas, lo primero que brotaba tras la devastación. Vireltha había dicho que si conseguían semillas de otras regiones, podrían multiplicarlas en cuestión de días. Era la oportunidad que tanto esperaban. Y allí estaba él, roncando como si el mundo no se estuviera desmoronando a su alrededor.

Decidió no despertar a Lili. La tomó con cuidado entre sus brazos, la llevó a la habitación contigua y la acomodó entre las mantas. La niña soltó un suspiro y siguió durmiendo.

—Duerme tranquila, pequeña —susurró Silvarena.

Regresó al dormitorio. Cerró la puerta. Miró a Kael.

—Kael.

Silencio absoluto.

—Kael.

Ni se movió. Ella cerró los ojos.

—Te di una oportunidad.

Alzó la mano.

¡PAM!

—¡AU! —Kael saltó de la cama de un golpe, llevándose ambas manos a la cabeza—. ¡¿QUÉ PASA?! ¿Estamos siendo invadidos? ¿Llegó el fin del mundo?

—No —respondió Silvarena con calma inquietante.

—¿Entonces por qué el ataque sorpresa?

—Porque estabas dormido.

—¡¿Eso es motivo de agresión?!

—Sí.

Kael la miró, indignado.

—En este reino no se respeta la autoridad. Ni la corona, ni nada.

—El respeto se gana —dijo ella cruzándose de brazos—. Y ahora mismo estás perdiéndolo por quedarte en la cama.

—Estoy cumpliendo una misión vital —se defendió él, señalando las sábanas—: descansar. La falta de sueño nubla el juicio. ¿O prefieres que tome decisiones importantes con la mente de alguien que ha dormido dos horas?

—Prefiero que te levantes —replicó ella—. Te quedaste despierto hasta la madrugada trabajando, lo sé. Pero eso no te da derecho a perderte la llegada de las Dríades.

—Puedes recibirlas tú —dijo, dejándose caer de nuevo sobre la almohada—. Tienes mejor presencia. Menos cabello de pájaro asustado.

—No —lo señaló con un dedo—. El trato fue tuyo. Tienen que verte a ti.

—Bueno, salí ayer… —murmuró él.

—Para comer.

—Eso cuenta como actividad social.

—Y volviste corriendo.

—Porque estaba ocupado.

—¿Haciendo qué? —ella entrecerró los ojos—. ¿Revisando documentos?

—Exacto —asintió con seriedad fingida—. Análisis de situación. Estrategia.

—¿Qué clase de estrategia?

Kael sonrió, medio dormido y medio burlón.

—La de cómo conseguir un harén de chicas de todas las razas del reino.

¡PAM!

—¡AU! —se agarró la cabeza—. ¡Otra vez! ¿Por qué?!

—Porque sabía que estabas tramando alguna tontería.

—¡Eso es discriminación!

—Es sentido común.

—Esto es abuso de poder.

—Soy la comandante. Tengo permiso.

—¡Y yo soy el Rey!

—Entonces compórtate como uno.

Kael se quedó callado. Miró la puerta. Miró la ventana. La luz ya era más clara.

—¿Ya llegaron? —preguntó, bajando la voz.

—Todavía no.

—Perfecto —suspiró aliviado y volvió a dejarse caer.

—¡No! —Silvarena abrió los ojos de par en par—. ¡Levántate ahora mismo!

—¡Ya voy, ya voy! —salió de la cama refunfuñando—. Qué impaciencia…

Se puso de pie, frotándose la cabeza, con el cabello aún más desordenado que antes.

—Algún día —murmuró mientras se vestía a toda prisa—, voy a lograr que me respeten de verdad. Ya lo verás.

—Cuando dejes de decir estupideces —respondió ella caminando hacia la puerta.

Kael se detuvo un instante, pensativo.

—Entonces probablemente tardará bastante.

Silvarena cerró los ojos. Respiró hondo. Contó hasta diez. Y decidió que, por el bien de su propia paciencia, no lo golpearía una tercera vez.

Unos minutos después, unas campanillas suaves anunciaron la llegada desde el camino del bosque. Kael levantó la mirada, todavía recuperándose de haber sido prácticamente arrastrado hasta la sala de recepción.

—¿Vienen?

—Sí —respondió Silvarena.

—Bien. Entonces me cambio —dijo, aliviado—. Esta ropa me queda como si fuera un saco de patatas.

—No.

Kael se quedó inmóvil.

—¿Cómo que no?

—Vas a recibirlas como Rey Demonio.

Bajó la mirada. Llevaba un traje de gala negro con bordados dorados que claramente pertenecía a alguien mucho más ancho y alto que él. Las mangas le cubrían las manos, los pantalones necesitaban un cinturón para no caerse, y la capa parecía diseñada para arrastrarse por sí sola. Y encima la corona: demasiado grande, se deslizaba hacia un lado cada pocos segundos. La acomodaba. Caía. La acomodaba. Volvía a caer.

—¿Es la única que hay?

—Es la única ceremonial que nos queda.

—Podrían haber mencionado que el anterior Rey era gigante.



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En el texto hay: fantasia, isekai, fantasia aventura

Editado: 25.10.2026

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