El camino los había llevado lejos, muy lejos de muros, de guardias, de voces que daban órdenes. Bajo un árbol inmenso, frente a un lago de aguas tan quietas que parecían de cristal, el mundo se detuvo. Sombras grandes y lentas se movían en las profundidades; criaturas que nadie temía, que simplemente estaban. El unicornio descansaba echado sobre la hierba, medio dormido. Y por un rato, no hubo guerras, ni coronas, ni fronteras. Solo ellos dos.
Lili sostenía su taza entre las manos, acariciaba el cuello del unicornio y miraba el agua.
—Tendremos que volver pronto —dijo Kael, bebiendo despacio.
—¿Por qué? —su voz sonó pequeña.
—Vireltha debe regresar al bosque. Y nosotras… antes de que Silvarena movilice al ejército entero para buscarnos.
Lili hizo una mueca.
—Nos va a regañar.
—Siempre nos regaña —asintió él—. A los dos.
—Y nosotros siempre la hacemos enojar —sonrió ella.
—Es un deporte oficial —dijo Kael con absoluta seriedad—. Deberían incluirlo en los juegos.
—¿Y qué premio ganaríamos? —se rió ella.
—Una medalla de supervivencia.
Lili soltó una carcajada, y el sonido se mezcló con el viento entre las hojas. Pero la risa se apagó despacio. El silencio volvió, suave y distinto.
Entonces ella dijo, bajito:
—Gracias, Kael.
Él la miró.
—¿Por meterme en problemas contigo?
Lili negó con la cabeza.
—Por ayudarme. A mí. Y a mi reino. —Sus dedos apretaron la taza—. Si no hubieras llegado… seguiríamos sufriendo. Sin comida. Con miedo. Nadie sabía qué hacer. Yo no sabía qué hacer.
Su voz cambió. Se volvió más firme, más solemne, la voz que habían enseñado a usar.
—Tú estás arreglando lo que se rompió. Y yo… yo debo estar a la altura. Tengo que ser como mi padre. Tengo que ser fuerte.
Kael levantó una mano y le tomó suavemente la barbilla.
—Lili… deja de hablar así.
—Pero soy la reina —susurró ella.
—Eres una niña.
—Mi padre era un gran rey. Todos esperan que yo sea igual.
—Tu padre era tu padre —dijo él con ternura pero con firmeza—. Y tú eres tú. No tienes que reemplazarlo. Nadie puede hacerlo. Y nadie debería pedírtelo.
—Pero si no soy fuerte… —sus ojos se llenaron de algo que llevaba mucho tiempo guardando—, ¿quién va a cuidar a todos?
Kael le tomó las manos entre las suyas.
—Yo.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Tú?
—Yo me encargo de las decisiones. De los soldados. De los nobles que solo piensan en sí mismos. Del hambre. De todo eso que pesa tanto —su voz fue suave y clara—. Tú no tienes que cargarlo. No ahora. No a tu edad.
—¿Y yo qué hago? —preguntó ella, con la voz temblorosa.
Kael sonrió, y había algo profundamente tierno en su mirada.
—Tú puedes ser Lili. La niña que corre. Que ríe. Que monta en unicornio aunque la regañen. Que se preocupa por los demás. Esa eres tú. No la reina que quieren ver. La niña que realmente eres.
—¿Y si quiero llorar? —preguntó casi sin voz.
—Llora.
—¿Y si tengo miedo?
—Dímelo. Yo te sostengo.
—¿Y si lo extraño? —la pregunta salió de golpe, como si se le escapara—. ¿Si lo extraño mucho?
Kael la atrajo despacio hacia sí.
—Entonces llora por él. Todo lo que necesites. Nadie te va a decir que seas fuerte. Nadie te va a decir que te calles. Nadie te va a pedir que sonrías cuando te duele.
Fue entonces cuando se rompió. Lili dejó la taza en la hierba, se levantó y lo abrazó con todas sus fuerzas, aferrándose a él como quien llega a tierra tras una tormenta larga. Y lloró. No fue un llanto quedo ni educado, no fue el que le enseñaron a mostrar en público. Fue el llanto de todo lo que había callado durante años.
Lloró por el padre que perdió.
Por la niñez que le quitaron.
Por las noches en que se despertaba asustada y no tenía a nadie a quien abrazar.
Por las veces que tragó las lágrimas y dijo «estoy bien».
Por el peso de una corona que le quedaba grande, igual que la ropa ceremonial.
—Papá… —sollozó, y la palabra se partió en su garganta—. Papá… me haces falta…
Kael no dijo nada. No la soltó. No le pidió que se calmara. Simplemente la rodeó con sus brazos, una mano en su espalda, la otra acariciando su cabello con lentitud, dejando que todo saliera. Todo. Lo guardado, lo reprimido, lo silenciado. Lloró hasta que le dolió el pecho, hasta que se le acabaron las fuerzas, y él siguió ahí, sosteniéndola, como si fuera lo más natural del mundo.
A unos metros, detrás del grueso tronco de un roble, Silvarena permanecía inmóvil. Había seguido sus pasos con la intención clara de regañarlos. Tenía preparadas las palabras. Pero al escuchar, se detuvo. Y se quedó.
Vio a la niña que había visto crecer, la que enseñaron a caminar derecha, a hablar bajito, a no mostrar debilidad nunca. La vio soltar todo aquello que llevaba dentro. Y comprendió con un nudo en la garganta: nunca le habían dado permiso para llorar. El día que su padre murió, la vistieron, la pusieron en el trono y le dijeron: ahora eres la reina. Nadie le dijo: lo siento. Nadie le dijo: llora. Nadie la tomó en brazos y le dijo: no tienes que hacerlo sola.
Una lágrima rodó por su mejilla. Luego otra. No las limpió.
—Perdóname, pequeña —susurró, tan bajito que solo el viento lo oyó—. Nos equivocamos. Pensamos que protegerte era hacerte fuerte de golpe. Y solo te hicimos cargar todo tú sola.
Miró a Kael, al muchacho que llegaba de ninguna parte, que bromeaba, que se metía en líos, que no tenía título ni linaje… y que estaba haciendo lo que ellas no habían sabido hacer: darle a Lili el lugar seguro donde soltarlo todo.
—Llora todo lo que necesites —dijo Silvarena, en un susurro que se perdió entre las hojas—. Nadie te va a apresurar. Nadie te va a callar. Esta vez… llora por todo el tiempo que no pudiste.
Y allí se quedó, en la sombra, dejando que por fin, después de tanto tiempo, la niña fuera solo eso: una niña, llorando a su padre, sostenida por alguien que le dijo que estaba bien hacerlo.