"El verdadero enemigo no es aquel que se muestra o sospechas en la primera oportunidad. Será aquel que va a moverse sin que te des cuenta, y cuando menos lo esperas, la daga será enterrada"—M.L. Rivero.
Octubre 09 del 2014.
Londres — Reino Unido.
El mes había pasado lentamente, casi tortuoso. Russian House estaba sumergido en su usual disturbio agotador. La seguridad había aumentado un noventa por ciento, resultando asfixiante. Las entradas y salidas de autos eran monitorizadas por el mismo Nickolais, mientras que la puerta de madera de la entrada principal había obtenido unos gruesos barrotes que se abrían a las seis de la mañana y cerraban a las once en punto de la noche.
La mansión, de la noche a la mañana, se había vuelto una asquerosa y asfixiante cárcel de máxima seguridad que haría que cualquier persona cuerda de mente se suicidara en el primer segundo que pusiera un pie dentro.
Desde que Alexia se había levantado de la cama, se encerró en el salón de entrenamiento sacando todo rastro de frustración y miedo de su sistema. Odiaba de sobremanera sentirse tan indefensa.
El miedo, terror y horror que la invadía después de una pesadilla hacía que quisiera correr a encerrarse en el lugar más remoto a llorar en posición fetal pidiendo a gritos un abrazo reconfortante de su madre. Sin embargo, ella no estaba allí, nunca lo estuvo. Así que no la necesita; se tiene a ella misma, y a un peculiar ruso que ha escrito más veces de las que debe preguntando si se encontraba bien.
Maximus conocía cómo eran las secuelas de las pesadillas. Comenzaban con llantos descontrolados, asco al tacto, a la comida y hacia ella misma. Depresión inexplicable. Objetos o huesos rotos por grandes descargas de rabia —y cuando se nombran huesos, no son específicamente los de ella—. Frustración exorbitante por no ser capaz de detener el torrente de gamas de sentimientos y emociones que la abordaban. Y el orgullo subiendo un cien por ciento.
El pedir ayuda no era algo que ella normalmente suele hacer; lo detesta con todas sus entrañas. Y el haberlo hecho, mandado al carajo su orgullo porque estaba tan aterrorizada como para quedarse sola con sus demonios, es algo que no pasa demasiado. Ella es ese tipo de persona que el alma puede estar ardiéndole más que los miles de infiernos juntos, pero jamás lo hará notar. Porque Alexia es como una rosa: delicada, hermosa y cautivadora. No necesita de nadie para florecer; está en su naturaleza.
No intentes creer que caerá por ti, porque una rosa jamás cae, y si la intentas tirar, terminarás con púas en los dedos. Porque la delicadeza de su belleza te dolerá. Porque ella es quien todo lo puede, y lo que no, simplemente lo arranca de raíz, porque al final del día, el bien justifica los hechos.
Con bruscos y certeros movimientos, Alexia golpeaba el saco de boxeo con brusquedad. Su nariz se expandía como un toro rabioso cuando respiraba agitadamente. Gotas de sudor corrían por sus sienes humedeciendo los cabellos que se encontraban en la zona. Sus brazos estaban doblados y sus manos cerradas fuertemente en puños posados frente a su rostro, haciendo de escudo. Sus ojos estaban posados en la bolsa llena de arena que colgaba de una gruesa cadena inoxidable.
Sus músculos estaban en un agotador estado de tensión; no obstante, eso no evitaba que siguiera propinando golpes certeros en el centro del objeto de cuero negro. Ignoraba rotundamente el dolor que abordaba sus extensiones al extender el brazo para acertar un puñetazo que hizo las cadenas sonar por la brusquedad de sus acciones.
La sala de entrenamiento rara vez estaba desierta; los hombres de Nickolais se mantenían ocupados con la nueva orden de seguridad. Lo que le daba más libertad a la hora de entrenar y mejorar sus habilidades de defensa y ataque.
Había hecho un trato con Maximus, que consistía en él encargándose de las órdenes precisas dadas por Nickolais, la cual consistía en enseñar a los nuevos chicos cómo se hacían las cosas dentro de la mansión. Por otro lado, ella iría a sacar toda la ira de su organismo; si no, ambos estaban conscientes de que, al más mínimo error hecho por los nuevos reclutas, ella simplemente los golpearía hasta dejarlos completamente inconscientes por unos largos días. Y Nickolais, justo ahora, no está para sus juegos pesados.
Insertó un gancho izquierdo, luego un rodillazo, esquivó un inexistente ataque. Puñetazo con el izquierdo, y luego con el derecho. Patada, giró su cuerpo enrollando sus brazos y estirando el diestro; siendo consciente de que con la velocidad de la voltereta el impacto sería más letal. El golpe provocó que el saco se hundiera mientras que las cadenas que lo sostenían sonaban por la brusquedad.
Respirando profundamente, detuvo sus movimientos e inclinó su cuello haciendo tronar los huesos audiblemente, para luego alejarse del saco encaminándose hacia la cabina de proyección de hologramas posada en el ala izquierda de la espaciosa habitación.
Quitó los guantes de boxeo, sus manos siendo cubiertas por unas vendas elásticas negras. Comenzó a teclear rápidamente en el mando electrónico modificando el modo de ataque y dificultad, eligiendo las armas que cada ente utilizaría, creando el ambiente que deseaba, para finalmente dejar el control a un lado, viendo cómo el conteo de disminución iniciaba haciendo que acelerara sus acciones.
Sujetó las dos cintas elásticas con cinco dagas de sable enroscadas en cada una de sus piernas. Movió sus ojos posándolos en el temporizador, el cual marcaba que faltaban veinte segundos para que el holograma con píxeles diera inicio. Finalmente, tomó la semiautomática negra ya cargada con balas de goma, y agarró dos cartuchos, metiéndolos en los pequeños bolsillos de la cinta en su pierna derecha.