"No hay lugar donde esconderse de todo este caos.
No hay lugar donde esconderse de toda esta locura"—Ruelle.
Octubre 09 del 2014.
Londres — Reino Unido.
La noche había caído, causando que él iniciara a moverse por las calles británicas. Hace media hora culminó de arreglar los utensilios necesarios para hacer el trabajo, y decir que no estaba nervioso por esto sería mentir.
De alguna manera u otra, tenía muchas ganas de hacerlo, pero él no había sido preparado para arrebatar una vida, sino para salvarla. Pero, aun así, después de la muerte de Kevin, sus escrúpulos y creencias se fueron por la tubería. Alexia le recalcó tantas veces que una vez que te adentras a su mundo no hay vuelta atrás, y por así decirlo, hoy era su iniciación.
Estaba a prueba, y literalmente, estaba en juego su cabeza.
Dejando escapar un suspiro, detiene el auto a una cuadra del conocido hotel, casino y discoteca. Abandonó el auto y se dirigió al baúl para sacar el bolso que guindó rápidamente en su hombro derecho.
Subió el cierre de la chaqueta cuando emprendió su caminata hacia el lugar que tantos recuerdos le traía, hasta que su teléfono vibró en el bolsillo izquierdo de su pantalón, haciendo que apretara sus labios antes de sacar el dispositivo y contestar sin ver de quién se trataba.
—Javadd.
—¿Dónde mierda estás? —gruñó Alexia, ignorando su forma de saludo.
—Afuera del lugar —respondió seco, tratando de alejar el miedo de su voz.
—Mueve tu maldito culo, inglés, y adéntrate al puto lugar. No quiero fallas. Sin titubeos; si te atrapan, no moveré ni un músculo para salvarte. Antes de cortarte la cabeza te torturarán, y si de tus jodidos labios llega a salir mi nombre, yo misma te los arrancaré, no sin antes haberte quitado la lengua por hablador —amenazó, haciendo que apretara sus labios y dejara ir todo el aire contenido por su nariz—. Quiero el trabajo hecho en menos de cuarenta minutos.
—Jamás podría delatarte —aclaró con la voz neutra, para luego asegurar con toda la seguridad del mundo—. Y respira, Alexia; el trabajo estará hecho en menos de veinte, cuenta conmigo.
—Por tu bien, espero que sea así —dice seca antes de agregar—. Ahora muévete.
Alexia corta la llamada y él respira hondo, llenando de aire sus pulmones antes de guardarlo y seguir el plan como se había estructurado por una obsesiva y controladora Alexia.
La puerta trasera del lugar, elaborada especialmente para el personal, estaba abierta cuando se acercó. Con el corazón latiéndole desenfrenado dentro de su caja torácica, se adentró al lugar mirando a todos los lugares con la mayor precaución.
"Tirar hacia un blanco inmóvil es más sencillo que cuando estás en campo de batalla, Zev. Allí no debes de pensar, solo déjate ir; tú conoces los puntos más remotos del cuerpo humano, al final del día es tu profesión. Debes tener en cuenta que, si haces esto, tus conocimientos sobre anatomía te servirán, pero también serán la mayor tortura. Eres médico, salvas vidas, no las quitas. Así que, cuando estés allá afuera arriesgándote, mientras que nosotros fingimos que nada está pasando, vas a tener que elegir entre matar y sobrevivir, o largarte y olvidar esto".
Las palabras de Alexia seguían resonando en su cabeza mientras subía las escaleras para dirigirse al último piso del lugar. Ella lo había preparado lo mejor que pudo durante este tiempo. El problema estaba en que tenía que ir contra sus propias creencias, y de alguna manera u otra, eso estaba asesinando su cabeza.
"Cuando tires del gatillo, ya no habrá vuelta atrás".
Y lo comprobó justo cuando un hombre vestido de traje se posó delante de él. Tragándose las ganas de vomitar, alzó el arma y apretó el gatillo sin pensar.
El hombre se desplomó pegado a la pared, dejando una larga mancha de sangre en el tapiz. Observó cómo este se fue rodeando de un charco color escarlata, y pateando a lo profundo de su mente las ganas de tirarse en el suelo para ayudarlo. Siguió adelante, hasta llegar al último piso y caminar a paso rápido hacia la puerta marrón al final del extenso pasillo estrecho.
Guardó la pistola antes de adentrarse al lugar y encontrarse frente a frente con la cara perfilada de Gregor Briegor.
—¿Y tú quién mierda eres? —escupió el ruso, observándolo de pies a cabeza.
Ignorando sus palabras, caminó a paso lento hasta detenerse frente al tocador. Sin un toque de delicadeza, colocó el bolso sobre este y lo abrió, mirando el reflejo de Gregor a través del cristal rectangular.
—Te pregunté quién mierda eres —repitió, tomándolo por los hombros, haciéndolo girar y apuntándolo con una pistola.
Pero él no había sido el único; Zev también imitaba sus acciones, y sin esperar que el hombre ejecutara su siguiente paso, lo golpeó en la mandíbula con la culata, causando que Gregor retrocediera y soltara el arma y llevara ambas manos a la zona afectada.
Cuando este giró sobre su eje para encararlo, Zev lo golpeó con más fuerza, provocando que el ruso perdiera la conciencia. Con un suspiro se alejó de él y se encaminó hacia la silla de madera más cercana para acercarla, y usando toda su fuerza, alzó a Gregor para luego dejarlo caer en el objeto sin un toque de delicadeza.