"Y cuando los demonios salgan por la noche e inicien a gritar tu nombre, recuerda que yo los estaré comandando"—M.L. Rivero.
Octubre 09 del 2014.
Londres — Reino Unido.
La noche pasaba lentamente y ella había perdido la cuenta de las copas que había ingerido; estaba levemente mareada, aunque aún estaba consciente de sus acciones, y de la razón por la que se encontraba en ese patético lugar.
Los presentes comían y tomaban mientras jugaban póker con sus rostros neutros que de vez en cuando se llenaban de diversión mientras decían cualquier palabrería en ruso, haciendo reír a varios.
Alexia seguía en la misma silla, observando cómo se desarrollaba el juego, y no podía evitar hacer comentarios hacia los que perdían y se indignaban por ello. Pero hacía más de quince minutos que había llegado de hacer la llamada a Zev, y su cabeza no dejaba de darle vuelta una y otra vez al asunto.
De pronto, sintió cómo la mirada interrogante de Nickolais se posaba sobre ella, así que tranquilamente tomó el chupito que le ofrecía la mujer de senos prominentes y elevó el trago hacia el Pakhan en señal de brindis, a lo cual este respondió con rostro neutro.
Finalmente, llevó el líquido a sus labios, ingiriéndolo, quemando su garganta por el vodka puro. Hizo una leve mueca de desagrado y concentró toda su atención en el partido.
Todos gritaban bromas pesadas haciendo que el salón estallara en risas escandalosas, hasta que las luces del lugar se apagaron repentinamente para que luego los parlantes empezaran a chirriar molestamente, sacando más de un sonido desaprobatorio.
Pero todos guardaron silencio cuando la voz agonizante de Gregor resonó haciendo eco.
—Por favor, no —la voz suplicante de Gregor se vio acompañada por otra irreconocible.
—¿Por qué mostrar misericordia con alguien que no reconoce el término?
La ira podría palparse en la voz inglesa, paralizándolos a todos en sus lugares. Todos los pares de ojos estaban posados en el parlante más cercano; algunas sumisas lloraban mordiendo sus labios, tragándose los sollozos lastimeros y asustados; las mujeres del servicio estaban paralizadas con los orbes abiertos de par en par y una mano puesta sobre su boca con sorpresa.
—No, no, no, él me obligó a hacerlo, juro que lo hizo, ni siquiera lo disfruté... Por favor, ¡no, no, ah, no! —el grito cargado de dolor resonó por todo el silencioso casino, erizando la piel de las sumisas por el dolor que este reflejaba.
—Adiós, hijo de puta —se escuchó en un perfecto acento inglés antes de que las luces se encendieran y la música volviera a sonar como si nada hubiera ocurrido.
Las mujeres acompañantes habían perdido el color en sus rostros; todas tenían una mano puesta en su boca y las lágrimas corrían por sus mejillas. Alexia rodó sus ojos en señal de indignación, pero respiró profundamente recordando que años atrás ella había sido exactamente igual a ellas. Aunque lo único que rondaba en su cabeza era la duda de cómo demonios Zev logró comunicarse con el imbécil de Gregor si el muy inepto no quiso aprender ruso.
Luego le preguntaría.
—¡Revisen todo el jodido lugar! —ordenó Nickolais, levantándose abruptamente y sacando su arma, haciendo que los presentes imitaran sus acciones.
Alexia terminó su trago antes de pararse y observar al pakhan cuando comenzó a hablar demandante.
—Alexia, cuida mi espalda; los demás mézclense y busquen por todo el lugar.
Iniciaron a avanzar por el lugar con paso cauteloso y firme. Abriendo puertas y revisando debajo de las mesas, dentro de los armarios, alacenas, baúles y todo lo que pasó por sus ojos.
En el cuarto piso, ya en la última puerta de madera pulida marrón oscuro, todos los hombres los seguían con las armas cargadas en mano, cuerpos tensos y con los reflejos al máximo.
Alexia se posicionó al lado izquierdo de la puerta y el Pakhan en el derecho, mientras que Khal se posó frente a esta para propinar una certera patada en el centro del objeto, abriéndola de una sola estocada, permitiendo que todos se adentraran en la habitación, para luego detenerse en su lugar con los ojos abiertos por la escena con la que se habían topado.
Las paredes estaban completamente salpicadas de sangre; los intestinos colgaban del candelero de cristal y diamantes manchando la blancura de estos de rojo. El corazón, puesto sobre una bandeja de plata en la esquina derecha del lugar. El apéndice metido en una copa de vidrio ancha acompañada con una pequeña cantidad de sangre, servido como si estuviera a punto de ingerirlo.
Los riñones y pulmones estaban insertados en la vara alta de madera oscura donde se han de guindar los suéteres y sacos. El cuerpo de Gregor estaba en el medio de la habitación; un tubo de diez centímetros de circunferencia se incrustaba por su orificio anal con barbaridad, y su anatomía colgaba de un gancho para carne.
Las costillas colgaban a cada lado de su anatomía, como si de unas puertas vaivén se tratase. El corte pulcro iniciaba en su cuello y culminaba al inicio de su ahora inexistente hombría, la cual se encontraba metida en su boca con los testículos colgando, cayendo sobre el mentón. Ambos óvulos oculares se sostenían por pequeñas membranas, situándose sobre sus mejillas.