«No te equivoques conmigo. Quizá puedo ser débil y excesivamente escuálida, pero te garantizo que fácilmente me puedo convertir en tu peor pesadilla»—M.L. Rivero.
5 de enero de 2012.
Londres, Reino Unido.
Había perdido la cuenta de las horas que había estado encerrada dentro del salón de entrenamiento, golpeando una y otra vez el saco de boxeo, mientras que sus acciones eran cuidadas por los ojos de halcón de Nickolais, que tenía el rostro completamente carente de emociones.
Throy estaba a su lado con un vaso de vodka ocupando su mano izquierda y una burlesca sonrisa plasmada en sus labios, la cual ocultaba detrás del objeto de cristal lleno por la mitad; y Arhol, su fornido y despiadado guardaespaldas, estaba posado en una esquina cerca de la puerta de la gigantesca habitación, con sus ojos puestos en ella con severidad.
—¡No veo energía, Alexia! —El grito con dureza del Pakhan resonó por la habitación, impregnada con un fuerte olor a sudor y sangre por lo cerrada que estaba y el aire artificial que la rodeaba.
—Estoy cansada, Nick, llevo horas aquí —cuestionó la nombrada con la voz agitada y el corazón latiéndole acelerado dentro de su caja torácica.
Su garganta estaba seca por el tiempo que llevaba sin tomar agua, no sentía el noventa por ciento de su cuerpo, los nudillos le sangraban debajo de las vendas elásticas enrolladas en sus manos. Sus pies descalzos tenían enormes ampollas por las veces que Nickolais la había hecho correr a través del salón de entrenamiento y en el patio trasero de la mansión, el cual tenía el suelo completamente caliente por el sol.
—Te sigo escuchando quejarte, Alexia —reprendió este con voz neutra, mientras que Throy no detenía sus acciones de consumir pequeños tragos de vodka con la intención de ocultar la burlesca sonrisa plasmada en sus labios.
—Tengo quince años, Nick, no puedo hacer tanto ejercicio, es bárbaro incluso para uno de tus estúpidos perros guardianes —protestó ella finalmente, deteniendo el vaivén de su cuerpo y los golpes al saco de boxeo, que cada vez perdían más fuerza por lo agotadas que estaban sus extremidades. Giró su cuerpo, enfocando sus ojos en los hermanos Ivanov.
—¡¿Acaso te dije que te detuvieras?! —gritó alterado Nickolais, caminando hacia ella con largas zancadas—. Vuelve a golpear el maldito saco de boxeo, Alexia, no hagas que mi poca paciencia se agote, porque no va a gustarte.
—Soy una simple chica de quince años, no una estúpida arma que podrás usar cuando te plazca —reclamó batiendo sus manos con brusquedad de un lado a otro, dejando que la indignación, frustración y rabia se escaparan en cada una de sus palabras y acciones.
—¡Eres una imbécil que se atrevió a robarle a mi mujer y a arrebatarme a mi jodido peón! —exclamó entre gritos Nickolais—. Te advertí que tendrías que pagarme por eso, Alexia, y eso es lo que vas a hacer. Me perteneces ahora —informó con un deje obsesivo en su voz.
—Me prostituiste por seis meses, Nick, seis jodidos meses tuve que aceptar que unos completos desconocidos me tocaran para que tú pudieras tener tu maldito y mugroso dinero —respondió con el rostro y parte del cuello rojos—. Me golpearon, me escupieron y me humillaron de las maneras más crueles posibles, y aun así me tienes aquí, maldición, estoy aquí, aguantando la misma mierda una y otra vez. ¡No es justo, maldita sea, no es justo, porque no soy un puto peón que puedes usar y sacrificar cuando te dé la jodida gana! ¡Soy un puto ser humano, Nick, y al contrario de ti, sí tengo sentimientos!
—Eres mi maldita sumisa, Alexia, y haré contigo lo que me venga en gana —aclaró él inmediatamente de forma maniática, acercándose lo suficiente a ella para poder tomar grandes porciones de su cabello entre su mano izquierda hecha un puño, provocando que la cabeza de Alexia quedara echada hacia atrás por el fuerte agarre, y que sus ojos se nublaran por el dolor y la rabia que la estaban llenando.
Reprimiendo una mueca de dolor, llevó su mano más cercana al fuerte agarre proporcionado por Nickolais, cuyos ojos mostraban por primera vez una emoción: ira. Rabia pura que estaba totalmente dirigida hacia ella, haciendo que todas sus extremidades temblaran con temor.
—Rompiste las reglas cuando intentaste buscar a tus padres, y te apoyé después de que casi, por causa de tu estupidez, el FBI diera con nosotros. Acepté que casi hundes nuestro trabajo de años, Alexia, y más aún, estoy permitiendo que vayas conmigo al casino cuando ni siquiera lo mereces. Te traje a la mansión luego de que asesinaras a uno de mis mejores colegas, el principal al mando de exportación e importación de drogas, te visto, educo y alimento, mientras acepto que llores como una estúpida niña de cinco años que está asustada por una mierda tan absurda como el coco —hablaba tan rápido que le era casi imposible entenderlo.
Sin embargo, curiosamente, Alexia y los presentes podían hacerlo a la perfección, haciendo que ella abriera sus ojos cristalizados y los posara en él, suplicando que la dejara ir, porque cada vez que tiraba de su cabello sentía que, poco a poco, porciones de este se desprendían dolorosamente.
—Ahí vas de nuevo, a suplicar para que te deje ir y a llorar como una niña temerosa —comentó con un bufido, rodando los ojos disgustado—. En máfiya no se suplica ni se llora, Alexia, uno se traga las lágrimas y le arranca la garganta a los ineptos que no han de respetarte. —Nickolais acercó sus labios al oído de Alexia y murmuró roncamente en señal de advertencia—: Tienes una deuda conmigo, pequeña zorra. Y así son las cosas: si me debes algo me pagas o me pagas, no hay más opciones, Alexia, ¿has entendido? —preguntó, alejándose unos centímetros solo para poder posar sus ojos negros en los marrones y cristalizados de Alexia.