«Las casualidades son hechos bastante extraños» — M.L. Rivero.
5 de noviembre de 2014.
Londres — Reino Unido.
La luz solar traspasaba las cortinas blanquecinas de la impersonal habitación, haciendo que se removiera entre las gruesas sábanas con un suave gruñido de insatisfacción, para luego llevar ambas manos a su rostro y estrujar sus ojos con cansancio, sintiendo cómo el estridente dolor punzante en sus sienes taladraba su cabeza, provocando que se quejara por lo bajo antes de salir de la cama con pasos perezosos y pausados, tratando de que el martirio se alejara.
«Maldita resaca», pensó mientras se encaminaba hacia el cuarto de baño, ignorando el frío artificial que golpeó su anatomía, endureciendo sus pezones por la desnudez de su cuerpo.
Se detuvo frente al lavabo y observó su reflejo proporcionado por el espejo rectangular colgado frente al objeto de vidrio, porcelana y arcilla. Su cabello estaba desordenado por la agitada noche; sus labios, levemente hinchados por los mordiscos y besos acalorados. Tenía un cardenal de hematomas con la forma de los labios de cierto rubio que aún seguía durmiendo plácidamente entre las sábanas blancas; estos iniciaban en su cuello y culminaban en su clavícula derecha de manera palpable, haciendo que hiciera un mohín repleto de inconformidad.
Suspiró con pesadez e inclinó su cuerpo hacia adelante, tratando de ignorar el dolor que se extendía en su trasero; enjuagó su rostro rápidamente, quitando el maquillaje corrido, y salió del baño con una toalla entre las manos, la cual pasaba con delicadeza por su cara, secándola.
Movió sus ojos por la habitación, pasando por alto el bulto entre las sábanas, y divisó su ropa interior tirada en la alfombra de peluche que estaba posada debajo de la cama matrimonial. Sus pantalones de cuero negro, lanzados sobre el tocador de madera clara con un gigantesco y espléndido espejo.
Abrigó su cuerpo rápidamente con una perezosa sonrisa plasmada en su rostro por los pequeños destellos de recuerdos que invadían su cabeza como una divertida y eróticamente placentera película en blanco y negro.
Abandonó el cuarto iluminado por la luz natural con su ceño fruncido por el dolor que se extendía en sus tobillos por los altos tacones de aguja que usó la noche anterior, y la incomodidad que estaba entre sus glúteos.
La sala principal del espacioso pent-house la recibió de manera impersonal. Movió sus ojos por el lugar, buscando el resto de su vestimenta, enfocándose más en el suelo de vinilo en tonos claros oscuros.
El lugar estaba cómodamente equipado por largas alfombras de pelo largo color marfil claro, posadas debajo de unos angostos sofás de cuero grueso en color rojo intenso. La mesa de cristal, siendo centro de mesa, estaba decorada pulcramente por un enorme florero lleno con cinco grandes y resplandecientes girasoles. La pantalla de plasma estaba posada arriba de la chimenea, que quedaba a unos cuantos centímetros de la zona. Un pasillo ancho la llevaba a la cocina, que ni siquiera se molestó en buscar, siendo completamente consciente de que ninguno de los dos se acercó allí.
Finalmente, encontró su camisa blanca de foami tirada muy cerca de la puerta principal, junto a la de cuadros de tonos rojos y azules del hombre inglés cuyo nombre ya ni recordaba.
Con movimientos rápidos se acercó a la prenda y la pasó por sus brazos, cubriendo su torso, para luego girar sobre su eje, ahora en busca de sus zapatos de tacón, que encontró graciosamente colocados sobre una mesa de madera al lado de su bolso escarchado en color dorado.
Se aproximó al lugar con unas intensas ganas de reírse por la estupidez cometida, enfocando sus ojos sobre los papeles con el logotipo del hotel, para luego abrir su cartera velozmente, rastreando un lápiz de tinta negra para así garabatear descuidadamente sobre la hoja:
I really had fun, thank you.
Kisses; A.
Escribió, releyó la nota y, con una coqueta sonrisa, tomó el lápiz labial que se había salido del bolso cuando buscó de manera descuidada. Aplicó una excesiva cantidad del producto mate color cereza en sus labios para así poder plantarlos sobre la esquina inferior de la hoja, muy cerca de la inicial de su nombre. Finalmente, se encaminó hacia la habitación con el papel entre sus manos.
Colocó la hoja sobre la mesa de madera gruesa y oscura, adornada con una elegante lámpara que se encontraba posada del lado izquierdo, justo en el lugar donde el chico desconocido estaba profunda y plácidamente dormido, completamente desnudo boca abajo, la sábana blanca cubriendo de la cintura para abajo, revelando su espalda gruesa repleta de puntos negros y algunos rasguños proporcionados por Alexia.
Volvió a dirigirse a la salida, deteniendo sus acciones cuando divisó el cuerpo moverse tranquilamente entre las sábanas con un suave gemido de satisfacción, su cabello rubio largo con rebeldes rizos esparcidos por la almohada blanca y cubriendo la mitad de su perfil derecho. Sus mejillas de piel pálida estaban levemente rojizas; sus labios, rosados naturalmente y levemente abiertos; sus párpados, cerrados, dejando que sus largas pestañas tocaran sus pómulos con delicadeza.
El hombre parecía que había sido tocado por los mismísimos ángeles para luego dejarlo vagando en este cruel mundo lleno de mundanos prejuiciosos, para finalmente ser capturado por las fieras garras de la heredera del infierno.