Capítulo 1: El chico al que todos podían pisar
El asfalto del patio trasero del instituto siempre olía a humedad estancada, a colillas apagadas a escondidas y a una tensión invisible que parecía haberse impregnado en cada grieta de las paredes de ladrillo gris. Era un ecosistema salvaje, regido por jerarquías implacables, donde los instintos de los alfas marcaban la ley del más fuerte y los omegas aprendían desde el primer día a encogerse, a morderse la lengua y a desaparecer antes de convertirse en el blanco de alguien.
En aquel lugar, la fuerza no se medía únicamente por el tamaño de los músculos o la capacidad de imponer miedo. También se encontraba en los aromas, en las miradas y en esa autoridad silenciosa que algunos parecían llevar grabada en la sangre. Los alfas ocupaban los espacios como si les pertenecieran por derecho natural, mientras que los omegas más vulnerables aprendían a caminar con la cabeza gacha, evitando cualquier gesto que pudiera interpretarse como una provocación.
En medio de aquel engranaje implacable vivía Manoplas.
Nadie recordaba ya quién le había puesto aquel apodo. Algunos aseguraban que se debía a sus manos pequeñas y torpes; otros, que tenía que ver con aquellos guantes de lana que solía llevar incluso cuando el frío no era demasiado intenso. La realidad era que nadie se había molestado en preguntárselo. En aquel instituto, los apodos no necesitaban una explicación demasiado convincente: bastaba con que alguien con suficiente influencia empezara a utilizar uno para que el resto lo repitiera hasta convertirlo en una condena.
Manoplas era el reflejo exacto de la imagen que todos tenían de él: un chico de hombros estrechos, postura encorvada y movimientos inseguros. Su cuerpo parecía estar siempre preparándose para recibir un golpe que todavía no había llegado. Tenía la costumbre de sujetar los libros contra el pecho, de apartarse cuando alguien caminaba en su dirección y de disculparse incluso cuando no había hecho absolutamente nada malo.
Era un omega.
Y, para desgracia suya, uno de los que parecían haber nacido sin ninguna de las características que la sociedad consideraba necesarias para sobrevivir.
Su aroma era tan tenue que a menudo quedaba oculto bajo los neutralizadores que utilizaba. No tenía una presencia intimidante, ni una voz capaz de imponerse sobre los demás. Tampoco destacaba en los deportes o en aquellas actividades donde los alfas solían demostrar su superioridad.
Sin embargo, había algo que nadie parecía notar: Manoplas era mucho más observador de lo que aparentaba. Recordaba las conversaciones, los gestos y hasta las pequeñas variaciones en el comportamiento de quienes lo rodeaban. Sabía reconocer el sonido de unas pisadas antes de que aparecieran por una esquina y podía distinguir cuándo una risa iba dirigida a él incluso sin necesidad de levantar la mirada.
Había aprendido a sobrevivir prestando atención a todo.
Porque, cuando no tienes fuerza para defenderte, anticiparte a los demás se convierte en tu única protección.
Para los pasillos repletos de murmullos y miradas altaneras, Manoplas era poco más que un accesorio incómodo, una sombra silenciosa a la que cualquiera podía empujar sin temor a consecuencias.
Un chico al que, literalmente, todos podían pisar.
Aquel lunes de noviembre había amanecido especialmente frío.
El viento se colaba por las ventanas mal cerradas y hacía temblar los cristales de los casilleros, algunos de ellos abollados por años de golpes y patadas. Los estudiantes llenaban los pasillos con sus conversaciones, sus risas y el ruido constante de las taquillas al cerrarse.
Manoplas caminaba pegado a la pared, abrazando contra su pecho una pila de libros gastados. Llevaba la mirada fija en las baldosas, contando mentalmente los pasos que le faltaban para llegar al aula.
No era una costumbre agradable, pero había descubierto que mirar al suelo evitaba muchos problemas.
Intentaba hacerse invisible. Había aprendido a calcular cada movimiento para evitar el sector donde solían reunirse los chicos del equipo de deportes. Si conseguía llegar al aula antes de que comenzara la siguiente clase, podría sentarse en su sitio, sacar sus apuntes y pasar el resto de la mañana sin llamar la atención.
Era un plan sencillo.
O, al menos, debería haberlo sido.
—Vaya, vaya... ¿Pero quién tenemos aquí?
La voz ronca y pesada resonó a su espalda, cortando el bullicio del pasillo con la precisión de un hacha.
Manoplas se quedó inmóvil.
No necesitó girarse para saber quién era.
El aroma a sándalo amargo y dominancia barata invadió el aire un segundo antes de que una mano pesada y callosa lo golpeara por la espalda.
—¡Eh!
El empujón fue suficiente para hacerlo trastabillar.
Sus pies se enredaron entre sí y perdió el equilibrio. Intentó sujetarse a la pared, pero sus dedos apenas rozaron la superficie fría antes de caer de rodillas.
Los libros salieron disparados de sus brazos y aterrizaron sobre el suelo de baldosas sucias. Uno de los cuadernos se deslizó hasta quedar debajo de una taquilla, mientras que varios folios se desperdigaron por el pasillo.
Durante un instante, todo pareció quedarse en silencio.
Después llegaron las risas.
—¡Joder! ¡Si hasta caminar le cuesta!
Manoplas apretó los labios.
Lolo apareció frente a él con una sonrisa torcida, plantado con la arrogancia natural de los alfas que creían ser dueños del mundo.
Era alto, musculoso y tenía los hombros anchos de alguien acostumbrado a ocupar más espacio del que necesitaba. Formaba parte del equipo de deportes y disfrutaba de una popularidad que parecía alimentarse de las desgracias ajenas. Su rostro siempre lucía aquella expresión de superioridad, como si el resto de las personas estuvieran allí únicamente para entretenerlo.
Lolo era todo lo contrario a Manoplas.