Capítulo 2: La ley de los alfas dominantes
El aire en el ala oeste del instituto siempre se respiraba con una densidad diferente, como si el propio oxígeno estuviera condicionado por una jerarquía invisible, pero infranqueable.
Allí mandaban los alfas.
No necesitaban alzar la voz ni portar emblemas que los identificaran. Bastaba con su presencia, con ese aroma denso y territorial que impregnaba los casilleros y parecía marcar cada rincón como propiedad de una manada. Los estudiantes más jóvenes aprendían rápidamente a reconocerlos y, sobre todo, a no interponerse en su camino.
En aquel instituto, la jerarquía no era simplemente una cuestión biológica. Era una estructura social que se alimentaba del miedo, de los privilegios y de la convicción de que algunos habían nacido para mandar mientras otros debían conformarse con obedecer.
Los alfas ocupaban los mejores asientos, lideraban los equipos deportivos y disfrutaban de una autoridad que rara vez necesitaban justificar. Los betas solían mantenerse al margen, intentando sobrevivir sin llamar demasiado la atención. Y los omegas...
Los omegas aprendían a no molestar.
Algunos tenían la suerte de contar con familias influyentes o con una personalidad lo suficientemente fuerte como para hacerse respetar. Otros, en cambio, vivían intentando no convertirse en el entretenimiento de algún alfa aburrido.
Manoplas pertenecía a este último grupo.
Y no había nadie en el instituto que conociera mejor que él el significado de aquella desigualdad.
En el centro de esa cúspide imaginaria se movía Lolo con absoluta impunidad.
No era el único alfa dominante del instituto, pero sí uno de los más desagradables. Tenía una facilidad extraordinaria para convertir cualquier situación en una demostración de autoridad y parecía disfrutar especialmente cuando conseguía que alguien bajara la cabeza ante él.
Sus amigos lo seguían a todas partes. No necesariamente porque compartieran sus ideas, sino porque estar cerca de Lolo significaba encontrarse bajo su protección. Reírle las gracias era mucho más sencillo que convertirse en el siguiente objetivo.
Para él, el instituto era un coto de caza privado y todos los demás, especialmente los omegas, no eran más que piezas en un tablero diseñado para alimentar su ego y su necesidad constante de control.
La ley de los alfas dominantes era simple y brutal:
El más fuerte imponía el ritmo.
El más débil agachaba la cabeza.
Y quien se atreviera a desafiar aquella regla debía estar preparado para pagar las consecuencias.
Aquella mañana, Manoplas había llegado temprano.
No porque le gustara madrugar, sino porque había descubierto que los primeros minutos del día eran los únicos en los que podía recorrer los pasillos sin encontrarse con demasiados estudiantes.
Dejó la mochila junto a su pupitre y sacó sus libros con cuidado. Después se sentó, abrió el cuaderno y comenzó a repasar los ejercicios de la última clase.
Le gustaban las matemáticas.
Era una de las pocas asignaturas en las que se sentía realmente cómodo. Los números no se burlaban de él, no lo empujaban contra las taquillas ni esperaban que cometiera un error para reírse. Había algo tranquilizador en aquella lógica: cada problema tenía una solución, incluso cuando al principio parecía imposible encontrarla.
Ojalá las personas funcionaran de la misma manera.
Mientras escribía una operación en el margen de la hoja, escuchó cómo varios estudiantes entraban en el aula.
Las conversaciones fueron aumentando poco a poco.
—¿Has visto el partido del viernes?
—Lolo estuvo increíble.
—Dicen que el entrenador quiere ponerlo de capitán.
Manoplas continuó escribiendo.
No tenía interés en aquellas conversaciones, pero sabía que el nombre de Lolo aparecía con demasiada frecuencia como para ignorarlo por completo.
Unos minutos después, el propio alfa apareció en la puerta.
Entró acompañado de dos de sus amigos, riéndose de algo que uno de ellos acababa de contarle. Su presencia pareció modificar el ambiente del aula. Algunos estudiantes levantaron la cabeza para saludarlo y otros se apartaron ligeramente cuando pasó junto a sus mesas.
Manoplas bajó la mirada.
No necesitaba que Lolo lo viera.
Aquello era lo último que quería.
Sin embargo, el alfa se detuvo a pocos pasos de su pupitre.
—Vaya, pero si tenemos aquí a nuestro pequeño Manoplas.
El lápiz se detuvo entre sus dedos.
—Buenos días... —murmuró, casi por inercia.
Lolo soltó una carcajada.
—¿Me estás saludando? Qué educado.
Uno de sus amigos se apoyó sobre el respaldo de la silla de Manoplas.
—Déjalo, hombre. A lo mejor está practicando para cuando tenga que pedir perdón por respirar.
Las risas no tardaron en aparecer.
Manoplas apretó los labios y continuó mirando su cuaderno.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Lolo, inclinándose para observar la hoja.
—Los ejercicios...
—¿Los ejercicios? —repitió con fingida sorpresa—. ¿Y crees que eso va a servirte de algo?
Manoplas no respondió.
Lolo tomó el cuaderno sin pedir permiso y pasó varias páginas hasta encontrar los problemas que había resuelto.
—Vaya, vaya. Tenemos aquí a un pequeño genio.
—Devuélvemelo, por favor...
La petición salió tan baja que casi se perdió entre las conversaciones.
Lolo levantó la mirada.
—¿Qué?
Manoplas tragó saliva.
—Que es mi cuaderno.
Durante un segundo, el alfa permaneció en silencio.
Después sonrió.
—¿Y desde cuándo tienes derecho a exigirme cosas?
El omega sintió que el estómago se le encogía.
Lolo dejó caer el cuaderno sobre la mesa, pero no antes de doblar deliberadamente una de las esquinas.
—Ten más cuidado con cómo me hablas, torpe.
Después se marchó hacia el fondo del aula, donde sus amigos ya estaban ocupando varios pupitres.