Capítulo 3: El rey del instituto
Si el instituto era una jungla de asfalto y hormigón, Lolo era indiscutiblemente su rey.
No bastaba con que fuera uno de los alfas más fuertes o el capitán no oficial de cada grupo que se formaba en las gradas. Lolo poseía esa clase de carisma magnético y tóxico que arrastraba a los demás como un rebaño sumiso. Para el resto de los estudiantes, él marcaba el compás de lo que era aceptable, de quién merecía ser aplaudido y de quién debía ser ignorado o aplastado.
No necesitaba un cargo oficial para ejercer autoridad. Tampoco necesitaba que los profesores le reconocieran ningún mérito especial. Su poder se encontraba en algo mucho más sencillo: todos sabían quién era y lo que podía ocurrir si se atrevían a llevarle la contraria.
En los pasillos, su influencia se sentía antes incluso de que doblara la esquina.
Su paso era pausado, seguro de sí mismo, con los hombros relajados y aquella media sonrisa arrogante que parecía desafiar al mundo entero. Los alfas menores lo imitaban, copiando su forma de caminar, sus burlas e incluso la manera en que se colgaba la mochila de un solo hombro. Los betas reían sus chistes, buscando la aprobación de un líder que los protegía con el simple hecho de ignorarlos.
Y los omegas, sabios en el arte de la supervivencia, habían aprendido muy pronto a desviar la mirada y cambiar de pasillo en cuanto percibían el rastro de su presencia.
Para Lolo, aquella devoción ciega era tan natural como respirar.
Había crecido creyendo que el mundo pertenecía a los que golpeaban primero, a los que imponían su voluntad sin vacilar y a los que jamás mostraban una pizca de debilidad. En su cabeza, las personas se dividían en dos categorías: quienes estaban por encima de los demás y quienes habían nacido para obedecer.
Él, por supuesto, pertenecía al primer grupo.
Cada burla que lanzaba al aire era celebrada por su séquito como un triunfo colectivo. Cada empujón contra las taquillas representaba un recordatorio silencioso de que él ponía las reglas. Nadie osaba cuestionarlo, porque ir contra Lolo significaba convertirse automáticamente en el nuevo paria del lugar.
Y nadie quería ocupar ese puesto.
Aquella mañana, Lolo llegó al instituto acompañado de sus dos amigos habituales, Iván y Marcos.
Los tres atravesaron la entrada principal como si estuvieran entrando en territorio propio. Iván llevaba una bolsa de deporte colgada del hombro y Marcos no dejaba de contar una anécdota sobre el partido del día anterior.
—Te juro que tendrías que haber visto la cara del entrenador cuando metiste aquel gol —comentó Marcos, soltando una carcajada.
Lolo sonrió con suficiencia.
—Es que hay gente que nace para ganar.
—Eso mismo digo yo.
Iván le dio un golpe amistoso en el hombro.
—Este año no se nos escapa el campeonato.
—Mientras yo esté en el equipo, no.
Los tres rieron.
Al llegar al vestíbulo, varios estudiantes los saludaron. Lolo respondió levantando ligeramente la barbilla, sin detenerse demasiado. Le gustaba aquella sensación. Le gustaba que la gente supiera quién era, que se apartara cuando pasaba y que sus amigos estuvieran siempre pendientes de sus palabras.
Era una forma de reconocimiento que nunca se cansaba de recibir.
—Lolo.
Una voz femenina lo hizo girarse.
Una chica beta de su clase se acercó con una carpeta entre las manos.
—¿Has terminado el trabajo de historia? El profesor lo recoge hoy.
Lolo frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué trabajo?
—El que teníamos que hacer por parejas.
—Ah, eso.
Se encogió de hombros.
—Hazlo tú. Ya sabes que no tengo tiempo para esas tonterías.
La chica abrió la boca para protestar, pero al encontrarse con su expresión terminó cerrándola.
—Está bien...
—Así me gusta.
Lolo siguió caminando sin volver a mirarla.
Marcos soltó una risita.
—Tío, eres increíble. Consigues que todo el mundo haga lo que quieres.
—No es culpa mía que la gente sea tan fácil de manejar.
Y continuaron hacia los vestuarios.
Sin embargo, había una persona cuya presencia siempre despertaba un interés particular en Lolo.
Manoplas.
No porque lo considerara importante. Ni mucho menos.
Era precisamente lo contrario.
Aquel omega representaba todo lo que Lolo despreciaba: inseguridad, torpeza, silencio y una incapacidad casi desesperante para defenderse. Era el ejemplo perfecto de alguien que parecía haber nacido para ocupar el último escalón de la jerarquía.
Cuando Lolo cruzaba el patio y todos abrían paso a su alrededor, su mirada siempre terminaba buscando el rincón donde Manoplas intentaba volverse invisible.
Aquella mañana no fue diferente.
El omega estaba sentado en uno de los bancos cercanos a las ventanas, con un libro abierto sobre las piernas. Tenía la mochila colocada a su lado y parecía completamente concentrado en la lectura.
Lolo se detuvo.
—Mira quién está aquí.
Iván siguió la dirección de su mirada.
—¿El de siempre?
—El mismo.
Marcos soltó una carcajada.
—Ese tío parece que está esperando que alguien lo adopte.
Lolo sonrió.
—No le des ideas. A lo mejor empieza a seguirnos.
Los tres se acercaron al banco.
Manoplas no los vio hasta que sus sombras cayeron sobre las páginas de su libro.
Levantó la cabeza.
Y su expresión cambió inmediatamente.
—Buenos días, Manoplas —saludó Lolo con una falsa amabilidad.
El omega cerró el libro despacio.
—H-hola...
—¿Qué lees?
—Un libro.
Iván soltó una carcajada.
—¡No me digas!
Lolo extendió la mano y le quitó el libro antes de que pudiera reaccionar.
—A ver qué tenemos aquí.
Observó la portada con desinterés y pasó varias páginas.
—¿Literatura? ¿Ahora te ha dado por leer?
Manoplas extendió una mano.