Capítulo 4: El chico de las manoplas
Nadie sabía con certeza si el mote de «Manoplas» había nacido únicamente de su torpeza crónica o de aquel detalle que, con el paso del tiempo, se había convertido en su escudo más íntimo contra el mundo.
En los días más fríos de otoño, y muchas veces incluso cuando el termómetro apenas rozaba la media estación, Manoplas rara vez sacaba las manos de los bolsillos de su sudadera gastada. Cuando se veía obligado a hacerlo, lo habitual era encontrar sus palmas escondidas bajo las mangas demasiado largas, dejando apenas asomar las puntas de unos dedos finos que siempre parecían a punto de quebrarse.
No era una cuestión de moda.
Tampoco de simple timidez.
Para él, esconder las manos era un acto reflejo de protección.
Eran las mismas manos que se torcían al sostener un bolígrafo bajo la atenta mirada de los profesores, las que temblaban involuntariamente cada vez que un alfa cruzaba la acera a su lado y las que guardaban la memoria reciente de cada empujón y cada cuaderno hecho trizas en el suelo.
En un mundo donde los demás mostraban su fuerza con puños cerrados y posturas dominantes, las manos de Manoplas eran un mapa de vulnerabilidad que prefería mantener oculto.
Había algo más.
Algo que nadie conocía.
Aquellas manos habían sido importantes para él mucho antes de que el instituto comenzara a convertirlas en motivo de burla.
Cuando era pequeño, su madre solía comprarle guantes de lana demasiado grandes. Decía que tenía las manos frías incluso en verano y que algún día dejaría de esconderlas.
Manoplas todavía recordaba aquellas tardes en las que ella le sujetaba los dedos entre los suyos para calentárselos.
Por eso conservaba aquellas viejas manoplas.
Ya no le servían demasiado. La lana estaba desgastada y uno de los dedos tenía un pequeño agujero que nunca había conseguido reparar correctamente.
Pero seguía guardándolas en el fondo de su mochila.
Eran uno de los pocos recuerdos que todavía le proporcionaban cierta sensación de seguridad.
En el instituto, los pasillos estaban llenos de gestos ruidosos: palmadas en la espalda entre alfas, saludos altaneros y dedos señalando a los débiles.
El silencio físico de Manoplas contrastaba con aquel ruido constante.
Caminaba pegado a la pared, con los puños metidos tan hondo en los bolsillos que la tela se estiraba al límite. Intentaba ocupar el menor espacio posible, como si al esconder sus extremidades lograra borrar también su propio rastro.
No miraba a nadie.
No hablaba con nadie.
Y, sobre todo, procuraba no llamar la atención.
Pero aquel hábito no había pasado desapercibido para el rey del lugar.
Lolo llevaba varios días fijándose en aquel comportamiento. Para él, que medía el valor de las personas por la firmeza de su agarre y la agresividad de sus desplantes, las mangas caídas y el temblor constante de Manoplas eran una provocación silenciosa.
Aquel mediodía lo encontró junto a las taquillas.
—Eh, Manoplas.
El omega se detuvo inmediatamente.
No necesitó girarse para reconocer la voz.
—¿Qué pasa, torpe? ¿Tienes frío o es que te da vergüenza enseñar las manos con las que rompes todo lo que tocas?
Los dos amigos de Lolo soltaron una carcajada.
Manoplas bajó la cabeza.
—N-no tengo frío...
—¿Ah, no? Entonces, ¿por qué escondes las manos?
El alfa se acercó y observó las mangas de su sudadera.
—¿Qué escondes ahí dentro?
Manoplas sintió que el pulso se le disparaba.
No sacó las manos de los bolsillos. Al contrario, las apretó con más fuerza contra el forro interior, sintiendo el dolor sordo de sus propios nudillos contra la tela.
—Nada...
—Enséñamelas.
—Por favor...
Lolo arqueó una ceja.
—¿Por favor qué?
—Déjame...
La sonrisa del alfa se ensanchó.
—¿Desde cuándo me das órdenes?
Uno de sus amigos se acercó por detrás y tiró ligeramente de una de las mangas.
Manoplas retrocedió sobresaltado.
—¡No!
El grito salió más alto de lo que esperaba.
Durante un instante, los tres se quedaron mirándolo.
Manoplas también pareció sorprendido por su propia reacción. Sus ojos se abrieron ligeramente y volvió a encogerse, como si acabara de cometer un error imperdonable.
Lolo soltó una carcajada.
—Vaya, vaya. ¿El pequeño omega tiene carácter?
—Déjalo ya —murmuró Manoplas.
Esta vez su voz fue apenas un susurro, pero había algo distinto en ella.
No era valentía.
Todavía no.
Era cansancio.
Un cansancio tan profundo que ni siquiera el miedo conseguía ocultarlo por completo.
Lolo lo observó unos segundos antes de darle un pequeño empujón en el hombro.
—No te acostumbres a levantarme la voz.
Después se marchó con sus amigos, riéndose de la escena.
Manoplas permaneció junto a las taquillas.
No se movió hasta que las pisadas desaparecieron al final del pasillo.
Entonces sacó lentamente una mano del bolsillo.
Sus dedos temblaban.
Se los observó durante unos segundos antes de volver a esconderlos bajo la manga.
Aquellas manos habían soportado demasiadas cosas.
Y todavía no sabía cuánto más tendrían que soportar.
Al terminar las clases, Manoplas regresó a casa caminando despacio.
El cielo estaba cubierto y el viento de noviembre se colaba por las calles, levantando algunas hojas secas que se acumulaban junto a las aceras.
Al llegar a su habitación, dejó la mochila junto al escritorio y se quitó la sudadera.
Después abrió el cajón inferior de su cómoda.
Allí, debajo de varios cuadernos antiguos, descansaban sus viejas manoplas de lana.
Las sacó con cuidado.
Las sostuvo entre las manos durante unos segundos, acariciando el tejido desgastado con el pulgar.
No eran bonitas.
Ni siquiera estaban en buen estado.