El último pacto

5- La soledad de un omega

Un asiento vacío

El timbre del recreo sonó como un latigazo metálico que puso en marcha a todo el instituto. En cuestión de segundos, los pasillos se llenaron de voces, pasos apresurados y risas. Los alfas salieron en grupo hacia el patio, empujándose entre bromas y comentarios arrogantes; los betas buscaron sus corrillos habituales junto a las escaleras, mientras que los omegas se apresuraron a ocupar los rincones más tranquilos y seguros, lejos de las zonas de paso.

Manoplas permaneció sentado unos instantes, esperando pacientemente a que la marea de estudiantes despejara el aula. No tenía ninguna prisa. Sabía que, si salía al mismo tiempo que los demás, acabaría recibiendo algún empujón o escuchando algún comentario desagradable.

Cuando por fin estuvo solo, se levantó despacio, se colgó la mochila de un hombro y caminó hasta el fondo de la estancia. Eligió el último pupitre, junto a la ventana.

Era un asiento estratégicamente solitario. La madera estaba llena de rayones, iniciales y dibujos infantiles que otros alumnos habían dejado años atrás. Algunas letras estaban tan desgastadas que apenas podían distinguirse. Desde allí se veían las ramas secas de un olmo que golpeaban rítmicamente contra el cristal empañado.

Para Manoplas, aquel rincón era el único lugar del edificio donde podía respirar sin sentir constantemente el peso de las miradas ajenas.

Dejó la mochila en el suelo y se sentó. Después, como hacía siempre, apartó un poco la silla de al lado.

Estaba vacía.

Siempre lo estaba.

Nadie se sentaba jamás con él. Al principio había intentado convencerse de que era una casualidad, de que quizá los demás preferían estar con sus amigos o simplemente no habían encontrado sitio. Pero, con el paso del tiempo, había comprendido que no era así.

Acercarse a Manoplas era, por ley no escrita, arriesgarse a contagiarse del rechazo general o convertirse en el próximo blanco de las burlas de Lolo.

Por eso nadie se acercaba.

Ni siquiera aquellos que alguna vez le habían dirigido una sonrisa.

Sacó un sándwich arrugado de la mochila. Su madre se lo había preparado aquella mañana, envuelto cuidadosamente en papel de aluminio. Lo desenvolvió con lentitud y dio un mordisco pequeño, apenas masticando.

No tenía demasiada hambre, pero sabía que debía comer algo.

Mientras tanto, observó el patio a través del cristal. A lo lejos distinguió la figura inconfundible de Lolo, rodeado de su séquito. El alfa reía con la cabeza hacia atrás, con esa seguridad arrogante de quien está acostumbrado a que todos lo escuchen. En un momento dado, lanzó una lata de refresco hacia la papelera. La lata golpeó el borde y cayó al suelo.

Sus amigos estallaron en carcajadas.

Lolo ni siquiera se molestó en recogerla.

Manoplas bajó la mirada de inmediato.

No necesitaba escuchar su voz para recordar lo que era capaz de hacer. Bastaba con verlo para que su cuerpo reaccionara antes que sus pensamientos. Los hombros se le tensaron, los dedos se cerraron alrededor del sándwich y un nudo frío comenzó a formarse en su garganta.

Se quedó quieto, esperando que aquella sensación desapareciera.

A veces se preguntaba cómo era posible que alguien pudiera tener tanto poder sobre los demás. Lolo no necesitaba estar cerca para hacerle sentir pequeño. Su sola presencia bastaba para recordarle cuál era su lugar dentro de aquel instituto.

Manoplas miró de nuevo el asiento vacío.

Imaginó, por un instante, cómo sería que alguien se sentara allí.

No hacía falta que fuera un amigo íntimo ni que le contara sus secretos. Ni siquiera necesitaba que lo defendiera de Lolo. Le habría bastado con alguien que le preguntara qué tal estaba, que compartiera su comida o que simplemente permaneciera a su lado sin sentir vergüenza.

Una compañía sencilla.

Algo que para los demás parecía tan normal como respirar.

Pero para él era casi imposible.

Recordó una vez, meses atrás, cuando una chica de su clase se había acercado a su mesa para preguntarle si podía prestarle un bolígrafo. Manoplas se lo había entregado con una pequeña sonrisa, sorprendido de que alguien le hablara sin burlarse. Sin embargo, antes de que ella pudiera decir algo más, uno de los amigos de Lolo había aparecido y había soltado un comentario sobre sentarse junto a él.

La chica había dejado el bolígrafo sobre la mesa y se había marchado sin mirarlo.

Desde entonces, Manoplas había dejado de esperar demasiado de los demás.

Terminó de comer y guardó el envoltorio en la mochila. Después apoyó la frente contra el cristal frío. El contacto le hizo cerrar los ojos durante unos segundos.

Afuera, el patio seguía lleno de vida. Los estudiantes corrían, gritaban y compartían conversaciones que probablemente olvidarían al terminar el día. Todo parecía tan sencillo para ellos.

Él, en cambio, solo quería que llegara la hora de volver a casa.

Allí nadie lo llamaba Manoplas con desprecio. Allí podía quitarse la sudadera, dejar las manos al descubierto y sentarse sin preocuparse de quién podía estar observándolo. Su habitación no era perfecta, pero al menos nadie podía decidir por él dónde debía estar.

Un golpe de balón contra la pared del edificio lo sobresaltó.

Abrió los ojos y volvió a mirar hacia el patio.

Lolo había levantado la cabeza. Durante un instante, sus miradas parecieron cruzarse a través de la ventana. Manoplas sintió que el corazón le daba un vuelco y se apartó rápidamente del cristal, encogiéndose en su asiento.

No sabía si el alfa lo había visto realmente.

Pero tampoco quería averiguarlo.

Se hundió las manos en los bolsillos de la sudadera y apretó los puños. Las mangas cubrieron casi por completo sus dedos, proporcionándole aquella pequeña sensación de protección que tanto necesitaba.

El recreo continuó.

El asiento de al lado siguió vacío.

Y Manoplas permaneció allí, rodeado de estudiantes que parecían tenerlo todo, mientras él intentaba convencerse de que estar solo era mejor que darle a alguien la oportunidad de hacerle daño.



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En el texto hay: omegaverse, oscuro, drama

Editado: 03.11.2026

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