El último pacto

6- Reírse del más débil

6- La primera burla

El eco de la campana que anunciaba el fin del recreo devolvió a los estudiantes al interior del edificio, convirtiendo el patio en un río desbocado de risas, empujones y portazos en los casilleros. Los grupos comenzaron a dispersarse por los pasillos mientras los profesores intentaban poner un poco de orden entre tanto ruido.

Manoplas recogió sus cosas del pupitre del fondo. Guardó cuidadosamente el envoltorio de su sándwich, metió los cuadernos en la mochila y se aseguró de que las mangas de su sudadera cubrieran bien sus manos.

No quería llamar la atención.

Nunca quería hacerlo.

Su intención era cruzar el pasillo antes de que la multitud se compactara y lo convirtiera en un blanco fácil. Había aprendido a calcular los momentos adecuados para moverse, a reconocer los grupos que debía evitar y a caminar con la cabeza agachada para no cruzarse con determinadas miradas.

Pero los deseos de pasar desapercibido rara vez se cumplían en aquel instituto.

Justo al doblar la esquina que conectaba el ala de ciencias con la salida principal, una presencia pesada y familiar le cortó el paso.

Lolo.

Estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una pierna flexionada contra los casilleros. Su sonrisa torcida dejaba claro que no estaba allí por casualidad. A ambos lados se encontraban sus dos habituales compinches, Iván y Marcos, que parecían estar esperando algo divertido.

Manoplas se detuvo en seco.

Por un instante pensó en dar media vuelta, pero sabía que hacerlo solo conseguiría que Lolo lo persiguiera o que se burlara todavía más de él.

—Vaya, miren quién sale de su cueva —dijo Lolo, despegándose lentamente de la pared—. El fantasma del fondo del aula.

Iván soltó una risita.

—Pensábamos que te habías quedado escondido debajo de la mesa.

—O que te habías perdido buscando la salida —añadió Marcos.

Los tres rieron.

Manoplas apretó las correas de su mochila y bajó todavía más la cabeza. No respondió. Había descubierto que, algunas veces, el silencio conseguía que las provocaciones terminaran antes.

Aunque con Lolo casi nunca funcionaba.

El alfa se acercó con pasos perezosos, disfrutando de la incomodidad que provocaba. Manoplas intentó esquivarlo por la derecha, pero Lolo se desplazó al mismo tiempo, bloqueándole el camino con total deliberación.

—¿Adónde vas con tanta prisa?

—Y-yo... iba a clase —balbuceó Manoplas.

La voz le salió más baja de lo que pretendía. Sintió que las palabras se le atascaban en la garganta y que el temblor de sus labios lo delataba.

Lolo ladeó la cabeza.

—¿Qué?

Manoplas tragó saliva.

—Que... iba a clase.

El alfa abrió los ojos exageradamente y se llevó una mano a la oreja.

—Perdona, no te he oído. ¿Puedes repetirlo?

Los dos amigos se miraron, conteniendo la risa.

—Y-yo iba...

No pudo terminar.

Lolo estalló en una carcajada y comenzó a imitarlo con un falsete exagerado.

—«Y-yo iba a clase». ¡Ja! ¿Habéis escuchado eso?

Iván se dobló de la risa.

—¡Parece que está a punto de llorar!

—O que tiene una patata atravesada en la garganta —añadió Marcos.

Manoplas sintió que la sangre le subía de golpe a las mejillas. Quiso replicar, decirles que lo dejaran tranquilo, que no había hecho nada para merecer aquello. Pero las palabras no salían.

Era como si su propia voz lo hubiera abandonado.

Lolo se inclinó ligeramente hacia él, disfrutando de su reacción.

—Escúchate, omega. Ni siquiera puedes pronunciar tres palabras seguidas sin que te tiemble la mandíbula. ¿Te da miedo hablar o es que te comes las sílabas porque no te llega el aire?

Los compinches volvieron a reír.

Algunos alumnos que pasaban por el pasillo redujeron el paso para observar la escena. Una chica miró a Manoplas durante un segundo, pero enseguida apartó los ojos y siguió caminando. Otro estudiante fingió estar muy ocupado buscando algo en su mochila.

Nadie iba a intervenir.

Manoplas lo sabía.

Y, aun así, una parte de él esperaba que alguien dijera algo. Una sola palabra. Un simple «déjalo en paz».

Pero el pasillo siguió lleno de conversaciones, pasos y risas, como si lo que estaba ocurriendo no tuviera ninguna importancia.

—Venga, habla otra vez, torpe —insistió Lolo—. A ver si hoy aprendes a pronunciar tu propio nombre antes de que suene la campana.

Manoplas apretó los libros contra su pecho. Sus dedos se aferraron con tanta fuerza al lomo de los cuadernos que las puntas comenzaron a dolerle bajo las mangas.

—Déjame pasar... —consiguió murmurar.

Fue apenas un susurro.

Lolo arqueó una ceja.

—¿Qué has dicho?

Manoplas no contestó.

—He preguntado qué has dicho.

El alfa dio un paso más, invadiendo su espacio. Manoplas retrocedió hasta notar el frío metal de las taquillas contra su espalda.

—N-nada.

—Eso pensaba.

Lolo sonrió y le dio un empujón seco en el hombro.

Manoplas perdió el equilibrio y chocó contra las taquillas. Uno de sus cuadernos resbaló de entre sus brazos y cayó al suelo. El golpe hizo que varias hojas se deslizaran por el pasillo.

Durante un segundo, nadie se movió.

Manoplas miró los papeles esparcidos. Eran sus apuntes, ordenados con cuidado la noche anterior. Se agachó rápidamente para recogerlos, sintiendo que las miradas de los demás se clavaban en su espalda.

—Ten cuidado, fantasma —se burló Marcos—. No vaya a ser que te rompas.

Iván soltó otra carcajada.

Lolo observó cómo Manoplas recogía las hojas una por una. No hizo ademán de ayudarlo. Al contrario, colocó la punta de su zapato sobre una de ellas, impidiendo que pudiera alcanzarla.

—Creo que te falta esta.

Manoplas levantó la mirada.

Por un instante, sus ojos se encontraron.

—Por favor... —murmuró.

La sonrisa de Lolo se ensanchó.



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En el texto hay: omegaverse, oscuro, drama

Editado: 03.11.2026

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